Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Cuando la muerte visita a la vida


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La muerte es ese visitante, generalmente no invitado, que -nos guste o no- terminará honrándonos con su presencia.  Ante este hecho, hay quien cede al miedo y prefiere obviar la cuestión, dejarla al margen, esconderla debajo de la alfombra como si así fuera a desaparecer.  Sin embargo, la consciencia de lo que supone morir dota de mayor intensidad y sentido al vivir, siempre que nos atrevamos a mirar a los ojos a la muerte…  Y a la vida.  Tal vez por ello hay a quien le resulta mucho más fácil asumir la propia marcha que la de un ser querido, partida que se percibe como una pérdida, al situarnos frente al dolor y la ausencia de alguien a quien amamos.

Tengo unos amigos que están sufriendo que el padre de ella se apague poco a poco, consumido por una larga e inmisericorde enfermedad.  Apenas hablamos del tema para no acrecentar la herida, pero ésta está ahí, causando dolor, sufrimiento y cansancio.

Me he acordado de ellos esta mañana releyendo unos versos de mi amigo y maestro Javier Melloni quien, con sencillez, profundidad y dulzura, nos muestra un rostro a menudo desconocido de la parca.  Los podéis encontrar en el libro “Sed de Ser” (Ed. Herder), un texto imprescindible para saborear, interiorizar y alimentarse estética y espiritualmente.

 Imagino que este capítulo puede hacer bien a todos aquellos que estáis pasando por el duro trance de perder a un ser querido, ya sea porque éste se va…  O porque son ellos quienes marchan.

Leedlo poco a poco, abriéndoos a cada frase, dejando que vibre en vuestro interior, meditándola, gustándola, dejándola actuar libremente.  Ya me diréis qué os ha parecido:

Un adentro profundo y secreto

llama.

Llama que contiene una llamada:

que la vida se convierta en entrega

y alcance su posibilidad suprema.

Atravesada ya la noche

me rindo ante la claridad de tu Presencia

porque sé que Tú das consistencia

a la nada de mi ofrenda.

Vivir es aprender el arte de prender y desprenderse,

de abrirse

y permanecer en lo Abierto.

La última ofrenda será nuestra muerte,

la oblación de todo lo que hemos vivido,

la entrega de la cosecha,

lo que hemos sido,

y de todo lo que en nosotros ha crecido.

Porque existe la muerte tiene valor la vida.

Ella es la que otorga calidad a cada instante,

ya que en cualquier momento podemos extinguirnos.

Nada permanece,

nada puede ser retenido.

Todo se está soltando continuamente,

aunque nuestra mente y nuestros deseos desvalidos

pretendan retener lo que han tenido.

Este soltar,

soltándonos,

es la rendición 

que nos libera.

Rendición no es claudicación

sino ofrenda.

No nace de la impotencia.

Brota

de la asunción agradecida

de lo que hemos sido

viviendo.

La muerte no nos arrebata nada

si ya nos hemos desprendido de lo único que nos podría

privar:

de nosotros mismos.

Al final de nuestras vidas no retornamos nada

que haya sido nuestro.

Todo lo hemos recibido.

¿De qué cosa puedo decir “mío”?

¿Qué “mío” puedo atribuirme si todo me está siendo concedido?

El aire que respiro,

la comida que me nutre, procedente de otros seres

que mueren para darme vida;

el vestido que me cubre,

tejido con fibras de plantas y animales

por manos expertas y máquinas anónimas;

la casa que me abriga, edificada con materiales

que proceden de la tierra

y construida por obreros que no he conocido;

el sostén de los que caminan conmigo,

que me estiman sin juzgarme

y me aceptan mejor que yo a mí mismo.

¿Qué es lo que entrego

si todo lo recibo?

Lo que ofrezco es la posibilidad de apropiarme

de eso mismo que recibo.

Rindo mi pulsión de apropiación

y las estrategias de depredación

que en nuestra sociedad hemos convertido

en derecho indiscutido.

Lo rindo para poder vivir con la conciencia

de que todo es don continuo.

Te lo entrego, ¡oh Señor infinito!,

para poder recibirme de tu seno

del que emerjo sin cesar

y donde deseo volver

a ser

sumergido.

Rindo mi pretensión de ser ola sin Mar,

mi capricho de quedar fijado

en una de las posibles formas

de tu oleaje.

Rindo mis preferencias de estar en calma o tempestad,

de ser ola en alta mar o llegando a una cala solitaria,

de ser ola estrellada contra una roca

o besar la arena blanca de una playa,

estar surcado por delfines, tiburones o navíos

en la agitada superficie sacudida por vendavales

o permanecer en calma en un fondo rodeado de corales.

Todas estas rendiciones, oh Mar,

surgen de mí

desde Ti

para poder fluir

hacia Ti

en Ti.

Solo esto calma mi sed de Ti.

¿Qué más se puede añadir?  Encuentro que nada…  Sólo el silencio amoroso y la mirada entregada, el abrazo liberador y el beso en el alma del que se va, para que parta en paz y nos deje Su Paz.

 

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Esta entrada fue publicada en 13 de septiembre de 2016 por en meditaciones y etiquetada con , , , , , , , , , .
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