Un Dios injusto


arrepentido

Recuerdo que, siendo todavía un niño, me indignaba pensar que -según me habían explicado en clase de religión- tanto iba al Cielo el asceta que pasaba su vida entre sacrificios y renuncias, como el ladrón, vividor, mujeriego, asesino o malnacido que se arrepentía en su último suspiro de vida.

¡No es justo! , pensaba desde mi simplicidad infantil.  Toda la vida luchando por salvarme y luego llega cualquier crápula y -por pedir perdón en el último momento- va el tío y también se va al Paraíso.  Indignante…

Está claro que no había entendido nada, que tenía una visión de la religión como un conjunto de normas y obligaciones que había que cumplir para que un celoso Dios nos abriera las puertas de su casa.  Me temo que la culpa de esta incomprensión no debía ser achacable a mis maestros, sino a mis propias limitaciones.  Pero el caso es que así lo interioricé y, durante mucho tiempo, envidié a los conversos de última hora.

Por aquel entonces pensaba que la mala vida era la mejor de las vidas y, por tanto, rezaba como San Agustín: convierte Señor mi corazón, pero no todavía.  Con el tiempo, con las experiencias que fui acumulando, con mis aciertos y equivocaciones, empecé a intuir que la buena vida tenía más que ver con la vida buena.

Así fui descubriendo que la auténtica espiritualidad, la religión de verdad, no es una tortura para el hombre sino algo así como el manual de instrucciones para alcanzar la más profunda y duradera felicidad, exprimiendo a fondo la vida.

Sin embargo, los ecos de mi queja infantil, han seguido resonando de vez en cuando en mi inconsciente… ¡No es justo!

Estos días, con motivo de la Semana Santa, he encontrado un poema de José Mª Rodríguez Olaizola en su libro “La Pasión, en contemplaciones de papel” que me ha ofrecido más luz que todas las reflexiones que había realizado al respecto durante todos estos años. Dice así:

Me descolocaba tu justicia extraña,

esa forma de medir

que olvidaba las horas trabajadas.

Me enfadaba con los que hicieron menos,

creyeron menos, sacrificaron menos,

y me indignaba contigo, que parecías no ver nada.

Intentaba negociar mejor paga,

algún reconocimiento, una que otra medalla.

Me dolía lo injusto de tu salario.

Me extrañaba lo ilógico de tus premios.

Me mordía -reivindicación y envidia-

la suerte de los jornaleros de la última hora.

Hasta el día en que yo fui el último,

el más zoquete,

el más frágil,

el más malo,

el más amado

…y empecé a entender.

 Sí, he empezado a entender…  ¿Y tú? ¿También hacen estos versos vibrar algún resorte en tu interior?  Si alguna vez has experimentado profundamente tu fragilidad, tu debilidad, tu imperfección…  Tal vez entonces te sientas identificado y empieces a comprender.  Una comprensión que surge del corazón y despierta a una enjaulada razón incapaz de comprender a un Dios que no es injusto sino más que justo, porque Su nombre es misericordia.

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2 comentarios en “Un Dios injusto

  1. Es Su gracia infinita, su misericordia que me asombra… Yo entendí que no había necesidad de más sacrificios, Dios, en la persona de Jesucristo lo hizo todo por ti, por mi, por todo aquel que cree… Y tan injusto puede ser el que lleva una vida en apariencia “justa” como justo el que en apariencia podría calificarse de “injusto” … Porque lo que Dios ve es el corazón. Gracias por llevarnos a meditar en esto.

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