Apasionante -y aterradora- adolescencia


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Tengo cinco hijos.  Dos de ellos, se aproximan peligrosamente a la adolescencia.  Pienso en la mía y se me ponen los pelos de punta, porque ahora estoy en el otro lado de la barrera.

Sin embargo, cuando les miro y observo como se van formando y conformando, como crecen y florecen de un modo nuevo, distinto al de su madre y al mío, con notas comunes entretejidas en nuevas melodías y otras que te hacen preguntarte de dónde han salido, me quedo anonadado…  Es fantástico, sorprendente, ilusionante.

Cada uno de ellos es distinto, único…  Pero todos son maravillosos, auténticas estrellas que deslumbran con su luz y calor.  Ojalá sean capaces de despertar todo su potencial, tomando lo mejor de quienes les rodean y ayudándonos -al resto de su familia- a mejorar y rectificar nuestras flaquezas.  Porque la vocación a la paternidad no exige sólo educar a los hijos, sino dejarse educar y modelar por ellos.  Un viaje que nunca se hace en solitario, que nunca termina, en el que no dejamos de aprender y sorprendernos…  Tanto en los buenos como en los malos momentos.

Porque la experiencia viene acompañada de aciertos y fracasos, unos propios y otros ajenos.  Pero, cuando amas, todos duelen igual…  Aunque tienes el consuelo de que nunca los sufres solo.  Siempre los pasas bien acompañado, arropado por aquellos que te aman tal y como eres, con tus virtudes y defectos…  Aunque seas…  Un insufrible adolescente.  😉

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