Cuando tu ídolo tiene tu nombre


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Hay quien dice que, en nuestra sociedad, los dioses -y la religión- han muerto.  Se amparan en que cada vez más jóvenes se vuelven indiferentes hacia todo lo que tenga que ver con lo divino…  Al menos, tal y como ha sido entendido hasta ahora.

Yo no comparto completamente ese análisis: coincido con él en que las instituciones religiosas están sufriendo una crisis…  Que en muchas ocasiones se han buscado por sí mismas al no seguir profundizando en el Misterio que les da Vida, ofreciendo así respuestas de ayer a problemas de hoy…  Y del mañana.

No es éste un análisis que sólo haga yo, otros muchos han llegado a las mismas conclusiones…  Y algunos se han puesto manos a la obra para volver a conectar las tradiciones religiosas con aquella experiencia fundante que las dio a luz.

Sin embargo, los dioses son como la energía.  Podrán transformarse, pero no destruirse.  El ser humano tiene inscrita en su interior una necesidad de algo superior a sí mismo, un deseo esencial no satisfecho que le lleva a buscar algo que dote de orden y sentido a toda su existencia.  Ese algo, tradicionalmente, ha sido Dios o -para quienes no comparten la creencia- un ídolo.  Porque éste, según la creyente y acertada definición de Halil Bárcela, es todo aquello en lo que el ser humano deposita su confianza y a lo que le confiere autoridad sobre sí mismo, usurpando lo que, en puridad, es de Dios.

Ídolos hay muchos, y siguen vivos: el dinero, el poder, el placer, la diversión, la magia…  Todos ellos pueden constituirse en centro y señores de nuestras existencias, dando lugar a mundos y vidas que resultan dantescos.

Pero hay un ídolo más sutil que se nos ha colado por la puerta de atrás, al que no hemos detectado y que, sin embargo, está causando estragos.  Ese ídolo tiene tu nombre, y el mío.  Es el ego, la imagen que nos hemos forjado de nosotros mismos pero que está más allá de nosotros mismos, a la que hemos dotado de una falsa seguridad que olvida lo frágil de nuestra naturaleza, a la que otorgamos una autoridad que nuestra necedad desmerece, a la que hemos admitido como juez moral cuando somos incapaces -incluso- de valorar adecuadamente y con justicia nuestros actos.  Nos estamos rindiendo culto, y sometiendo a quienes nos rodean a nuestro capricho. Sin darnos cuenta, nos hemos convertido en un becerro de oro que invierte la naturaleza de lo religioso al cambiar la total entrega, libertad y descentramiento que acompaña a toda auténtica espiritualidad por una avidez, sumisión y egoísmo que más nos asemeja a los demonios que a los dioses.  Así no es de extrañar que nuestro mundo se esté convirtiendo en un infierno.

Debemos exorcizarnos a nosotros mismos y permitir que el centro de nuestras vidas sea ocupado por Aquello que realmente lo merezca.  Cada uno tiene su sitio, y el nuestro -el tuyo y el mío- no es el de ser dueños y señores de todo lo creado, ni el de garantes universales de Amor, Paz y Justicia.  El papel nos queda grande, y es bueno conocer -y reconocer- las propias limitaciones.

Si somos capaces de someter a nuestro ego, escaparemos al sometimiento de todos los demás ídolos.  Porque el ego es su padre y su madre, engendrador y protector de ídolos.

Si quieres ser libre, mantén a tu ego raya…  Que yo intentaré hacer lo mismo con el mío.

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