No digas todo lo que piensas


prudencia2

Si decimos todo lo que pensamos, no nos gustará que nos digan los demás lo que piensan de nosotros.

En ocasiones olvidamos que la virtud se encuentra en el punto medio entre dos extremos, y que la sinceridad no consiste en decirle al prójimo todo lo que nos pasa por la cabeza, sino en expresarnos sin fingir, sin dar a entender algo que no es cierto.

Muchas veces la mejor forma de expresarse es guardar silencio porque, ¿para qué hablar si la palabra no va a aportar nada bueno?  ¿Para qué pronunciar una opinión hiriente si nadie nos la ha pedido?  ¿Para qué arrebatar sueños simplemente porque nosotros hemos sido incapaces de alcanzar los nuestros?  ¿Por qué contradecir a quien tenemos delante cuando, si nos detenemos a pensarlo bien, nos daremos cuenta de que ni su experiencia ni sus circunstancias son las nuestras?  Cuando uno dice todo lo que piensa, sin pensar lo que dice o sin pensar en las consecuencias de lo dicho, pone de manifiesto un orgullo desmedido, una vanidad sin límite, el convencimiento de que su palabra es la Verdad y que -como tal- debe ser Ley.

Lo viví hace poco, en una reunión social a la que me tocó acudir.  Me topé con un incontinente verbal, con alguien cuya lengua estaba directamente conectada no sé si con el corazón o con su falta de él, una persona que escupía palabras como si fueran afilados dardos, un individuo que con cada expresión destruía un puente y construía una barricada.  No sé cómo puede uno vivir como si fuera una bomba atómica, aniquilando cuanto tiene alrededor.  Le vi hablar con tres personas, y a las tres trató de humillar, a las tres menospreció, a las tres criticó…  Y, al menos dos de ellas, son personas extraordinarias en lo personal, en lo intelectual y en lo profesional.  A la tercera no la conocía, pero tampoco me pareció que tuviera nada de lo que avergonzarse frente a ese monumento a la estupidez que terminó encontrándose con lo que se merecía.

Porque, como recordaba Dale Carnegie, si quieres recoger miel no le des patadas a la colmena.  Arremeter contra todo aquél que te rodea, no sólo es una muestra de miseria moral, sino de profunda imbecilidad.  Porque demuestra incapacidad de juzgarte y de juzgar a los demás con lucidez, una absoluta falta de medición de fuerzas.  Por muy listo y poderoso que te creas, deberías saber que las ofensas son como las palomas mensajeras, siempre vuelven.  Y, en su caso, volvieron…  Caramba si volvieron…  Alguien -que sabía con quién trataba-, después de intentar tender puentes en tres ocasiones, se cansó de hacer de buen samaritano y le hizo probar un poco de su propia medicina: le recordó sus fracasos en lo personal, la verdadera magnitud de sus éxitos profesionales (mucho menos espectaculares de lo que uno pensaría, atendiendo a sus explicaciones), sus carencias culturales y su absoluta falta de educación.  Todo un baño de realidad.

Era como ver a un boxeador noqueado, con ojos desorbitados que no terminaban de comprender lo que estaba sucediendo…  Me produjo una pena profunda, junto a una sensación de desprecio.  Es difícil caer simpático cuando no dices nada bueno ni agradable a quienes te rodean.  ¿Es el precio de la sinceridad?  No, es el precio de la prepotencia, de la falta de empatía y de la absoluta carencia de educación.

Somos seres sociales, no convirtamos nuestro entorno en una jungla.  Midamos las palabras, mostremos nuestra grandeza.

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3 comentarios en “No digas todo lo que piensas

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