Es lo mismo, pero no es igual


budista fumando

Las apariencias a menudo nos confunden, nos atrapan en sus redes y nos llevan a tomar una cosa por otra.  Olvidamos que la realidad es mucho más que lo que podemos ver, y nos atrevemos a juzgar desconociendo lo que -por ser invisible- queda oculto a nuestra mirada.

Es cierto que cada vez me cuesta más juzgar a los demás, aunque nunca sé si se debe a que aumenta mi discernimiento y la conciencia de todas mis flaquezas y debilidades.  ¿Quién sabe?  Sin embargo, hoy ha venido a mi mente una anécdota que me ha hecho meditar en torno a cómo dos conductas exteriormente idénticas, pueden ser profundamente distintas en su esencia última.

Dicen que en un lejano pueblo de Oriente había un estricto gurú que tenía a dos jóvenes monjes como discípulos.  Ambos eran fumadores, muy fumadores, y tenían serios problemas para compaginar su vicio con las prescriptivas sesiones diarias de oración y meditación.

El primero de ellos fue a ver a su Maestro y le preguntó: “¿Puedo fumar mientras medito?”  La respuesta del guru fue atizarle con la vara que llevaba en la mano, para castigar su falta de templanza y su impertinencia.

Al cabo de un rato, el segundo discípulo, que llevaba tiempo dándole vueltas a la misma problemática que el primero, y que nada sabía de la conversación que éste había mantenido ya con su Maestro, se decidió a pedir consejo a su guía espiritual.  Su pregunta, en este caso, fue: ¿Puedo meditar mientras fumo?  En este caso, claro está, el guru sonrió y otorgó.

¿Por qué, si la acción parece la misma?  Porque en realidad no tiene nada que ver.  Porque la disposición de ánimo es opuesta, y mientras que el primer discípulo degradaba la acción meditativa al fumar, el segundo se propone elevar el valor del instante en que fuma convirtiéndolo en ocasión de meditar.

Es lo mismo, pero no es igual…  Como tantas cosas.  No lo perdamos de vista, y afinaremos así nuestra mirada…  Y nuestro juicio.

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2 comentarios en “Es lo mismo, pero no es igual

  1. Joaquín, un saludo especial … Nuevamente. Una inquietud que me mueve por estos días a reflexionar. Puede el afán de agradar a Dios convertirse en un celo que incluso puede atentar contra nuestro bienestar emocional, físico? A nombre de una búsqueda de la moral más alta podríamos sentir una superioridad inflexible, que incluso podría ser nuestro medidor ante nuestros errores y arrojarnos a la ansiedad y la culpabilidad excesiva?

  2. Buenos días, Fabián. Sinceramente, no creo que Dios quiera que le agrademos… Le basta con que intentemos ser la mejor imagen de nosotros mismos, quiere nuestro bien, esa es -considero yo- su forma de entender la moral. Y, como se trata de ser la mejor imagen de nosotros mismos, con nuestras particulares características y circunstancias personales, lo que se me pide a mí no tiene por qué ser lo mismo que se te pide a ti… Con lo que no cabe sentirse superior ni inflexible. Si entendemos la moral como preocupación de Dios por nuestro desarrollo -y no como norma que debemos cumplir para que Dios esté contento o no nos castigue- todo se vuelve más claro, más sencillo, más atractivo, más esperanzador. Sin tensión, sólo con ilusión, con entusiasmo… Sintiendo a Dios dentro.

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