El daño que causan quienes se saltan las normas


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Hay quien piensa que las normas están para saltárselas.  Pero, ¿qué mundo tendríamos si todos nos saltáramos las normas?

La semana pasada bajé varias mañanas a Barcelona para acudir a un curso sobre Redes Sociales.  Como empezaba a las nueve, me tocó armarme de paciencia y sufrir los colapsos matutinos de la entrada a Barcelona.  Si vas por Gran Vía, la entrada tiene tres carriles y un cuarto reservado para taxis y bus.

Cuando llevas media hora parado, sin apenas moverte, y ves pasar -a toda velocidad- a un coche que no es ni un taxi ni un bus por el carril reservado para éstos, algo se te enciende por dentro.  Cuando ves pasar a un segundo coche por ese carril, empiezas a cabrearte.  Con el tercero, empiezas a sentirte idiota.  Y, con el cuarto, la tentación de seguir su ejemplo se vuelve irrefrenable.  Tanto, que el coche que yo tenía delante, se pasó al carril bus y se marchó, raudo como el viento.

Vivir esta secuencia, y verla materializada en mi compañero de retención, me hizo pensar.  Esa norma -la del carril reservado- existe para que los medios públicos de transporte no sufran retenciones, para priorizar al autobús y al taxi, reduciendo la congestión y la contaminación en la ciudad, y garantizando que quienes optan por los medios públicos de transporte puedan confiar en los horarios previstos.

Hay quienes aprovechan su existencia en beneficio propio, saltándose una prohibición y adelantando a todos los que cumplen las normas.  Me los imagino mirando de reojo a todos los coches que estábamos parados mientras piensan que somos unos pardillos.  Estarán convencidos de lo listos y hábiles que son, porque para ellos ser inteligente es perseguir con la máxima eficacia el interés propio, individual, egoísta.

Pero, ¿en algún momento se han planteado qué sucedería si todos siguiéramos su ejemplo, si todos fuéramos a la nuestra e invadiéramos el carril reservado?  Lo que sucedería es que también este carril se colapsaría, que ya no tendría sentido usar el autobús o el taxi, que nos habríamos cargado algo bueno perjudicándonos a nosotros y a los demás.

Las conductas que no pueden convertirse en norma universal no son muy recomendables, es un buen indicio de que no están bien pensadas.  Así que su ejemplo no es bueno, ni despierta los mejores instintos de quienes les ven pasar a toda velocidad mientras ellos están retenidos por cumplir con las normas de tráfico.

Pueden pensar que es una tontería, que no le hacen daño a nadie…  Pero no es cierto.  Porque, además de todo lo ya expuesto, ¿qué diferencia su conducta de la de quienes cometen otros tipos de delito en beneficio propio mientras el resto cumple con las normas?  Dicen que la corrupción se extiende como la pólvora…  ¿Cómo no va a hacerlo?  Si tienes la posibilidad de beneficiarte al alcance de tu mano y ves, día tras día, la impunidad de los corruptos… ¿No pasarás de la sorpresa al cabreo, del cabreo a sentirte idiota y de la sensación de profunda idiotez a cometer la misma mala acción?

Parece que hay cosas que no tienen importancia, pero la tienen.  Porque cada decisión nos configura, nos pule, nos transforma.  Y no siempre a mejor.

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