Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Meditaciones en torno a una Cruz, que -me temo-no me explicaron bien


cross-bluesky

Para los que aterrizan por este blog por vez primera, vaya por delante una advertencia aclaratoria: soy católico, lo cual -para algunos- ya es raro.  Pero es que, además, soy un católico crítico, que no criticón.  Lo que es comprensible, me gusta comprenderlo.  Y lo que es un misterio, necesito degustarlo y probar que no es una mera aceptación irracional.

¿Por qué digo esto?  Porque, lamentablemente, en demasiadas ocasiones llegamos a adultos con una formación espiritual y teológica que procede de nuestra catequesis para la primera comunión.  Y claro, las explicaciones que se nos dieron entonces, a menudo fueron simplificaciones para que nuestras mentes y corazones se acercaran a un Dios al que es imposible abarcar en su totalidad, y difícil asumir en su parcialidad.  Así que, años más tarde, habiendo madurado y adquirido nuevos conocimientos, no es raro que cuanto nos enseñaron nos parezca un delirio y, si no tenemos cerca a quien pueda ofrecernos nuevas razones de nuestra Fe, es fácil que renunciemos a ésta por considerarla una muestra de estupidez, de infantilismo o de mera renuncia al pensamiento crítico.  Resulta paradójico, pero estoy convencido que gran parte de los agnósticos o ateos de hoy son el fruto de la catequesis de ayer…  Que no ha sido continuada ni actualizada y, por tanto, se ha vuelto un veneno para la religiosidad del adulto.

A esto, sin embargo, podemos añadir que -dentro de la Madre Iglesia- conviven distintas teologías y sensibilidades que, sin caer en la herejía, colocan el foco de su atención en unos u otros aspectos de la doctrina, de la historia o de la experiencia.  Y eso tiene consecuencias, que en ocasiones pueden resultar especialmente graves.  Voy a poner un ejemplo concreto, que a mí me ha supuesto un problema durante mucho tiempo: la explicación de la muerte en Cruz de Jesucristo, el Hijo de Dios.

Quienes a mí me formaron cuando era un niño, entendían la redención al modo de Anselmo de Canterbury.  Esto es, afirmaban que los hombres habíamos ofendido tanto a Dios que -para poder retomar la relación con Él- era preciso un sacrificio tan grande que ningún hombre podría realizar.  ¿Por qué?  Primero, porque nuestros pecados eran bárbaros e interminables.  Segundo, porque la dignidad del ofendido (Dios) establecía la gravedad de la ofensa y, la persona del reparador, el valor de las disculpas.  La distancia ontológica entre Dios y el hombre es infinita y, por tanto, sólo el mismo Dios podía pedir disculpas y reparar la ofensa de un modo válido y equitativo.  Argumento raro, cierto, pero lógicamente impecable si se aceptan sus premisas…  Una muestra más del peligro de todos los racionalismos pero, muy especialmente, de los racionalismos teológicos.

Pero la cosa no terminaba ahí, porque Anselmo de Canterbury no sólo trata de justificar que sea el mismo Dios quien tenga que venir a deshacer en nuestro nombre la ofensa que a Él le hemos hecho sino que, además, defiende que esas disculpas deben materializarse en la cruenta pasión y muerte en la Cruz.  Ante lo cual muchos se preguntan: ¿en serio no había otro modo?  ¿Era necesario?   Y algunos, escandalizados, se alejan de una religión que no comprenden…  ¡Pero es que, para muchos, resulta incomprensible! ¡Y no me extraña!

Vayamos por partes: ¿somos conscientes de lo que afirmamos al decir que habíamos ofendido a Dios con nuestros actos y que, por tanto, había que reparar las ofensas mediante un castigo?  Este planteamiento -a mi modo de ver- no encaja con la imagen de Dios que nos transmitió Cristo.  Un Dios al que él se dirigía como Abbá -como papá- un Dios que nos crea por amor y que sólo quiere y pretende nuestro bien, que procura con corazón misericordioso, esto es, conocedor de nuestras miserias.

Anselmo tenía en mente un Dios equivalente a un poderoso señor feudal cuyas normas había que seguir, normas cuyo incumplimiento suponía un pecado, un pecado que implicaba una culpa que -a su vez- debía expiarse con una pena para aplacar la ira que deriva de la justicia divina.  Esta idea, en la que también se basa la justificación de Lutero, yo no la compro, siguiendo al Cristo de los evangelios no la puedo comprar.

Porque Él no habla de un Dios amo sino de un Dios que es Amor.  No se refiere a Dios como al Señor estricto que tiene atemorizados y sometidos a sus súbditos con sus leyes y obligaciones, sino que nos muestra a un Dios que es Padre y que, como tal, sólo procura que cada uno de sus hijos desarrolle todo su potencial y sea feliz en la vida que le ha sido regalada.  Éste Dios Padre no se ofende por nuestro errores sino que -como en la parábola del hijo pródigo- sufre por ellos y espera a que nos repongamos.  No quiere imponernos castigos (que ya vienen por si solos cuando no seguimos las normas de buen vivir que nos han sido dadas en los mandamientos) sino que nos transformemos, que mejoremos, que nos recuperemos…  Como cualquier padre.

Si esto es así, ¿qué sentido tiene la pasión de Jesús y su muerte en la Cruz?  A menudo olvidamos que Jesús es tanto redentor como revelador.  Yo aun diría más -pero esto es una opinión personal- es redentor en cuanto que revelador.  Cristo, no sólo con su decir sino con su hacer, nos muestra cómo es Dios (“el que me ha visto a mí ha visto al Padre” Jn. 14:9) y cuál es el camino que conduce a Él (“yo soy el camino, la verdad y la vida” Jn. 14:6).

Por tanto, no podemos quedarnos con la idea de que Jesús nos redime con su muerte en la Cruz sino que la redención está compuesta por su encarnación, por su vida, por su pasión, por su muerte y por su resurrección.  Jesús es el icono perfecto de Dios, el Dios hecho hombre que habitó entre nosotros y nos mostró cómo vivir humana, feliz, comprometida y libremente.  No olvidemos que la palabra redención, en esos tiempos, hacía referencia al acto de liberar a un esclavo, por lo que transmite bien la idea de vivir sin esclavitudes, con auténtica libertad, con total desarrollo y florecimiento de nuestro potencial y humanidad que nos acerca a Dios, a la creación, a los demás y a nosotros mismos.

Si Jesús acabó en una cruz -tal y como yo lo veo- no fue porque Dios sea un sádico que disfruta haciendo sufrir a su hijo, sino como consecuencia de los pecados de los hombres que no pudimos tolerar su modo de vivir.  La cruz es consecuencia de la vida de Cristo.  La belleza de la Cruz, lo que la convierte en signo y símbolo de nuestra religión, no está en el dolor, en la sangre, en la tortura, en la muerte ni en el sufrimiento (como parecen creer quienes siguen un cierto dolorismo instalado en el interior de nuestra Iglesia) sino en un Amor tan grande que es capaz de asumir todo ese sufrimiento por vivir como hay que vivir, dignamente, sabiéndose hijos de Dios y hermanos de quienes nos rodean.

Dios no nos pide, por tanto, que suframos.  ¿Qué sentido tienen las privaciones autoimpuestas si no es el del fortalecimiento del carácter y la voluntad? ¿Nos hemos detenido a pensar qué sentido tiene el que Dios vea con buenos ojos y tome como un regalo el que este Adviento yo coma menos y me quede con hambre?  Sin duda es un modo de mantener a raya al gusano de la gula pero, ¿es eso realmente un sacrificio?  Porque la etimología de sacrificio nos remite a sacrum facere, a hacer sagrado, a conectar con la Realidad.  Y mucho me temo que el auténtico sacrificio sería realizar esa misma privación de comida, pero no sólo por perfeccionarme (que es, en definitiva, un motivo egoísta) sino para dar todo aquello de lo que me estoy privando a quienes carecen de lo básico, en un acto de conciencia y amor fraternal, en un anticipo del Reino de Dios mediante el cual hacemos presente a Cristo en medio del mundo, en nuestra historia, partiéndonos y entregándonos por entero a los demás de un modo eucarístico que nos transforma, no en alter Christus sino en ipse Christus.

La Cruz, por tanto, no es el signo del perdedor, del sometido ni del humillado, sino de quien es fiel y valiente porque se deja arrastrar por la fuerza del Amor, de quien decide vivir como hay que vivir, decir lo que debe decirse y hacer lo que debe hacerse aunque eso le lleve a ser incomprendido y denostado por quienes gobiernan un mundo que no se asemeja al Reino de Dios sino al de su adversario.  Cristo, con su modo de vivir -y con la asunción de su muerte de Cruz, no buscada sino tolerada- nos revela a un Dios que no es un tirano irascible sino un padre que ama sin medida y que, por sus hijos -y de sus hijos- está dispuesto a soportar cuanto sea necesario por estar cerca de ellos, animándoles y ayudándoles a vivir, a reponerse de sus heridas, a florecer, a dar a luz su mejor rostro.

Pero no sólo eso.  El propio simbolismo de la cruz -al que René Guénon, del que hablamos ayer, dedicó una obra entera- nos remite a la idea del desarrollo vertical y horizontal del ser humano.  Esto es, a que su perfeccionamiento como ser humano va parejo con su capacidad de ascender a los cielos y descender a los infiernos en un proceso de theosis al que todos estamos llamados.  En el centro de la cruz se resuelven todas las dualidades, todas las polaridades.  En el centro de la cruz, el cristiano encuentra a Jesús, el que a todo y todos une en un amor sin distinciones que conoce la miseria del corazón humano y es capaz de transformarlo con su caricia.

El mismo Jesús que, con su encarnación, vida, muerte y resurrección nos recuerda que el Amor a menudo duele, porque quema la epidermis del propio egoísmo y que, si queremos ir más allá de nosotros mismos, deberemos morir a quienes creemos ser para que se manifieste Aquél que nos sustenta en el ser.  Como el grano de trigo.  Así podremos decir con San Pablo: Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí.

Ésa es la Cruz ante la que inclino la cabeza como muestra de respecto y admiración.  La Cruz que me llama a una vida plena y entregada por Amor a los demás.  Una Cruz y un sufrimiento que no son deseados ni buscados (aparta de mí este cáliz) pero que, si han de venir como consecuencia de vivir como hay que vivir, habrá que asumirlos con valentía y ejemplaridad (pero no sea mi voluntad sino la tuya) para sacar de un mal un bien, convirtiendo el fruto de la maldad humana en semilla del cambio que está por venir.

Recuerda:  Dios no quiere que sufras, te ha creado para que seas feliz.  Pero el camino hacia esa auténtica felicidad a menudo se topa con el pecado de los hombres.  Y eso causa problemas, y dolor.  Cristo nos llama a que permanezcamos en ese camino de luz aunque todo a nuestro alrededor se vuelva oscuro.  Porque en medio de las tinieblas, la más pequeña de las llamas es capaz de vencer a la oscuridad.

Sigamos el camino del Amor, de ese amor que une, comprende y asume todas las diferencias.  De ese Amor que se desborda y, en su gratuita entrega, nos conecta con un Dios que es Amor y, desde allí, es capaz de limpiar y transformar los corazones y vidas de quienes hoy constituyen nuestra particular cruz.  Recuerda: perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen.  Y tú, haz lo que sabes y a lo que estás llamado: ama sin medida.

 

Anuncios

3 comentarios el “Meditaciones en torno a una Cruz, que -me temo-no me explicaron bien

  1. Luis Manuel
    6 de diciembre de 2016

    Gracias Joaquín por esta reflexión, pues a mi me pasaba igual. A veces, como ingeniero diseñador de circuitos, me hacia la siguiente reflexión: Diseñaré un circuito de tal manera que tenga fallas, se caliente, y falle. Posteriormente pondre el elemento correcto (que yo sabía desde un principio) y haré que el circuito funcione correctamente, a pesar de haber sacrificado algunos elementos en el proceso. Me parecía totalmente ilógico. Convencido estoy que Jesús, nuestro Señor y Maestro, vino a proponernos una forma de vida, modelada por sus hechos, por sus actos y que estuviésemos dispuestos, totalmente, a vivir y afrontar las consecuencias de mantenernos fieles a su modelo de vida, sin retroceder, aun ante situaciones de muerte. Gracias de nuevo, pues me ha sido de gran ayuda en el camino personal por este mundo. Un abrazo y gracias por tus meditaciones.

  2. Laura
    24 de marzo de 2017

    Fue muy refrescante para mi fe encontrarme con este blog. Llegué sin querer, a través de una hermana dominica que compartió en su face “¿Cómo vivir?, por Teilhard de Chardin (“Adora y confía”)”.
    Comparto esta manera de ver el misterio de la Redención, y también el hecho de que muchos se han alejado de la fe católica por las formas en que se ha presentado a Dios en nuestras catequesis.
    Gracias por tomarte un tiempo para compartir estos pensamientos. Seguiré leyendo!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en 6 de diciembre de 2016 por en meditaciones y etiquetada con , , , , , , , , , , .
A %d blogueros les gusta esto: