Charlie Hebdo, o sobre la libertad -y responsabilidad- de empuñar una pluma


charlie

El pasado siete de enero, se vivió en Francia una tragedia que se ha convertido en símbolo nacional y europeo: el atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo, en el que al grito de “Al·lahu Akbar” se sesgó la vida de doce personas, policías, dibujantes y periodistas de la mencionada publicación.  Parece que los asesinatos eran la desmedida -y advertida- respuesta que quienes se amparan bajo la etiqueta del terrorismo fundamentalista islámico daban a las hirientes portadas, chanzas y chistes que desde el semanario habían dedicado a Muhammad…  Su sangrienta forma de vengar al Profeta de lo que fue considerado, no sólo como una falta de respeto, sino como un acto de guerra.

He dejado pasar unos días antes de escribir estas líneas, no sólo para sosegar mis ánimos, sino para observar las reacciones y respuestas que iban surgiendo ante los acontecimientos.  Y, como casi siempre, me duele constatar que las posiciones se radicalizan, cada uno sigue en su trinchera y parece que quiera utilizarse la sangre de los muertos para regar los propios intereses.  Propongo que analicemos la cuestión por partes, para intentar superar la superficialidad con la que algunos medios la están tratando.

En primer lugar, ¿es legítima la sátira hiriente que da vida a publicaciones como Charlie Hebdo?  No cabe duda de que algunas de sus portadas hieren sensibilidades y creencias: no creo que a ningún musulmán le guste ver una imagen del Profeta diciendo “es duro ser amado por estúpidos”, o una vida gráfica de Muhammad de lo más desagradable.  Tampoco creo que la mayoría de católicos se partieran de risa con la imagen de Benedicto XVI consagrando un preservativo,  o con la de un grupo de cardenales sodomizándose unos a otros en un obsceno círculo.  Yo trato de ser muy respetuoso con las creencias -o increencias- de los demás, sean éstas las que sean, y me encantaría que también lo fueran con las mías.  

No me duele decir que incluso estaría a favor de una ley que las defendiera de la agresión injustificada, de la burla que no aporta nada.  Porque tampoco podemos olvidar que el humor es un potente medio de superar superficialidades, mostrando la vertiente ridícula de lo que nos parece muy serio.  Y esa sátira tiene su sentido si enciende un debate que vaya más allá del mero insulto.  El problema se encuentra en la aplicación de esa ley que tantos reclaman: ¿son esas portadas que hemos mencionado un simple insulto, o son una llamada de atención sobre la falta de sentido crítico de algunos sectores del Islam, sobre la historicidad de la vida del Profeta y la correspondencia -o falta de correspondencia- entre su “bibliografía” y biografía, sobre la minusvaloración de lo corporal propia de algunas corrientes ascéticas del cristianismo, sobre la falta de debate científico y moral en torno al uso del preservativo más allá de la Humanae Vitae, o sobre la existencia de cardenales homosexuales que en sus apariciones públicas condenan a los sodomitas?

Nada es tan fácil como parece y, a menudo, la diferencia entre la crítica satírica y el insulto depende de la interpretación subjetiva, así como de la sensibilidad de quien la recibe.  Por este motivo, al final coincido con la frase del portavoz de la Conferencia Episcopal Española -Gil Tamayo- que ha levantado ampollas entre los sectores del catolicismo más conservador: “Como periodista me duele enormemente este atentado a compañeros que lo que hacen es ejercer un servicio, en este caso desde el humor satírico pero necesario también en las sociedades democráticas y libres en la libertad de expresión y el derecho a la información”.  Sí, coincido con él.  Aunque hay que pedir que se respeten las distintas creencias y sensibilidades, es preciso proteger la libertad de expresión y el derecho a la información sin las cuales no puede existir libertad religiosa ni de conciencia plenas.

Segundo asunto: el atentado.  No concibo que alguien pueda matar a otra persona por sus creencias, y mucho menos amparándose en el nombre de Dios.  No concibo mayor sacrilegio.  La vida es sagrada, y el Dios que exige sangre no es un ídolo, es un demonio.  Debemos tener muy presente que los doce asesinados no son mártires de Alá sino -como ha afirmado el Presidente de la Conferencia de Imanes de Francia- del odio y el horror.

Un odio y un horror que, pese a lo que pueda parecer, no son nuevos…  Son el día a día de todos aquellos que en países no tan lejanos tienen una fe, unas creencias o un modo de pensar distintos de quien ejerce el poder.  Pero, como esos asesinatos no se dan en nuestra casa, no ocupan las portadas de los medios de comunicación…  Pese a que la gravedad de los hechos merecería centrar toda la atención internacional en ellos.  Hombres decapitados, mujeres y niños violados y asesinados, vendidos como esclavos, expulsados de sus hogares…  Crímenes silenciados que siguen sin respuesta.

Pero ahora sí, ahora el terror ha llegado a Europa…  Y comienzan las respuestas viscerales.  Tan viscerales e inconscientes que ya hay en la red quienes -basándose en detalles incoherentes y consecuencias inmediatas del atentado- apuntan a autorías extra-oficiales, a lo que suele etiquetarse como teorías conspiranoicas. Sea como fuere, las reacciones que se están dando contra el Islam, sus templos y sus seguidores no sólo resultan peligrosas e injustas sino que arrojan más gasolina a un fuego que no debería animarse.  Porque, como defiende Jaume Flaquer -jesuita experto en Islam- en su artículo en el blog de Cristianisme i Justícia ( http://blog.cristianismeijusticia.net/?p=11768&lang=es ) no nos encontramos tanto frente a una guerra entre el Islam y Occidente, como ante una guerra civil en el seno del Islam entre dos modos de interpretar el mensaje del Profeta. (…) Contra lo que cree una parte de la opinión pública occidental, los musulmanes sí condenan los atentados, sí condenan el terrorismo islámico, puesto que en la mayoría de los casos son ellos mismos los que lo sufren y son víctimas. (…) Occidente ha de ser cauto e inteligente para distinguir el mundo salafí fundamentalista del tradicionalismo islámico (pero pacífico) que domina el panorama europeo. De lo contrario, dejaremos crecer la islamofobia con la ingenua creencia que estamos culturalmente tan desarrollados que no podemos volver al pasado, al oscuro pasado que dio lugar a la expulsión de los moriscos. Importante aviso para navegantes.

Tercer elemento de juicio: Charlie Hebdo había recibido amenazas en varias ocasiones…  Y no varió su línea editorial.  Este hecho me lleva a pensar que sus portadas pretendían algo más que el insulto, ya que nadie se juega la vida simplemente por molestar o parecer gracioso.  Tal vez deberíamos plantearnos que, aunque en ocasiones puedan habernos molestado sus chistes, éstos no surgían del odio sino de una reflexión distinta a la nuestra, de una concepción que no compartimos pero que se defendió hasta dar la vida por ella…  Y eso merece un respeto.

Pese a ello, y para terminar, comparto la crítica al lema que no hemos dejado de escuchar (“Yo soy Charlie”) y me sumo a la propuesta de algunos medios de “Yo no soy Charlie, yo soy Ahmed”.  ¿Por qué?  Porque a mí me cuesta reírme de las creencias ajenas -aunque sea para fomentar su sentido crítico- mientras que me parece digno de mención el nombre y la figura de Ahmed Merabet, el joven policía musulmán que murió a manos de quienes decían actuar en nombre de su mismo Dios por proteger a aquellos que tanta broma habían hecho a costa de sus creencias.

Dios nos guarde de los garantes de la Fe.  Mejor nos acoja bajo su manto de protección y nos arrope a todos en un abrazo que nos permita sentir su misericordia.  Esa Misericordia capaz de posarse en nuestras miserias y de perdonar, incluso, a quienes traen el horror y el sinsentido a un mundo que sigue creando barricadas en lugar de puentes.  Si Dios respeta nuestra libertad, ¿quién es el ser humano para arrancarla de raíz?

Guardemos silencio por las víctimas, dediquémosles una oración.

Al·lahu Akbar…  Deus Semper Maior.  No perdamos la esperanza.

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6 comentarios en “Charlie Hebdo, o sobre la libertad -y responsabilidad- de empuñar una pluma

  1. Felicitaciones por la buena dosis de ecuanimidad del comentario ante unos hechos que lamentablemente a menudo provocan reacciones demasiado viscerales y primarias (y esto probablemente es una de las consecuencias que perseguían los autores de la masacre).

  2. Excelente reflexión. Pienso que la libertad es un derecho esencial. Y aún antes que la libertad, el respeto. El respeto es un derecho humano y social primario. Por eso condeno con firmeza estos asesinatos. Y también por eso yo no soy Charlie. No soy un blasfemo.

  3. A veces a los europeos nos va bien conocer la visión de nuestra realidad desde el otro lado del Atlántico. Hoy finalmente he podido leer detenidamente esta recomendable reflexión de David Brooks:

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