Dulce y amarga virtud


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Oriente no deja de insistir en la polaridad que rige la existencia, en los opuestos que danzan formando la realidad, en el Yin y el Yang propios de la existencia.  Comparto su visión, así como la idea de la coincidencia de los opuestos como estado ideal, como superación mística de nuestra habitualmente sesgada visión de cuanto nos rodea.  Porque, como los tuertos, tendemos a mirar sólo por uno de nuestros ojos…  Y renunciamos a la otra mitad de la visión.  Nos quedamos con un sólo rostro del Jano bifronte, atrincherándonos en lo conocido y blindándonos contra lo que el otro ha descubierto.  No nos abrimos al misterio, a la inmensidad de lo que desconocemos, y así nos perdemos gran parte de lo que la vida pone a nuestro alcance.

En este sentido, somos artífices de la realidad que percibimos, y que alteramos con nuestro modo de observar.  Nuestro ser presente condiciona nuestro ser futuro, sobre lo que somos hoy se establecen los pilares de lo que seremos mañana.  Comprendemos en función de lo que somos, y seremos en función de lo que comprendamos.

Tal vez sea este convencimiento el que me ha llevado a degustar el apunte de Nietzsche sobre la virtud en su “Humano, demasiado humano”.  Dice así:

EQUÍVOCO RESPECTO A LA VIRTUD.  Quien ha aprendido a relacionar la ausencia de virtud con el placer, al igual que quien ha tenido una juventud sedienta de goces, concibe la virtud como ausencia de placer.  En cambio, quien ha sufrido mucho a causa de sus pasiones y de sus vicios aspira a encontrar en la virtud el descanso y el goce del alma.  Por consiguiente, puede darse el caso de que dos personas virtuosas no se entiendan entre ellas.

Sin embargo, quiero llamar tu atención sobre el hecho de que el protagonista de las mociones que menciona nuestro bigotudo filósofo alemán, se rige por los sentimientos que inspira en su persona la idea de la virtud, no por la idea en sí misma.

Tal vez entendiendo la virtud como aquel modo de actuar que desarrolla lo que tenemos de propiamente humano, aquello que hace florecer nuestra naturaleza dotada de comprensión y libertad, podríamos superar la hemiplejia intelectual a la que se refiere nuestro autor, acercándonos a esa visión de conjunto en la que conviven lucha y descanso, amargor y dulzura, ascetismo y goce.  Porque tampoco la virtud es uniforme…  También ella, como Jano, es bifronte.  No renunciemos a ninguno de sus rostros.

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