Sobre las pérdidas y las separaciones (de Javier Melloni)


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La semana pasada, una persona a la que aprecio y debo mucho, un amigo en la distancia que -en su momento- me abrió las puertas de su alma, una de las personas con las que mayor sintonía he sentido jamás, alguien a quien quiero y admiro, perdió a su madre.  Ésta volvió a ese lugar del que todos venimos y hacia el que todos avanzamos, dejando atrás a todos aquellos seres queridos con quienes había compartido su caminar.  Son cosas del camino, pérdidas y separaciones que forman parte del Tao.

He querido que transcurrieran unos días antes de hacerle un merecido homenaje tanto a la peregrina del Absoluto que ya marchó, como a quienes siguen transitando -en su ausencia- por este camino de las estrellas que es el vivir.  No he encontrado mejor regalo -dirigiéndose a quien se dirige- que este bellísimo y profundísimo poema de Javier Melloni, también maestro y amigo.  Puede que escandalice a los extraños, pero estoy convencido de que tú sabrás valorarlo y degustarlo como merece.  De corazón a corazón.

Va por todos vosotros -especialmente por ella y por ti- con cariño:

La pérdida,

a diferencia de la renuncia libremente escogida,

llega como un ladrón en la noche,

sin aviso y sin consultar.

Arranca de cuajo la tierra que pisábamos

y sacude nuestro caminar.

La caída es indetenible

y se acelera cuanto más vamos cayendo.

La precipitación de nuestro tiempo

es signo de un ciclo que termina,

acabamiento de una era

para dar paso

a otra que ha de llegar.

Lo que parecía sólido y se construía lineal y lentamente

experimenta de pronto una interrupción.

Somos embestidos con brusquedad.

El paisaje ya no es reconocible.

No hay casa, ni árboles, ni jardín,

ni un camino que lo atraviese.

El columpio ya no se mueve y nadie volverá a mecerse en él.

Todo se desvanece.

Lejanía

sin

fin.

Han arrancado al alma el amparo que la protegía

y la han dejado a la intemperie.

No hay estación del año donde ubicar tal derrumbe.

No hay día señalado en el calendario

para tanto frío,

para tanta devastación.

Con esta sustracción algo muere en nosotros,

algo muy nuestro perece.

Por ello las corrientes de Oriente enseñan a no desear,

a no delegar nada a los demás o a las cosas

cuya ausencia pueda resultar tan dañina.

No-desear evita transponer al exterior

lo que tiene que ser nutrido desde el interior.

Convivimos con las personas y con las cosas.

No podemos vivir sin compañía.

Pero debemos aprender a vincularnos de un modo

que no nos reemplacen.

Nos confundimos con lo que tenemos.

Cuando llega la pérdida,

sentimos que también nosotros somos menos

y nos perdemos.

Toda pérdida deja una herida,

una oquedad.

Pero también una oportunidad:

conocernos más,

descubrir que nos podemos colmar

de nuevas formas de vida,

de nuevas relaciones y comprensiones de lo humano

y de hondura del Mar.

Perder nos permite crecer con mayor soltura

si no nos dejamos arrastrar por la caída.

Soltando, podemos abrirnos a nuevos dones y ser receptáculos

de nuevos contenidos.

En palabras de Taulero:

“Cuando se está en pleno invierno, en un abandono árido y oscuro, oprimido por una oscuridad creciente, eso es superior a todo gozo que se pueda concebir, siempre que se permanezca en él con constante ecuanimidad […].  Si una criatura te quita la apretura, sea la criatura que sea, arruina por completo el nacimiento de Dios en ti”

La apretura deja paso a la apertura.

También lo dijeron Ibn Arabi y Rumi, maestros de procesos.

Del primero nos llega:

“La expansión no se produce sino después de la estrechez”.

Del segundo:

“El sufrimiento es lo que en cada ocasión conduce al logro”.

Se refería Rumi al ascenso por la escala de los seres,

en una sucesión ininterrumpida de nacimientos

desde el mundo mineral hasta el humano

y desde e humano hasta el celeste.

Como en una sucesión de peldaños de una escalera,

a fatiga de cada paso es signo de que se asciende.

La pérdida nos fuerza a no apoyar el ser en el tener,

a no confundirnos con aquello que, si bien nos nutre,

no nos puede suplantar.

Descubrir nuestras falsas identificaciones

es tarea de toda una vida.

Así se va desprendiendo la corteza que oculta

nuestra imagen seminal.

A pesar de estar contenida en nosotros

como promesa,

nos es desconocida.

Va emergiendo poco a poco.

Lento es el proceso.

Avanzamos dejando retazos.

Lo que es necesario en las primeras etapas

es obstáculo para seguir alcanzando nuevas revelaciones.

Cada pérdida e un golpe de cincel,

una sustracción que hace emerger

rasgos del Único

en la materia prima

de nuestro existir.

No quedas con esta pérdida en soledad, sino acompañado de la sutil presencia de quien ya es Presencia.   Aunque en cada pérdida regresa el recuerdo de los que ya no están, uno no puede morir con sus muertos, debe agradecer a la vida el tiempo compartido con el ser querido.  Tú me lo enseñaste, y la enseñanza hoy vuelve a ti.

Un muy cariñoso abrazo, de todo corazón, para ti y para los tuyos.

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