Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

La linterna de Diógenes, en busca de la humanidad perdida


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Hoy tengo mal día, no he tenido una noche tranquila sino que han transitado por mis sueños los ecos de las tristes experiencias que ayer viví.  Me reencontré con alguien que conocía y que se ha transformado en una sombra de lo que fue.

No queda nada de su esperanza juvenil, de sus grandes proyectos, de sus planes de mejorar el mundo transformándose a sí mismo, de poner su inteligencia al servicio del bien de la humanidad…  Ayer me encontré con un hombre -porque ya no es un niño- que ha sucumbido a sus más bajos instintos, que en el breve rato que compartimos me demostró que era incapaz de contener su vista, su lengua, su apetito, su envidia, su lujuria y su ira…  Un triste ejemplo de una persona que, en lugar de regir sus instintos, vicios y pasiones, ha pasado a encontrarse regido por ellos.  Un ángel convertido en bestia, un hombre que ha sucumbido a lo peor de su naturaleza renunciando a su potencialidad infinita.

Hablamos sobre ello, pero la conversación no terminó bien pese a que en ningún momento le juzgué ni falté a la delicadeza.  Partíamos de dos lógicas antagónicas: él defendía que el dejarse llevar por todas sus apetencias era el mayor de los gozos, y yo -siguiendo a Séneca- aseguraba que mayor soy, y para mayores cosas nací, que para ser esclavo de mi cuerpo.

No soy defensor de los ascetismos extremos sino de las vías del medio, de las que consideran que los goces sensuales -de los sentidos- también son una buena cosa porque somos hombres y no ángeles, pero que deben convivir y regirse por el disfrute de lo trascendente, que ordena y dota de sentido.  Hay que disfrutar de los sentidos, pero siempre con cabeza, porque la esclavitud no es goce sino que éste implica consciencia y libertad.  Porque tenemos una naturaleza mixta, física y espiritual, que nos lleva a hacer convivir cuerpo y alma…  Pero esta última, más sutil y duradera, más dotada de potencial y posibilidades, merece una mayor consideración y cuidado si queremos merecer el apelativo de seres humanos.

Ayer me acordé de Diógenes y su linterna, que cuentan que andaba a plena luz del día por la plaza de Atenas, con una vela encendida, buscando y rebuscando.  Y, cuando le preguntaban cuál era el objeto de sus pesquisas respondía: “Ando buscando a ver si encuentro un hombre”.  “Pero si la plaza está llena de hombres”, le respondían sin cesar.  A lo que él apuntillaba: “Ésos no son hombres, sino bestias, porque no viven vida de hombres, sino de bestias, rigiéndose y guiándose por sus apetitos bestiales”.

Ojalá nadie pueda decir nunca eso mismo de nosotros, ojalá nuestros seres amados y más cercanos no tengan que sufrir jamás nuestra bestialidad.  Ayer vi el daño que puede hacer, y esta noche he tenido pesadillas.  Espero no olvidarlo, jamás, y aprender la lección de tan desagradable experiencia.  Humano quiero ser, y no bestia.

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