El simbolismo metafísico del laberinto


laberinto

El laberinto es un símbolo universal que encontramos en todas las épocas y civilizaciones. ¿Por qué? Porque nos conecta con esa búsqueda que da sentido a nuestra vida, con lo que nos mueve… Y con todas las dificultades que se nos presentan en nuestro intento de alcanzarlo.

No importa la cultura que estudiemos, ni la época que escojamos, si buscamos a fondo siempre terminaremos encontrando una versión -más o menos elaborada- de un laberinto.  Aunque en nuestra cultura el más famoso sea el cretense laberinto de Minos, que fue asaltado por Teseo con la ayuda de Ariadna, si miramos a nuestro alrededor encontraremos importantes referencias a laberintos en conocidas construcciones religiosas, como la Catedral de Chartres.

Pero, ¿qué es un laberinto?  Es un complejo enredo del espacio alrededor de un centro, una elaborada complicación del camino que puede tener por finalidad proteger el centro o evitar que algo -o alguien- salga de él.

El laberinto, en este sentido, es un diagrama de contemplación que nos pone en contacto con el camino iniciático, con la vía espiritual, con el peregrinaje, con el acceso al sancta sanctorum del alma, con la búsqueda de la Identidad Última, del corazón, de la imagen de Dios en el hombre.

El laberinto nos describe sin palabras el proceso de con-centración que supone prestar atención al centro en medio de los mil caminos de sensaciones, emociones, ideas y otras distracciones que tratar de conducirnos por senderos sin salida.  El laberinto  nos indica el camino de purificación, lleno de pruebas iniciáticas, que deberemos recorrer si queremos alcanzar el santuario interior en el que se reside lo más valioso de nuestra naturaleza protegido, en más de una ocasión, por el terrible y feroz minotauro.

Porque no debemos olvidar que, como siempre, el símbolo es ambivalente, tiene su luz y su sombra, su cara y su cruz.  En esta ocasión -ya lo hemos adelantado antes- ésta se manifiesta en que el laberinto dificulta el acceso al centro, pero al mismo tiempo complica también la salida de lo que se encuentra en su interior: nuestro particular minotauro.  No olvidemos que ése fue el motivo por el que se construyó el laberinto de Creta, para mantener presa a esa fiera que es mitad hombre y mitad bestia (como tantos de nosotros) a la que no se le da muerte sino que se la alimenta periódicamente y se la encierra, como solemos hacer con nuestros más inconscientes instintos y pasiones…  Con nuestra sombra.

Tanto si lo recorremos para descender a nuestros infiernos, como si lo tomamos como camino para alcanzar la budeidad, el laberinto hace referencia a nuestra vía espiritual y nos pone de manifiesto que ésta no es sencilla, que exige discriminación, que está plagada de dificultades, errores, rectificaciones y ascesis, que exige valor, inteligencia, constancia y paciencia y que debemos estar dispuestos a enfrentarnos a nuestros más temibles monstruos, siguiendo adelante…  Siempre adelante, hasta alcanzar el centro.

El laberinto nos obliga a transitar por caminos no escogidos, restringe nuestras opciones y libertad, nos llevará a lugares que nos disgustan y a senderos sin salida.  Como en la vida, caminos erróneos hay muchos, pero que conduzcan a nuestro destino unos pocos y, en ocasiones, sólo uno.  A menudo nos sentiremos perdidos, no hay que desesperar ni desistir de seguir avanzando, hay que aprender, tomar nota del error y seguir caminando por un nuevo sendero.  Si repetimos los mismos pasos, llegaremos al mismo lugar pero -si tomamos nota de la ruta equivocada y nos decidimos a tomar otra dirección- puede que esta vez sí que demos con el centro que tanto ansiamos alcanzar.

Porque el laberinto es como un imán que nos atrae hacia el centro, un misterioso sendero que nos anima a avanzar.  Y digo misterioso en el sentido estricto del hermetismo.  El laberinto es un misterio, no un problema.  ¿Cuál es la diferencia?  Que los problemas deben solucionarse, mientras que los misterios exigen ser vividos porque nos transforman.  Me explico: si recorriéramos el laberinto acompañados de un guía que conociera el camino y nos protegiera de todos los peligros, podríamos llegar al centro pero éste se encontraría vacío.  No encontraríamos en él la iluminación, la rosa mística ni al minotauro.  El laberinto debe ser un descenso a los infiernos previo a nuestra ascensión al Cielo, una noche oscura previa al encuentro místico, una travesía de muerte a uno mismo para despertar a una nueva vida.

¿Entiendes ahora que se relacione a los laberintos con las cavernas iniciáticas, con el peregrinaje a Tierra Santa, con la ascensión del Monte Sagrado o con los mandalas propios del budismo tibetano?  Recorrer el laberinto nos purifica, exorciza nuestros demonios, ilumina nuestra mente y nos pone en disposición de encontrar y reconocer el valioso tesoro que se oculta en su centro.  Un tesoro que el Amor, representado por el hilo de Ariadna, nos llevará a compartir con quienes todavía no se han adentrado en su propio laberinto.

¿Entramos?

 

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2 comentarios en “El simbolismo metafísico del laberinto

  1. Me ha gustado, la idea de buscar el núcleo como identidad interior, pero, podríamos considerar la salida del laberinto como un escape a la búsqueda interior.
    un desahogo, de esa introspección.
    Propones el laberinto como la vida misma. la búsqueda de lo perfecto, es llegar al interior de uno mismo….. filosóficamente puede ir en ambas direcciones no es verdad?
    Pero si, la dificultad en encontrar el núcleo es como encontrar la esencia de uno mismo.
    El trayecto hace que nuestra vida pueda ser algo maravilloso o un trayecto lleno de trampas.
    El disfrute de éste, será el que haga de todo el trayecto un verdadero placer o un verdadero calvario…
    Hemos de disfrutar de toda búsqueda, de todo el recorrido…
    Gracias por mostrarnos esta curiosa manera de vivirlo.

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