La belleza está en el observador


nosotros mismos limitamos nuestra visión

Hay experiencias muy profundas que surgen de un hecho de lo más casual, auténticos satoris, iluminaciones o despertares que transforman tu conciencia en medio de la cotidianeidad.  Ayer tuve uno de ellos.

Estaba esperando para hacer una gestión y, en la misma sala que yo, había una mujer fea…  Muy fea…  Casi repelente.  Le eché un vistazo por el rabillo del ojo y rápidamente retiré la mirada para no ser descubierto en mi malsana curiosidad.  Confirmado: era muy, muy, pero que muy fea.

Hasta ahí, todo sería más o menos normal: el mundo está plagado de guapos y de feos…  Aunque tan, tan feas, hay pocas chicas.  Debo confesar que sentí una cierta compasión interior hacia ella, pensando en lo difícil que debe ser para una mujer -especialmente para una mujer en una sociedad como la nuestra- el no haber sido agraciada con una apariencia física más atractiva.  Pero me esperaba una sorpresa: al minuto llegó un chico “de buen ver” (no era Brad Pitt pero no estaba nada mal…  ¡Qué digo, estaba muy bien!) que le plantó un buen beso en los morros, la tomó cariñosamente de la mano y se puso a charlar con ella mirándosela como sólo son capaces de mirar los ojos de los enamorados…  Mientras le acariciaba dulcemente el dorso de la mano.

Fue un auténtico mazazo para mi conciencia.  Me di cuenta de que me había dejado llevar por la superficialidad, por la apariencia, que no había sabido mirar más allá y descubrir lo que ese chico que la acompañaba veía en ella cuando la miraba.  Resonó en mi cabeza la frase de Ortega de que toda mujer es guapa mientras no se demuestre lo contrario, la de Álex Rovira de que vemos según somos y la de Sertillanges de que el sabio encuentra la sabiduría en todos los rincones mientras que el necio sólo se topa -a todas horas- con la sombra de su necedad.  Y ayer el necio fui yo.

Del mismo modo que mi incultura artística no me permite disfrutar de la belleza que encierra el arte abstracto o el teatro japonés, mi falta de humanidad me impidió descubrir la hermosura de aquella chica que su novio -puedo asegurarlo por cómo la miraba- sí que percibía sin cesar.  Uno sólo es capaz de ver aquello que, de algún modo, ya se encuentra en su interior y -está claro- todavía tengo mucho por aprender.  La experiencia de ayer sin duda me ayudó…  Y me recordó que, del mismo modo que uno puede aprender a apreciar el arte abstracto o el teatro japonés a través de su estudio y profundización, si uno se preocupa de desarrollar su humanidad, su mente, su corazón y su espíritu, es capaz de transformar su mirada para que sea capaz de percibir la divina belleza y bondad que todo y todos reflejamos sin cesar…  Para quienes tienes una mirada y un corazón limpios.

Queda mucho camino por recorrer, pero la experiencia de ayer supuso un importante paso.

Termino con un regalo: el vídeo de una de las mujeres más feas del mundo…  Capaz de iluminar una sala con su belleza interior.

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