Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Ponerse a dieta… Digital


dieta digital

Hace tiempo que tenía ganas de escribir un post relacionado con la utilidad y los riesgos que se derivan de las nuevas tecnologías, en especial de las redes sociales y los smartphones.  Pero nunca encontraba el momento, hasta hoy.

Hace unos días cayó en mis manos un libro -me lo regaló mi esposa- titulado “Dieta digital” que me he leído del tirón, empujado por la casi perfecta sintonía entre  mis experiencias e intuiciones y las afirmaciones que Jordi Romañach -su autor- vierte en sus páginas.  Me va a resultar difícil diferenciar -de entre mis notas- entre sus palabras y las mías, así que os invito a leer la obra para otorgarle el mérito que bien merece.

Como saben quienes me conocen, no soy el último mohicano del mundo off-line…  Al contrario, me gustan los ordenadores, la informática, las redes, la conectividad, los smartphones y casi cualquier gadget…  Y, además, se me dan bastante bien.  Creo que son inventos maravillosos que abren un mundo de infinitas posibilidades.  Pero, como suele suceder, siempre que se usen con cabeza…  Cosa que no siempre hacemos…  Más bien actuamos a menudo como dementes digitales, como seres ingrávidos incapaces de mantenerse con los pies en el suelo y que prefieren mantener la cabeza en las nubes…  O, mejor, en “La Nube”.

Las nuevas tecnologías son potentes instrumentos -herramientas- en constante desarrollo y evolución…  Capaces de cambiar más rápido de lo que nosotros interiorizamos y digerimos las transformaciones sociales y vitales que se derivan de su uso.  Así que nos dejamos arrastrar por la corriente sin darnos cuenta de a dónde nos lleva, sin pensar, sin prever, sin discernir…  Y cada día que pasa, nuestros teléfonos son más inteligentes y nosotros más idiotas…  ¿Tengo que decir quién ejerce el control sobre quien?

Está claro, ¿cuánto rato eres capaz de estar sin mirar la pantalla de tu iphone, sin revisar tus whatsapp, sin echarle un vistazo a Facebook o Twitter? ¿Un cuarto de hora, con suerte?  Hace unos años, la incapacidad para desconectar era un síndrome propio de altos directivos que no podían desatender sus obligaciones laborales y tenían que estar siempre localizables para poder atajar cualquier crisis.  Pero hoy, cualquier adolescente es incapaz de estar una hora sin echarle mano a cualquiera de sus cacharritos.

Y, aunque no le demos más importancia, la tiene: el British Institute of Psychiatry defiende que las interrupciones constantes de atención que genera nuestra dependencia de las redes sociales, tienen un efecto más tóxico sobre nuestro coeficiente intelectual y nuestra capacidad de concentración y atención que el consumo de marihuana.

Y es cierto que parece que algunos vayamos algo fumados a la vista de cómo nos comportamos ante los demás por culpa de nuestra dependencia… Que nos hace perder las buena maneras.  ¿No es una falta de educación hablar con alguien sin prestarle la suficiente atención o sin mirarle a la cara porque, al mismo tiempo, estás leyendo y contestando mensajes?  ¿No te parece inapropiado que te suene el teléfono un domingo durante un entierro, aunque sólo sea con esa molesta vibración? ¿Realmente no podías apagarlo? ¿Es posible que recibas una llamada tan urgente en un día festivo, cuando estás acompañado de todos tus familiares más allegados?  No es un ejemplo fruto de mi imaginación, lo he vivido…  Y resulta vergonzoso.  ¿Cómo podemos perder la educación -y la vergüenza- con tanta facilidad?

Porque también resulta llamativo como personas supuestamente equilibradas y formadas pierden todo el sentido común a la hora de comunicarse a través de las redes sociales.  Jóvenes habitualmente reservados -incluso tímidos- en lo que se refiere a su intimidad, no se avergüenzan de exponer todas sus vivencias y anhelos en su muro, a la vista de supuestos amigos y conocidos…  Y de auténticos desconocidos que no son más que contactos de otros contactos.  Sin temor, sin respeto.

¿A qué se debe este afán exhibicionista?  Tal vez a una terrible falta de autoestima y a un profundo descontento con uno mismo y con nuestra vida…  Que tratamos de paliar creándonos -en ese mundo de ensueño que son las redes sociales- una narcisista imagen virtual en la que mostramos lo mejor de nosotros mismos y ocultamos todo aquello que nos disgusta.

Parece que muchos -demasiados- hacemos un uso adolescente de las redes sociales, independientemente de nuestra edad: tratamos de lucirnos, de mostrarnos, dependemos de la opinión ajena hasta el punto de que nuestros logros sólo nos ilusionan si los compartimos, nos morimos por lograr un like, confundimos entre amigos y conocidos, nos volcamos en lo superficial, banal e inmediato, huimos de la reflexión y nos atrevemos a cualquier cosa por no dar una imagen de nosotros mismos que desentone con el grupo o tribu con la que nos relacionamos.

Como sucede con los errores de adolescente, no es raro que olvidemos que en internet también existe una huella digital, que nuestros actos y la información que compartimos dejan un rastro que cuesta muchísimo borrar…  Porque todo pasa, pero todo queda.  Y cada escrito o fotografía es como un tatuaje que queda a la vista de todos…  Y que algún día puede llegar a incomodarnos…  Hasta es posible que deseemos cambiarnos el nombre tras ver cuánto aparece sobre nosotros al teclearlo en google.

Y la culpa, creo necesario aclararlo, no es de las redes sociales ni de las nuevas tecnologías.  Éstas no son ni buenas ni malas.  El problema -para variar- está en el ser humano y en el uso que hacemos de nuestra libertad… También on-line.

Lamentablemente,  hoy en día no hemos utilizado las posibilidades que nos ofrecen todos estos gadgets para vivir con mayor gozo y libertad, sino que a través de ellos permanecemos cada vez más esclavizados, más disponibles -a cualquier hora y cualquier día- especialmente para nuestros jefes y clientes…  ¡El mercado al poder!  Porque tras esa permanente conectividad que abre un universo de infinitas posibilidades también se esconde -no podemos olvidarlo- un negocio multimillonario que juega con las palabras y no nos llama clientes sino usuarios o fans…  Pero somos clientes, clientes y mercancía.  Y digo que somos mercancía porque el objeto con el que se comercia es la información personal e íntima que nosotros mismos estamos facilitando.  Información que debidamente trabajada hace posible un social marketing y s-commerce que engrosa las cuentas bancarias de esos gurús y fundadores que, tras una apariencia de juventud y desenfado, son los nuevos líderes del capitalismo global.  Porque, si uno atiende a su modo de vida, habitualmente encuentra a faltar ese ardor juvenil que pretende mejorar el mundo y se topa con el rostro de unos adolescentes malcriados acostumbrados a vivir con un lujo desorbitado que contrasta con las penurias y el hambre de gran parte del mundo.  Nadie da lo que no tiene y, si uno no tiene una personal preocupación por los demás, no hay responsabilidad social corporativa que lo palie.

Así que, por favor, maticemos la afirmación de que las redes sociales son un medio de comunicación, desarrollo, promoción y democratización del mundo.  Podrían serlo, pero con nuestras conductas no siempre lo hacemos posible.  No olvidemos que lo peor nace de la perversión de lo mejor.

No sé a ti qué te parecerá, pero yo me niego a ser mercancía.  Prefiero ser un cliente consciente de las nuevas tecnologías y de las redes sociales, usándolas en aquello que me beneficien y asumiendo el precio razonable que suponga su uso…  Pero sin asumir más riesgos que los razonables y siendo siempre yo quien ejerza el control.  Y, para ello no encuentro mejor propuesta que la de Jordi Romañach en el libro que ha inspirado esta reflexión: iniciemos una dieta digital, practiquemos cierta abstinencia, un consumo consciente y saludable que nos permita tomar lo adecuado y digerirlo bien.  No se trata de practicar un total ayuno, de desconectarse de un mundo que tanto tiene que aportarnos, ni de pasar a pan y agua…  Se trata de aplicar el sentido común -y las mismas leyes que rigen nuestra vida off line- en nuestras experiencias on-line.

Debemos madurar en nuestra relación con las nuevas tecnologías, debemos dejar de ser eternos adolescentes digitales.  Y debemos hacerlo tanto por nosotros como por nuestros hijos, cuyos riesgos crecen exponencialmente porque no han conocido otra cosa que lo que nosotros les estamos haciendo vivir.  Es necesaria responsabilidad y conciencia y, como no, la meditación del día.

Buen fin de semana…  Apaga el móvil y disfruta de cada momento, de cada experiencia y de cada persona…  Aunque no vayas a compartirlos en tu muro…  Date cuenta de que la intimidad también tiene su valor cuando eres capaz de conectar con tu interior.

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2 comentarios el “Ponerse a dieta… Digital

  1. morenograu
    30 de mayo de 2014

    Reblogueó esto en morenograu.

  2. Johna572
    2 de junio de 2014

    I’m extremely impressed with your writing skills and also with the layout on your weblog. Is this a paid theme or did you modify it yourself? Either way keep up the excellent quality writing, it is rare to see a great blog like this one nowadays.. cbeccdkbfkbf

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Esta entrada fue publicada en 30 de mayo de 2014 por en Citas, Lecturas, meditaciones y etiquetada con , , , , , , , , .
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