Bendito resbalón


bendito resbalón

Hace tiempo que me sucede que, cada vez que me topo con alguien que se cree el cúmulo de todas las perfecciones, trato de mantenerme cerca de esa persona hasta que -inevitablemente- tropieza con la terca realidad y tiene que enfrentarse a su imperfección.

No es porque disfrute del mal ajeno, no.  Nada más lejos de la realidad.  Al contrario: mi experiencia me dice que esas caídas tienen un efecto terapéutico puesto que rompen el espejismo de perfección detrás del que algunos se parapetan, haciéndoles más próximos y comprensivos con el error propio y ajeno.

La caída puede hundirte o puede acercarte a tu más auténtica naturaleza, obligándote a asumir la humildad que se deriva de la experiencia de imperfección.  Una humildad que no está reñida con la alegría o con la autoestima, sino que -simplemente- nos sitúa en una perspectiva realista respecto a nuestro potencial y posibilidades.

Ser conscientes de nuestra capacidad de errar nos vuelve mucho más tolerantes y comprensivos con la equivocación ajena, con la imperfección de nuestro prójimo.  Este hecho facilita profundamente la convivencia, lo cual nos lleva a afirmar que, muchas veces, esa dolorosa equivocación que hemos cometido es -más bien- un bendito resbalón.

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