El apego a la religión


dormido en tren

La religión -o la vía espiritual- debe ser un medio que nos conduzca a religarnos con Dios.  Sin embargo, a menudo la convertimos en un fin en sí misma, pervirtiéndola hasta hacer de ella la peor imagen de sí misma.

Todavía me duelen los oídos -y el alma- al recordar la nefasta explicación que se nos daba, siendo todavía niños, de para qué había creado Dios al hombre según el Catecismo.  El texto rezaba: Dios ha creado a los hombres para que le amemos y obedezcamos en la tierra, y para que seamos felices con Él en el Cielo.  Y en la explicación que se nos daba del redactado se insistía en el deber de amar y obedecer a Dios para ganarnos el Paraíso.  Conclusión -caricaturizada- de mi mente infantil (y de unas cuantas más por lo que he podido ir comprobando con el tiempo): Dios nos ha creado para su propio beneficio, como una especie de majorette que necesita un público que le aplauda y adore para mantener alta su autoestima.  Y, a cambio de eso, nos garantiza nuestra felicidad futura y eterna.  Esta vida, por tanto, es algo así como una prueba en la que hay que ser el mayor fan de Dios para que Éste nos deje entrar en el Cielo cuando muramos.

Lo he resumido con cierta sorna y chiste, pero la idea de fondo que se instauró en mi subconsciente era en gran parte ésa.  Y es una idea que sigo encontrando vigente en muchas formas de vivir la religión -o la espiritualidad- que encuentro a mi alrededor.  Formas de las que no participo y que no recomendaría, puesto que considero que tienen un punto de partida erróneo del que se derivan conclusiones cada vez más alejadas de la Realidad y de la voluntad divina.

No entiendo la religión como un deber, ni como un sometimiento al capricho de Dios, ni como un conjunto de normas que hay que seguir para ganarse el Cielo, ni como el manual de instrucciones para tener contento a Dios, ni como el compendio rituales cuasi mágicos de obligado cumplimiento para apaciguar la ira de Dios…  Nada de eso.  En el centro de la religión, es cierto, está Dios o la Divinidad…  Pero su protagonista es el hombre.

Entiendo la religión como una vía espiritual, como el camino que va de donde estamos a nuestro re-encuentro con Dios, el Alfa y el Omega, el punto de partida del que venimos y al que tendemos.  Ese camino, que dependerá de cuál sea nuestro punto de partida aunque el destino sea siempre el mismo, nos es mostrado a cada uno a través de diversas revelaciones naturales, sobrenaturales, tradicionales, colectivas o individuales.  Pero no debemos olvidar que es un camino, algo transitorio, algo que hay que recorrer y abandonar cuando se llega a destino.

Me gusta la palabra que utiliza el budismo para referirse a sus escuelas: vehículo.  Lo encuentro muy acertado: cada vía espiritual es un vehículo que trata de conducirnos a Dios, al Absoluto, a la Budeidad, a nuestro destino existencial…  Una vez más, no importa el nombre que le demos.

Sin embargo, corremos el riesgo de sentirnos tan cómodos y confortables en el propio vehículo, que nos resistamos a bajarnos de él al acercarnos a nuestro destino.  Porque la noche oscura de la que nos hablan los místicos hace referencia a que ese vehículo nos lleva hasta las puertas de la casa de Dios, pero los últimos pasos hay que darlos con los pies desnudos…  Y eso no es fácil, ni cómodo.

El vehículo nos hace sentir seguros, acompañados, a gusto: la temperatura es buena, la dirección nos viene marcada, sólo tenemos que dejarnos llevar y cumplir con las normas que se nos exige cumplir para permanecer en esa especie de AVE espiritual.  Estamos tan a bien recostados en nuestro sillón, viendo la vida pasar por la ventanilla, que se nos hace muy cuesta arriba aceptar que ya hemos llegado a nuestra estación, y que ahora toca bajar y caminar un último trecho, el más importante, en medio de las inclemencias del frío y la noche.

Si no damos ese paso, si estamos tan apegados a los medios que los convertimos en fines, el tren seguirá su marcha y -a partir de ese momento – en lugar de acercarnos a nuestro encuentro con Dios, cada minuto de nueva travesía nos estará alejando nuevamente de Él.  

Nuestro Dios, ahora, pasará a ser nuestro tren, fuente de paz y sosiego que convertiremos en el único tren.  Habremos pervertido la religión, la espiritualidad, haciendo de ella una caricatura de sí misma, convirtiéndola en una categoría social, en una ideología, en un narcótico espiritual, en una forma de ensoñación que, como el traqueteo del tren al circular por las vías, nos adormece evitando que disfrutemos del viaje y provoca que, si nadie nos avisa, nos saltemos nuestra estación.

Nada hay peor que la perversión de lo mejor.  Si el instrumento se convierte en un fin, jamás alcanzaremos nuestro destino y, lo mismo que debía conducirnos a la liberación, se convertirá en los grilletes que nos esclavicen, en una cárcel de oro que nos impedirá llegar al que siempre ha sido y es nuestro destino: la vuelta al Origen, el reencuentro con la Realidad Última a la que los cristianos llamamos Dios.

Anuncios

2 comentarios en “El apego a la religión

  1. Estás hablando de nuestra trayectoria, en la vida. La misma vida….en su misma vida, cuando disfrutamos de ella, nos llena de felicidad. Y no hace falta nada más, ya estamos en el camino hacia Dios, o la divinidad. Ella, la divinidad, no es una obligación. Para mí es la esencia del estado más puro de la felicidad. Y la simple creencia en una religión, no es motivo de felicidad. Nuestra gran misión es ser felices, y ello nos conducirá a acercarnos a la divinidad.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s