No sigas la ley, sino la virtud


ley virtud

Ya lo dijo Clístenes de Atenas: el sabio no sigue los mandamientos de las leyes, sino la virtud.  Y es cierto, porque la ley (lex) no es más que una convención social que -en un estado ideal- debería tratar de adecuar nuestra conducta a lo que resulta más adecuado para nuestra naturaleza y que, por eso mismo, se constituye en derecho (ius) y deber.  Así lo entiende el iusnaturalismo, y así lo entiendo yo.

Pero esa convención social -no debemos olvidarlo- es un medio para conducirnos a la virtud, no la virtud en sí.  Y esa convención social tiene unos condicionamientos culturales que no deben pasarse por alto.  Trataré de aclararlo con un ejemplo: la ley del Talión que aparece en el Antiguo Testamento hoy nos puede parecer una salvajada…  “Ojo por ojo, diente por diente”.  Esto es, el crimen merece un castigo idéntico al daño cometido: si has matado a la hija de tu vecino, éste te castigará matando a tu hija…  ¿Te parece bárbaro?  Lo es, pero en ese momento histórico resultaba una ley justa porque llamaba a la contención y a la virtud, porque limitaba la venganza desmesurada que se aplicaba hasta el momento.  ¿Que has matado a mi hija?  En represalia y justo castigo yo mato a tu esposa y tus siete churumbeles.  Eso se acabó con la Ley de Talión, ojo por ojo y diente por diente…  Pero no más.

Esa ley, como todas, resultó un medio -más o menos eficaz- para acercar a los ciudadanos a una conducta más virtuosa.  Pero para resultar eficaz tenía que tomar en consideración no sólo la comprensión que en ese momento se tenía de la virtud perseguida, sino el punto de partida ético o moral de las personas a las que se iba a aplicar la norma.  De nada sirve una angelical ley inaplicable.  Por ello no puede identificarse ley y virtud, y por ello ésta última prima siempre frente al texto legal.

No hay ley que te obligue si no te conduce a la virtud, decía Santo Tomás de Aquino.  Pero tampoco hay virtud en seguir la ley sin atender a su finalidad última…  Pues en su connatural imperfección se encuentra el germen del desastre del mañana.  Las leyes y las normas -también las religiosas- son dedos que apuntan a una luna que está más allá de ellas mismas.  No seamos tan idiotas como para quedarnos embelesados contemplando el dedo, cuando la Virtud y la dicha que la acompaña se encuentran sólo un poco más allá…  Más allá, sí, pero también más acá, a nuestro alcance.

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