No hay virtud sin discreción


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No es oro todo lo que reluce, ni es virtuoso todo el que parece bueno.

Dicen los que entienden que la virtud es el hábito que se deriva de la repetición de actos buenos, por lo que asimilamos al hombre virtuoso con el hombre bueno.

Pero esta asimilación no siempre se da.  Puede que nos esforcemos en realizar actos buenos, pero que lo hagamos con una finalidad equivocada, egoísta, interesada…  Si la causa o finalidad de nuestra acción no es hacer el bien sino obtener algún tipo de satisfacción o beneficio, ¿seguirá tratándose de una acción virtuosa?

Yo tengo clara mi respuesta: no.  Por este motivo desconfío de aquellos que hacen pública su virtud, de quienes enarbolan banderas de decencia y perfección.  La virtud debe ser discreta, callada, cercana, personal…  Y si no no es virtud sino espectáculo o inversión, mera máscara que -como dijo alguien que sabía de lo que hablaba- hace de los hombres sepulcros blanqueados, un intento de ocultar la interior podredumbre tras un barniz de pureza y bondad.

Detengámonos a pensarlo: ¿qué nos mueve a actuar bien?  ¿Somos discretos con nuestra virtud? ¿No nos moverá el propio interés, la autosatisfacción o la búsqueda de un premio presente o futuro?

Tratemos de hacer el bien por el Bien, nada más…  Y nada menos.

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