Pues sí, yo rezo


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Hace unos días, me contó un conocido que estaba pasando por un mal momento debido a una serie de problemas personales.  Me pidió un consejo y se lo di. Antes de despedirnos, me comprometí a rezar por él.

Fue para verlo: sus ojos poco más y se le salen de las órbitas.  Parece ser que, por lo poco que sabía de mí, podía esperar que meditara o que practicara algún tipo de yoga interno…  Pero, ¿rezar?  ¿En serio?

Pues sí, en serio, yo rezo.  Y no de un modo, sino de varios.  Porque me conozco, porque he experimentado mis flaquezas (sigo topando con ellas cada día) y, por eso mismo, sé que no puedo fiarme sólo de mis fuerzas si quiero dar a luz mi mejor rostro.

Orar es abrirse a Aquél o Aquello que está más allá -y más acá- de uno mismo, al Alfa y al Omega, a Aquél del que venimos y hacia el que retornamos.  La oración es -como decía la Madre Teresa de Calcuta- aliento de vida para nuestra alma, alimento para nuestro espíritu.  Sin ella, languidecemos y morimos por dentro; con ella, nos fortalecemos, arraigamos y desarrollamos mucho más allá de lo que podamos imaginar, hasta  límites insospechados.

Rezar no es sólo gritarle a Dios para pedir, para suplicar que nos haga caso, para exigirle que nos atienda y ayude.  Ésa es una primera fase, claro está, como la del bebé que llora pidiendo pecho o el niño de cinco años que insiste a sus padres para que le dejen sacar a él los canelones que se están terminando de hacer en el horno.

La oración, como la vida, tiene sus procesos, sus etapas…  A medida que crecemos, no podemos pretender saber siempre que es lo que más nos conviene, ni recibirlo todo de manos de Dios.  Debemos asumir nuestra ignorancia y nuestra responsabilidad, aprendiendo de Sus enseñanzas para desarrollarnos y ocupar nuestro lugar en el mundo, dando un fruto que alimente y beneficie a cuantos nos rodean.  Para ello, disponemos de la lectura espiritual y de la oración mental, donde en lugar de hablar sin parar, escuchamos, atendemos, aprendemos del Otro, nos anonadamos ante Su Sabiduría, Bondad y Belleza.

Pero, para poder escuchar es preciso acallar los ruidos externos e internos, es preciso hacer Silencio, y éste se facilita por distintos caminos o medios meditativos.  El silencio del que hablo hace referencia a un vaciamiento de pensamientos, imaginaciones y preocupaciones, que hace espacio en nuestro corazón para que éste pueda ser llenado por el Espíritu y sus Gracias.  Hay que vaciar la taza de agua, si queremos llenarla de té.  Sólo tenemos un corazón, y es importante prestar atención a qué guardamos en su interior.  Porque su espacio es limitado.

Y lo mismo sucede con la mente, la loca de la casa, siempre de aquí para allí, inquieta, como un mono juguetón que salta de un lugar a otro, en una actividad incesante que genera un tremendo ruido interior que nos impide prestar atención a los dulces susurros que nos hablan de lo realmente importante.  Hay que dedicarle tiempo, conocerla y aprender a sosegarla.  Porque sólo calmándola encontraremos en silencio.  Ese silencio que nos permitirá descubrir que Dios nos habla, nos ha hablado siempre,  y que Su palabra -acogida con amor y consciencia- nos transforma.

Hay un tercer nivel de oración más sutil, la contemplativa, que sólo es posible cuando hemos hecho un hueco a Dios en nuestro interior…  Porque consiste en encontrarnos con Él allí,  contemplándolo en el templo que somos nosotros mismos, descubriéndonos en el Absoluto y descubriéndole encarnado en quienes somos, aquí y ahora.  Lo compararía con la situación en la que dos enamorados se miran a los ojos en silencio, hablándose sin palabras, descubriéndose sin necesidad de decirse nada.  Incrementando su Amor, energía, felicidad, agradecimiento y las ganas de mejorar simplemente por el hecho de saberse juntos, de haberse conocido, de compartir la existencia el uno con el otro… Convertido en uno mismo, y en todo.

La cuarta fase de la oración, la más elevada, es la adual, unitiva o mística: la posesión de nuestro espíritu por el Espíritu Santo, que desborda el hueco que le hemos hecho en nuestro corazón y se comunica por todos y cada uno de los poros de nuestra piel.  Volviendo al siempre imperfecto símil humano, recuerda a los dos amantes que -de tanto conocerse, escucharse, amarse y contemplarse- van asumiendo como propio lo mejor del otro, van haciendo camino juntos, constituyen un proyecto común de vida en el que -sin dejar de ser ellos mismos- pasan a ser más de lo que son, ofreciéndose el uno al otro y, juntos, a todos los demás.  Sin darse cuenta irradian aquello que surge, sin ellos provocarlo, cuando están juntos. Es como el abrazo que es contemplado por un tercero y le conmueve, inspirando sentimientos de afecto y perdón…  Pero va más allá porque se trata de una oración en la que ya no hay ni tú ni yo, en la que la amada se descubre en el Amado transformada… Como en la cópula mística en la que los enamorados rompen el velo de sus individualidades para, superando todas las distancias, percibirse como el Uno que son, que siempre han sido y que -aunque dejen de sentirlo- nunca dejarán de ser.

Como para no rezar…  Claro que rezo, y cada vez que lo hago por ti, te llevo a ese hueco del corazón en el que -en contacto con el Espíritu- poderosas energías conspiran por tu bien, me inspiran y me animan a hacer cuanto esté en mi mano por ayudarte.  Porque, como también solía repetir la Madre Teresa de Calcuta, Él nos utiliza para que seamos Su amor y compasión en el mundo a pesar de nuestras debilidades y flaquezas.

Así que no pongas esa cara…  Rezo, y lo hago también por ti.

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3 comentarios en “Pues sí, yo rezo

  1. Lo que has escrito me parece de lo más claro que he leído en cuanto a rezar. Muchas personas, más de las que pensaba, se extrañan cuando les comento que rezo, que lo necesito y que algunas veces me surge donde menos me lo espero. Tu meditación de hoy me ha aclarado muchas cosas. Gracias Joaquín.

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