Orar con el delantal puesto


orar con delantal

Aunque puedan tener su atractivo exótico, cada vez me siento alejado de aquellos pseudo-místicos que, como travestidos eremitas de ciudad, se acogen a sus oraciones y meditaciones para aislarse y desentenderse del mundo y de sus semejantes.  Cada día me cuesta más concebir la espiritualidad como huida, cada día la siento más como alimento y encuentro.

Tal vez por este motivo me ha gustado tanto -al escucharla- la expresión “orar con el delantal puesto”, otro modo -muy didáctico y expresivo- de referirse al ignaciano “ser contemplativos en la acción”…  En la acción de servicio, claro está.

Porque ése es el significado del delantal, uniforme de trabajo de quien -en un hogar- dedica su vida a los demás y que, como toda ama de casa que se precie sabe, carece de horario laboral, pues comienza con el primer rayo de luz y no termina hasta que el sol hace ya rato que duerme.

Orar en medio de la vorágine diaria, de nuestra entrega a quienes nos rodean a través de un trabajo con sentido…  Ser capaces de descubrir al Absoluto en lo relativo, al Trascendente en lo nimio y en lo inmanente, a Dios en el rostro de quien sufre, al Espíritu en la materia, a la Verdad en la búsqueda, a la contemplación en la acción…

Percibir que Dios está en nosotros -y con nosotros- porque no atendemos a nuestras necesidades o intereses sino a los de los demás, como Él mismo hace. Descentrándonos de nosotros mismos, nos alineamos con el centro que está en todas partes…  Y con la infinita circunferencia cuyo límite no está en lugar alguno.

A veces no es sencillo orar así, en ocasiones cuesta tener siempre la puerta abierta para los demás.  En ese caso, descansa, cierra por un rato la puerta y ora en soledad y silencio.  Concédete un rato de tranquila intimidad con Aquél que desde tu interior te mueve…  Pero busca para ello un instante en que no dejes de la mano de Dios a los demás, un rato en el que tu soledad no implique el abandono de quienes te rodean.  Puede ser a primera hora, al despertarte, unos minutos robados a media mañana, a última hora de la jornada…  Cada uno sabe cómo es su día, y debe aprender a organizarlo.

Tómate esos ratos de oración silenciosa y contemplativa como las románticas escapadas que te permites, de vez en cuando, con tu marido (o con tu mujer).  No son la máxima manifestación del amor que os profesáis -éste se muestra en las acciones cotidianas, en la entrega mutua del día a día, en la dedicación a los hijos y todo lo demás- pero sí que se trata de especiales ocasiones de encuentro, goce, disfrute, diálogo y afecto que alimentan ese amor, del mismo modo que el soplo de aire sobre las humeantes brasas hace resurgir la llama.

¿Acaso te sientes mal cuando vas a cenar con tu pareja, alejándote de todo lo demás? No, ¿verdad?  Pues disfruta también de esa oración a puerta cerrada, de completa intimidad.  Pero, del mismo modo que si durante la cena recibes una llamada en la que te piden ayuda, dejas lo que estés haciendo y te pones a disposición de quien te necesita (especialmente si es alguien muy allegado), no utilices la excusa de que estás orando o meditando para desatender a quien acuda a ti en ese momento…  Porque desde su súplica te llama Otro, y tú no puedes quitarte jamás el delantal mientras estés orando.

Porque, como nos recordó alguien que sabía de lo que estaba hablando: lo que hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis (Mt. 25:40).

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