Hablar para unos pocos es despreciar a los demás


sorprendido

Hace unos días coincidí con un amigo que es profesor de teología y conferenciante habitual sobre cuestiones relacionadas -directamente o indirectamente- con la religión católica.  Aunque pueda sonar poco místico, suelo reunirme con la gente a la que aprecio alrededor de una mesa, que por ese simple hecho se transforma en altar de la amistad.

Al preguntarle por sus actividades, me contó entre risas algo que me heló la sangre: parece ser que en su última conferencia -en torno a los valores que deben regir la empresa y el hogar- había un oyente declaradamente ateo, a quien alguien había invitado sin saber  demasiado bien a quien iban a escuchar. La hilaridad venía provocada por el recuerdo de la cara que se le ponía al desubicado asistente -y de la conmocionada expresión de su mirada- a medida que mi amigo avanzaba en su exposición.  ¡Estaba orgulloso de haber causado escándalo y repulsa en ese hombre, asumiendo que un ateo debe estar en desacuerdo con los valores de un católico!

Como no estábamos solos cuando me lo explicó, no le rebatí por no causar una reacción automática de autodefensa, pero me llevé la espina clavada con la intención de ponerle estas líneas que sé que leerá.  Tal vez así puede llegarle más hondo.

No he ocultado nunca que, para mí, convertir la fe en ideología, bandera o trinchera es uno de los mayores riesgos -y pecados- que puede cometer una persona religiosa.  La espiritualidad es una experiencia que debe unirnos a los demás al descubrirnos lo que todos tenemos en común, seamos como seamos: un mismo Padre Celestial que se manifiesta en nuestro particular rostro, una misma naturaleza, un mismo Espíritu.  No entiendo una religión que excluye y separa…  Porque cualquier auténtica creencia o principio religioso es valioso para cualquier ser humano, ya que ayuda a desarrollar nuestro más profundo y auténtico ser, elevando nuestra existencia a sus más altas cimas.  Los valores religiosos son tales porque son auténticamente humanos, si no no tendrían sentido.

Por ese motivo no puedo comprender que una conferencia sobre valores -algo supuestamente valioso para todo hijo de vecino- pueda provocar rechazo en alguno de los oyentes.  Si esto sucede es que algo estamos haciendo mal porque no hablamos a su humanidad sino a su creencia, o a su ideología…  A lo que nos separa, y no a lo que tenemos en común.

Al despreciar de este modo a una persona que nos ha venido a escuchar, no sólo estamos desaprovechando una maravillosa oportunidad de abrirle la puerta de un nuevo mundo que desconoce, sino que estamos dando un ejemplo de lo contrario que predicamos.  Porque no valorar a los demás es una muestra de que somos incapaces de descubrir en ellos el rostro de ese Padre del que tanto nos gusta hablar y que, por muy oculto que pueda encontrarse en ellos, les hace merecer el mismo respeto y cuidado infinitos que cualquiera de nosotros exigimos para nuestra persona y la de nuestros seres queridos.

Te conozco bien, y sé que -como a todo conferenciante que se precie- de vez en cuando te gusta conmocionar a tus oyentes con una boutade.  También yo disfruto de ellas…  Pero hay que vigilar que éstas no vayan a echar por tierra el fondo de lo que se quiere transmitir.

Sé que te mueve el afán de dar a conocer tu religión, esas creencias que estructuran tu existencia y se han constituido en el centro de tu vida.  Pero, ¿cómo vas a comunicarlas a quienes -según tu propia opinión- más lo necesitan (los ateos) si se las transmites a bastonazos, razonando desde tu propio credo y no desde tu humanidad, elevando a los creyentes al altar de la santidad mientras hundes en los infiernos de la estupidez y la insensatez a todos aquellos que viven sin fe, caricaturizándolos hasta convertirlos en peleles fácilmente desmontables?

Por favor, no te enfades por este post y piénsalo.  Tienes mucho que aportar, mucho que decir, mucho que ayudar.  A todos, no a unos pocos.  Y sólo lo lograrás siendo fiel al estilo del mismo que te llamó, siguiendo la forma de ser y hacer de ese Jesús que los abrazó a todos con su Amor, que les llevó a descubrir esa oculta belleza que nadie veía en ellos -los más alejados de entre los alejados- y que tuvo mucho cuidado de acercar a sus contemporáneos a Dios y no a las cuatro paredes de un Templo que puede convertirse en cárcel -y no en altar- cuando se cierra sobre sí mismo, separando en lugar de acoger.

No hables para unos pocos, habla para todos…  Que te queremos escuchar,

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