Cuando el vestido te aprieta


Man wearing tight shirt, hands behind back, mid section, close-up

Hay quienes se sienten muy a gusto enfundados en un elegante traje hecho a medida, con un flamante nudo de corbata al cuello.  En cambio, hay quienes son incapaces de sentirse cómodos en él.  Por otra parte, hay quienes se sentían de maravilla elegantemente trajeados pero que -con el paso del tiempo y los cambios que éste opera en su físico- empiezan a sentir cierta incomodidad ante los michelines -o los músculos- que se marcan por aquí y por allá.

Lo mismo sucede con la pertenencia a instituciones filosóficas, ideológicas o religiosas.  Para algunos son algo maravilloso porque sus postulados y prácticas se ajustan perfectamente a su propia naturaleza, haciendo que se sientan cómodos, ágiles, apoyados y en plena forma acompañados de sus semejantes.

Otros son incapaces de encontrar una organización que coincida plenamente con su forma de ver las cosas, por lo que deciden ir por libre.  Es el precio de ser tan original.

Por último, hay quienes creen encontrar una comunidad que comparte sus inquietudes e intuiciones y se suman a ella.  Pero su propio camino les lleva a evolucionar, a cambiar, a transformarse, a crecer,  a tener nuevas necesidades y perspectivas…  Y su desarrollo choca con el inmovilismo propio de las organizaciones, con la lentitud y dificultad que éstas tienen para cambiar debido a su propia naturaleza y estructura.  En este caso sólo hay dos opciones: o te quedas -incómodo- con un traje que te aprieta por todas partes, o te deshaces del traje y cambias tu vestimenta.

De un tiempo a esta parte, muchos de mis amigos han abandonado las instituciones a las que pertenecían para tratar de ser coherentes consigo mismos.  En la mayoría de los casos, propios y ajenos les han acusado -desde el total desconocimiento de sus personales luchas y circunstancias- de falta de fidelidad.  Desde aquí quiero hacer un homenaje a su valor: han decidido dejar su zona de confort, la vida que ya tenían organizada, para iniciar un nuevo e incierto camino que -en su opinión- debe conducirles a su auténtico destino.  Me saco el sombrero ante todos ellos en señal de respeto, y de corazón les deseo que la muerte a su antigua vida suponga la matriz gestante de un futuro más fiel a su naturaleza.

Ojalá todos tengamos el valor suficiente para ser siempre fieles a nosotros mismos, cueste lo que nos cueste.  Ojalá comprendamos que son un ejemplo, y no una vergüenza.

Suerte, amigos.  Nos encontramos -como siempre- en el camino.

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