Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Del perdón de lo imperdonable


perdonar

Todos, en mayor o menor grado, hemos sufrido decepciones y traiciones.  Unas mayores, otras menores…  Pero todas duelen y dejan cicatrices en el alma.  Hoy es, para mí, uno de esos días en que debo poner a prueba mis creencias para plantearme cómo tratar a quien me ha fallado…  Y mucho.  ¿Cómo ponerte delante de una persona que te ha hecho daño y que te temes que puede volver a intentar herirte?

Ante la afrenta, no es raro que el cuerpo te pida venganza.  Es natural, lo cual no significa que sea bueno.  Como decía Henri Lacordaire: “¿Quieres ser feliz un momento?  Véngate.  ¿Quieres serlo siempre?  Perdona”.  La ofensa no desaparece con la venganza, y por eso mismo el dolor no mengua.

¿Que no puedes perdonar?  Inténtalo, al menos.  El ser consciente de las propias debilidades, de las veces que nosotros les hemos fallado a otros o a nosotros mismos, es algo que ayuda para mirar con otros ojos -más comprensivos- la afrenta ajena.

¿Por qué ha hecho lo que ha hecho?  ¿Qué le ha empujado a hacernos ese daño? ¿Cuáles son sus circunstancias, sus necesidades, sus vivencias? ¿Qué habríamos hecho nosotros en su situación?  Las personas no somos tan distintas.  Todos somos capaces de lo mejor y de lo peor…  Y, muchas veces, que estos extremos salgan a la luz sólo depende de que se nos brinde la oportunidad.

El perdón no es el olvido, es la entrega que uno hace de sí mismo a quien -en ese momento- parece que no lo merece, a la vista de su modo de actuar.  Se perdona porque se quiere, no porque se deba.  El perdón supone un acto de Amor que presta atención a lo más valioso -y oculto, en ese instante- del otro, por lo que implica un importante instrumento de transformación que ha sido empleado y recomendado por todos los grandes maestros de la humanidad.

Uno no perdona porque sea débil, es precisa mucha fortaleza para perdonar.  Porque sólo puede darse el perdón desde la consciencia de la injusticia que se ha padecido, y con el ánimo de poner fin a la espiral de violencia, de dolor, ofreciendo una muestra ejemplar de que es posible actuar de otro modo y brindando al agresor -por esta vía- la oportunidad de rehabilitarse, de cambiar e -incluso- de pedir disculpas.

Porque el auténtico perdón no precisa del arrepentimiento del agresor, no surge de su contrición sino del desbordamiento de amor de nuestro corazón.  De un corazón que es capaz de amar sin medida porque, en alguna ocasión, ha sentido que es amado incondicionalmente.

Seamos transmisores de esta experiencia.  O, al menos, intentémoslo.

Yo hoy lo haré…  A ver qué tal me desenvuelvo.

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Esta entrada fue publicada en 28 de mayo de 2015 por en meditaciones y etiquetada con , , , , , .
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