La Presencia nos hace presentes


Depressed teenager sitting on the floor

No sé tú, pero yo -en ocasiones- me descubro funcionando con el piloto automático, actuando inconscientemente, haciendo sin prestar atención.  Aunque cultivo la atención constante, la muy puñetera a menudo se me escapa entre los dedos y me deja a la intemperie, como un bote abandonado en alta mar.  No es nada nuevo, también me pasaba de niño…  Incluso más.

De hecho, hay una experiencia bastante frecuente en la infancia -por lo que imagino que tú también la habrás vivido- a la que no solemos dar más importancia, pese a que tiene una relevancia espiritual tremenda: imagina que estás en casa sin que nadie te preste atención, por lo que también tú dejas de prestar demasiada atención a lo que deberías hacer y te dejas llevar por lo que te apetece, por lo que te han dicho mil veces que no hagas porque te va a perjudicar.  Ser un crío tiene estas cosas…  Así que aparcas cuanto te han enseñado y te adentras en el mundo de lo prohibido.  La adrenalina y la propia dinámica de ese desconocido mundo te absorbe como un remolino y te dejas llevar, hasta perder la consciencia de lo que te rodea, arrebatado por esa experiencia transgresora, por inocente que pueda resultar ésta para una mente adulta.  Desconectado como estás del mundo y de ti mismo, de pronto sientes una mirada clavada en la nuca.  Sin ruidos, sin palabras, sin haber visto nada…  Pero lo sabes.  Hay alguien.  Sientes una presencia, atenta, que te está mirando.  Y, en ese mismo instante, tomas consciencia de lo que estás haciendo.  En el peor de los casos: rubor, culpa y miedo.  En el mejor: consciencia, arrepentimiento y cambio.  Vuelves los ojos y compruebas que estabas en lo cierto: tu padre -o tu madre- está en la puerta de la estancia, contemplándote.  Su mera y callada presencia te ha hecho consciente de ti mismo, de lo que estabas haciendo, del camino que habías emprendido.  Dependiendo de cómo fueran tus padres, te esperaba una reprimenda por lo que habías hecho…  O un abrazo ante tu azaramiento.  Yo no he olvidado cuál era la reacción de los míos.  😉

Cuando pasan los años y crecemos, no cambiamos tanto como pensamos.  Y a menudo nos podemos descubrir en una experiencia paralela a la que hemos narrado.  Eres ya una persona de cierta edad, joven o adulta (que poco importa ahora la diferencia), y -sin darte cuenta- has emprendido un camino que no te lleva a buen puerto.  Tal vez no seas plenamente consciente de ello pero las elecciones que has tomado -o que no has tomado- no han sido las mejores. De pronto, sin que haya un motivo para ello, sientes una Presencia -en este caso amorosa- que te hace tomar consciencia de lo que estás haciendo.  Esa Presencia te hace presente, como la mirada clavada en la nuca del niño.  Por un instante, te ves con los ojos de Otro.  Y esa visión te transforma o, como mínimo, te anima a cambiar de camino.  Ha sido un encuentro en el que no has llegado a ver el rostro del Otro, pero le has sentido cerca, pendiente de ti, atento.  Y, lo que es más importante, por un fugaz instante te has visto como esa Presencia te ve, y te has descubierto maravilloso, como una estrella.

Esta experiencia, mucho más común de lo que pensamos, produce metanoias espirituales, lo que denominaríamos conversiones en un lenguaje religioso.  Porque, pese a que la vivencia religiosa pueda encontrarse muy lejana en tu vida, pese a que no tengas una formación sobre Dios, pese a que sea un tema que no te preocupe ni te inquiete, esa Presencia siempre está cercana, siempre está atenta, siempre está preocupada por ti.  No importa que no le pongamos nombre, no importa que no veamos su rostro.  Si somos capaces de hacer el silencio necesario para aquietar las aguas de nuestra consciencia, descubriremos en el fondo de nosotros mismos unos ojos que no dejan de mirarnos, una Presencia que nos acompaña y espera, un corazón que late por nosotros y nos da Vida, y Vida en abundancia.

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