Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

No es Dios quien te manda esta cruz


cruz

A veces me sorprendo con los ecos de la religiosidad en que fui educado.  Ante una desgracia, un sufrimiento o una injusticia, se me animaba a soportarla “con alegría” porque “es la voluntad de Dios”, “es una cruz que Dios te ha mandado”.  Y yo lo asumía, lo creía y acríticamente lo aceptaba.  Pero pasan los años y uno descubre que -demasiadas veces- nuestra espiritualidad no ha madurado con nosotros, y seguimos creyendo del mismo modo que lo hacíamos cuando celebramos la primera comunión…  Y uno decide ponerle remedio…  Así que profundiza en lo que le explicaron y descubre que -también demasiadas veces- nos hemos quedado con ideas de fondo que no enriquecen nuestra espiritualidad, sino que pervierten nuestra imagen y experiencia de Dios.  ¡Así no es extraño que la Divinidad tenga tantos críticos!

¿Cómo podemos creer realmente que Dios nos ama y al mismo tiempo nos envía sufrimientos?  ¿Creemos acaso que se trata de un Maestro de esa escuela que defiende que la letra con sangre entra?  ¿O acaso Dios es un sádico que disfruta viéndonos pasarlo mal?  ¿O es un Padre rígido y distante que quiere que aprendamos la más dura de las lecciones, una y otra vez?  ¿Es Dios, tal vez, un rey agraviado que exige nuestro padecimiento como reparación por unas ofensas que le han dolido y enfadado hasta la raíz de su Ser, y que le llevan a clamar venganza?  ¿En serio podemos asumir -aunque sólo sea en cierta medida- cualquiera de estos razonamientos?

Digámoslo claro: no es Dios quien nos envía esta cruz que hoy nos duele.  Ésta, más bien, es el padecimiento injusto que se deriva del pecado de los hombres, de sus malas elecciones, de ese egoísmo que genera víctimas, y un sufrimiento inocente que podría evitarse.  Y debemos leerlo también en primera persona: esta cruz con la que hoy cargo es también la consecuencia de mi acción torcida, de mi elección equivocada, de esa corta visión que me ha llevado a escoger lo que no era realmente lo mejor para mí y para mi entorno.  Dios no construye cruces, las construimos los seres humanos…  Y por ese motivo debemos luchar contra nuestro pecado, y contra las estructuras que de él se derivan.

Sin embargo, Dios es el que hace brotar el bien del mal y -a través de la experiencia de Cristo- nos demostró que el mal no tiene la última palabra, que no debemos dejarnos derrumbar por el peso de la cruz o de la injusticia, que -más allá del sufrimiento que ésta implica- al mismo tiempo nos pone en contacto con nuestra fragilidad y limitación, descentrándonos de nosotros mismos, haciéndonos experimentar en propias carnes las consecuencias del pecado -propio y ajeno- y animándonos a abandonarnos en las manos de Aquél que es capaz de alzar al sufriente, posibilitando la resurrección y la gloria del que ha pasado por la más injusta de las pasiones y muertes.

La cruz no es algo bueno en esencia, pero si somos capaces de recorrer nuestro propio via crucis prestando atención a sus causas, a nuestras mociones interiores, descubriendo sus enseñanzas y manteniendo la confianza -o recuperándola cada vez que la perdamos- llegará el momento en que las lágrimas se volverán agua bautismal que purificarán nuestra existencia, nos lavarán, nos desprenderán de todo lo superfluo y nos llevarán a renacer a una nueva vida, más simple, gloriosa, divina y gozosa.

Y, no lo olvidemos,  también la contemplación de la cruz ajena tiene un poder alquímico, transmutador, para quien no ha perdido completamente su humana sensibilidad: el dolor -propio y ajeno- mueve y conmueve, te pone en marcha.  La conciencia de que tus malas actuaciones tienen serias consecuencias -para ti y para los demás- es una piedra de toque para tratar de ser mejor.  La percepción de que un modo de actuar distinto puede evitar sufrimientos, también ayuda a cambiar de vida.

Ante la cruz ajena hay, pues,  dos caminos que no son excluyentes sino complementarios: ayudar al que sufre a soportar su peso (como Simón de Cirene) y tomar en tu vida las medidas necesarias para que no se produzca una nueva condena injusta fruto de tus malas acciones, o de tus graves omisiones.

Aunque ante cualquier circunstancia uno no debe perder la paz de espíritu, también tenemos el deber de plantar cara al mal y la obligación moral de tratar de vaciar el mundo de cruces injustas.  Es patrimonio común de todas las religiones y espiritualidades, pero especialmente de la cristiana, atendiendo a que Jesús murió en una cruz construida por los pecados de los hombres.  Tal vez por ese motivo el Papa Francisco define a la Iglesia como un misericordioso hospital de campaña en medio de la batalla, que está ahí para cuidar a todos los heridos a causa de una vida falta de trascendencia.

Hacer caer las cruces, atender a los heridos y luchar contra el pecado que hace del mundo un campo de batalla…  Tres objetivos de vida que nos llaman a ser hombres para los demás…  No hay otro camino.

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Esta entrada fue publicada en 4 de diciembre de 2014 por en meditaciones y etiquetada con , , , , , .
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