Introducción al simbolismo


simbolismo

Cuando nos introducimos por vez primera en el mundo del simbolismo, no podemos renunciar a faceta alguna del mismo.  Es preciso asomarse a las distintas escuelas que lo han estudiado, tratando de comprender y asimilar sus muy variadas aproximaciones (histórica, psicológica, lingüística, artística, esotérica… etc.)  de un modo armónico, sin absolutizar ninguna de ellas, sin tomar la pars pro toto -la parte por el todo- como, lamentablemente, considero que ha sucedido en demasiadas ocasiones.

La simbólica nos invita no tanto a trabajar sobre el simbolismo (lo más habitual en el ámbito académico) como a ser trabajados por éste, descubriendo su esencial valor humanístico, personal e iniciático, iluminador y transformador.  Un valor que toma especial importancia en un mundo como el de hoy, en el que conviven en un mismo tiempo y lugar muy distintas culturas y tradiciones cuya comprensión superficial puede convertir en profecía autocumplida el choque de civilizaciones de Hungtinton.  Sin embargo, si cada uno de nosotros es capaz de ir más allá de la apariencia, de la manifestación concreta, para penetrar en la profundidad de lo simbolizado, descubriremos en estos estudios el hilo de plata capaz de conectar la periferia con el Centro, el presente con el pasado arcaico y con el futuro que está por venir, redescubriendo en todo y en todos su grandeza y dignidad, sus experiencias comunes, su valor perenne más allá del dinamismo histórico o cultural.

El estudio que tenemos por delante no es -por tanto- meramente racional.  Es también, o más bien, vivencial.  El símbolo es un conector, un punto de encuentro, una puerta, un puente que re-une lo que ha sido separado, re-encuentra lo que se había perdido, nos comunica con lo que está más allá de cualquier palabra.  En este sentido, el símbolo evoca una comunidad que se divide con ánimo de reformarse, una parte escindida que quiere volver a su lugar, un deseo de reintegración en el Uno del que venimos y hacia el que tendemos.  La búsqueda de la unidad es el sentido fundamental del símbolo, afirma Raimon Arola.  Para la Unidad Última -para el Uno- no hay palabras, sólo experiencias y simpatías que el símbolo convoca, constituyéndose como único lenguaje para lo Innombrable, única imagen para lo Invisible.

El símbolo no puede ser sólo un objeto de estudio al que nos enfrentamos con una relación dual de sujeto y objeto.  El símbolo, para ser tratado como tal, exige una forma de conocimiento adual, participativa, mística o simpática, en la que conocedor y conocido se funden al descubrir que uno ya es poseedor de lo que busca, que así como es arriba es abajo, que el macrocosmos se corresponde con el microcosmos, que hemos olvidado qué o quiénes somos, y que el símbolo resulta una ayuda inestimable en el proceso de anamnesis platónica.  Por este motivo se nos anima a dejarnos arrebatar por el símbolo, vibrando armónicamente con él, dejando que se manifiesten en nosotros las afinidades esotéricas con las Ideas Primordiales, con ese mundo intermedio -imaginal- que nos conecta con el Absoluto como el alma conecta el cuerpo con el Espíritu, espiritualizando la materia, materializando el Espíritu, haciendo visible lo Invisible y dotando de Vida a lo inerte.  A través del símbolo es posible lograr la coincidentia oppositorum al hacer convivir la unidad con la diversidad, lo objetivo con lo subjetivo, el Uno con todo lo que gira alrededor de Él (Uni-verso).

Si bien es cierto que el símbolo es un nudo que une lo conocido con lo desconocido, no se nos escapa que no siempre somos capaces de ver más allá de su mera apariencia física o sensible.  Percibimos el simbolizante pero no lo simbolizado.  ¿Acaso el símbolo ha dejado de serlo?  ¿O más bien es que el símbolo vela y desvela al mismo tiempo, en función de lo que uno es capaz de percibir en sí mismo?  Mucho me temo que no es el símbolo el que debe permanecer activo o vivo, sino que debemos ser nosotros quienes debemos disponer de algunas claves interpretativas, de cierta sensibilidad, de una chispa capaz de encendernos por dentro hasta que iluminemos lo que -de momento- permanece en la sombra.  En cierto modo, todo está manifiesto en el símbolo, pero no en nosotros.  La hermenéutica simbólica, por tanto, tiene más de desarrollo de nuestro potencial que de estudio intelectual.  Porque si el acceso a la profundidad del símbolo está vinculado con nuestra capacidad de resonar con el mismo, está claro que será preciso realizar el trabajo interno, espiritual o metafísico de dejarse modelar por él, acallando la mente racional y dejando que se manifiesten los distintos y simultáneos sentidos del símbolo, en una experiencia capaz de religarnos de un modo nuevo con la realidad, con los demás, con el Cosmos y con nosotros mismos.  De este modo, seguiremos el consejo de Dorneus: “De lo otro no harás nunca Uno, si antes no has devenido uno tú mismo”.

Es por todo ello que, personalmente, considero que el simbolismo puede ser entendido como un yoga en sentido estricto (una vía de unión), un sendero esotérico -complementario al exotérico y frontalmente opuesto al racionalismo dualista- que persigue la unidad perdida mediante el conocimiento de lo más alto -y de lo más bajo- a través de lo más medio.  Un camino que parte del descubrimiento del valor gnóstico y simbólico de cuanto nos rodea (como lenguaje o palabra silenciosa de un Tesoro que deseaba ser descubierto) y que -para ello- ha preñado toda la creación de manifestaciones particulares que conducen a Él como susurros, rayos o intuiciones que -a través de su contemplación- activan potencialidades dormidas en nuestro interior y despiertan nuestra más profunda naturaleza, revelando nuestra identidad perdida…  Que parece ir mucho más allá del individuo que creemos ser.

Si nos adentramos en la simbólica, ésta nos dotará de ojos para ver, de oídos para oír y de experiencias para acercarnos a la realidad de un modo nuevo, original, trascendente e inmanente a un tiempo, adual, simpático y participativo…  No todos los días se topa uno con un saber que no es mera erudición sino auténtica y profunda fuente de Vida.

Habrá que aprovecharlo.

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