Un silencio de Amor


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El fin de semana pasado, estando en Huesca, recibí un whatsapp que cambió todos mis planes de domingo: el padre de mi mejor amigo había muerto esa noche, en Soria.

Uno percibe lo mucho que quiere a alguien en los momentos de extrema dicha o dolor, cuando se da cuenta de que el sentimiento ajeno se funde y confunde con el propio.  La noticia cayó sobre mi cabeza como un mazazo, y más aun porque la situación familiar de mi amigo agravaba la crudeza y dificultad de esos momentos.

No podía dejar que bebiera ese cáliz solo con su esposa, debía estar a su lado para transmitirle mi afecto y cariño, para sostenerle ante el quebrantamiento interior que produce una pérdida como ésa.  Las circunstancias no acompañaban, pero la necesidad se impuso: dejamos a nuestros hijos con sus abuelos, y mi esposa y yo nos fuimos en coche hacia Soria, para volver esa misma noche porque yo tenía un compromiso profesional ineludible a la mañana siguiente, a primera hora.

Sabíamos que no podríamos compartir el dolor de nuestros amigos más que dos o tres horas, pero eso ya era más que suficiente para justificar el viaje.  Teníamos que estar, queríamos estar, no podíamos dejarles abandonados.  Tampoco ellos lo harían con nosotros.

Cuando llegamos a Soria ya había anochecido, fue un largo trayecto con un ambiente espeso, serio, profundo, reverente, en el que la conversación con mi esposa giró -como no podía ser de otro modo- en torno a la familia, la vida y la muerte.

El encuentro se produjo en la calle, con el coche sin aparcar, aunque detenido en el lateral de la calzada.  Fue bajar del vehículo, perderme en la mirada de dolor de mi amigo y fundirnos en un abrazo como el que nunca habíamos compartido.  No hubo palabras, ni tan siquiera un “lo siento” o un “te acompaño en el sentimiento”.  Sólo el abrazo, la respiración acompasada, el sollozo ahogado, el silencio…  Un silencio cargado de Amor y comprensión, consciente de que no hay palabra capaz de contener cuanto se precisa decir.  Un silencio de entrega y afecto, y otro de tierna y agradecida acogida.  Sólo por ese instante, habría valido la pena un viaje cien veces más largo que el que habíamos hecho.

Esa noche fue un regalo, en el que mi esposa y yo recibimos mucho más que lo que dimos.  Pero no ha sido hasta esta mañana que me he dado cuenta de algo que había pasado por alto, y que ha supuesto una gran enseñanza: ese mismo abrazo, ese mismo silencio de Amor, es el que reclama la espiritualidad de los místicos, la de quienes se aproximan tanto al Absoluto que son capaces de liberarlo de todas las cárceles, conceptos y limitaciones que nosotros mismos le construimos.  Hoy, por un instante, he experimentado que la oración silente, contemplativa y mística no está tan lejos de lo que vivimos en Soria.  Y, gracias a esa experiencia, en mi matutina meditación de hoy he experimentado la cercanía del Amado que se oculta en un silencio de Amor que no nace de la ausencia de palabras, sino exceso de contenido.

Una vez más, J.F. me has ofrecido uno de esos momentos que marcan un antes y un después, un instante de esos que no se olvidan.  Gracias por estar siempre ahí, por dejarme estar ahí, por hacer posible que tu vida y mi vida sean nuestra vida, dos ríos que a menudo confluyen aumentando su caudal y fuerza.

Termino el post con una canción que comparte título y fondo con el mismo: Un silencio de Amor, por Jesed.

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2 comentarios en “Un silencio de Amor

  1. Casualidad, coincidencia, … ¡qué curioso! en esta semana he tenido oportunidad de escuchar la canción Silencio de Amor, y en varios momentos me he encontrado tarareándola, mal, pero tarareándola. Tanto es así que he contactado con Ministerio de Música, Jésed, para comprar otro de sus discos. Y hoy, la encuentro aquí. ¿Personas distintas que caminan juntas?
    Gracias por la reflexión, no deja indiferente, es estupendo saber expresarse tan bien.
    Un abrazo,

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