El Amor está por encima del culto


ritualismo

Cada día le tengo más ojeriza al legalismo; cuanto más tiempo pasa, más miedo le tengo a la letra capaz de matar al Espíritu; cuanto mayor me hago, menos importancia trato de dar al ritualismo -a esa perversión del ritual que idolatra al símbolo, en realidad al simbolizante- para prestar mayor atención a lo simbolizado…

Los seres humanos tenemos la extraña capacidad de pervertir hasta lo más excelso…  Hacemos de la espiritualidad -en lugar de apertura- un modo de cerrazón, convirtiendo lo divino en diabólico y lo más propio de la persona en conducta bestial e inhumana.

¿Cuántas veces nos escudamos en una falsa religiosidad -rigorista y afecta a la forma- para dejar de hacer lo que la más elemental sensibilidad nos empujaría a llevar a cabo?  No deja de sorprenderme la gente que acude cada día a la Santa Misa pero es incapaz de ir a visitar un domingo a su padre, viudo y enfermo, que vive -es un decir- en una residencia de ancianos; no concibo que alguien pueda dedicar su vida a la parroquia, o a Cáritas, o a una ONG, pero permanezca insensible ante el sufrimiento de sus hijos, o de sus hermanos, o de sus vecinos; no me cabe en la cabeza que alguien niegue su ayuda a quien se la solicita porque -justo en ese momento- tiene que realizar su rato de meditación, o de oración, o de culto, o de examen diario…  O de lo que sea…

Pero, ¿cómo podemos ser así? ¿Cómo podemos creernos que actuamos correctamente?  Panda de “meapilas”, más papistas que el Papa, capaces de hacer una permanente lectura interesada del Evangelio, pasando por alto Mateo 5, 23-24: “Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda”.

¿Se puede decir más claro?  El propio Evangelio trata de hacernos ver que Dios antepone el Amor a los demás a su propio culto, haciendo así de la caridad y la reconciliación la mayor ofrenda que uno puede presentar a Dios, a la humanidad, al prójimo y a uno mismo.  No hay incienso que se eleve más rápida y directamente al Cielo que el acto de amor desinteresado que uno realiza por el prójimo, al que siente como hermano.

Dios es Amor, y sólo en el Amor -en la unión fraternal que nace de la entrega de uno mismo- Le encontraremos y nos uniremos a Él en un abrazo sin principio ni fin… Eterno.

Dios es padre, y por eso debemos tener presente que el hijo que no ama y honra a su hermano no sólo ofende a éste sino -muy especial y hondamente- a aquél que a ambos ha dado la vida, a su padre.

El culto -como indica su propia etimología- debe cultivar nuestra espiritualidad, nuestra apertura a Dios, al mundo, a los demás y a lo más auténtico de nosotros mismos…  Si en lugar de cultivarnos nos oculta, más vale que nos detengamos y releamos Mateo 5, 23-24.  

Porque no hay Amor a Dios que no hunda sus raíces en el amor a los demás, a la vida y a uno mismo…  Cuanto existe tiene un oficio divino y merece ser amado por sí mismo, por nosotros y por Dios.

Si te consideras una persona religiosa pero permaneces indiferente ante el sufrimiento ajeno, o si te sientes cómodo alojado en una trinchera ideológica que te separa de los demás fomentando la oposición entre ellos y nosotros, o si tu espiritualidad te exige vivir de espaldas a la Vida, a los demás y al mundo…  Plantéate a quién estás realmente adorando…  Pues el tuyo es -al menos para mí- un Dios extraño, que separa y no ama.

No puedo creer, no quiero creer, en un Dios así…  ¿Y tú?

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