No todo merece la pena ser escuchado


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En más de una ocasión hemos meditado juntos en torno al control de la lengua, a la importancia de no hablar por hablar, de no murmurar de los demás, de no criticar a otro cuando no está presente.  Hoy, sin embargo, he caído en la cuenta de algo básico: pata murmurar -como para discutir- hacen falta dos personas.

Y es posible que nosotros seamos personas íntegras, capaces de dominar nuestra ponzoña interior y nuestra lengua viperina, callando los secretos y desventuras que conocemos de los demás.  Pero, ¿cuántas veces prestamos oídos a la murmuración?  ¿Cuántas veces somos los pasivos receptores de las críticas a nuestros conocidos o amigos? ¿Cuántas veces hemos participado en conversaciones en las que se dejaba en mal lugar a alguien con quien tenemos relación y, en lugar de defenderle, hemos hecho broma sobre el asunto o hemos pedido -en un acto de malsana curiosidad- información adicional sobre lo sucedido?

Tan culpable es el que habla como el que escucha, porque nadie habla si nadie le presta su oído y atención.  Y no deberíamos prestar atención a nada que dañe la imagen de otro que no está presente.  Si hay algo que echarle en cara -como bien apunta la expresión- se le dice a la cara, no a sus espaldas.  Pues si es una crítica cierta y certera, le hará bien conocerla.  Y, si no lo es, se trata de un atentado contra la mayor riqueza de la que uno dispone: su honra y buen nombre…  Y más vale no participar en modo alguno en semejante acto de violencia y hurto, pues de un auténtico robo se trata.

Un robo que sólo tiene una posibilidad de reparación, la restitución.  Así que, si hemos participado en murmuraciones que han dañado la imagen que tenemos -u otros tienen- de un tercero, tenemos el deber moral de tratar de reparar su imagen contrarrestando el veneno que hemos inoculado, o que hemos permitido que se nos inoculara a nosotros…  O a otros.  Si en su momento no nos atrevimos a defender la imagen del ausente, ahora nos toca tratar de recomponer su honra, pregonando aquello que de bueno o justificativo podamos decir de él.

Deberíamos ser tan comprensivos con las flaquezas de los demás como lo somos con las propias.  Y del mismo modo que tenemos especial facilidad para justificar nuestras faltas o tropiezos, deberíamos acostumbrarnos a tratar con la misma comprensión la fragilidad ajena.  Nuestro prójimo nos lo agradecerá, nuestra conciencia también…  Y haremos posible un mundo en el que podamos dar la espalda al amigo sin temer que nos apuñale en cuanto le perdamos de vista.

Todo son ventajas, ¿por qué no intentarlo?

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