Exoterismo y esoterismo en las religiones del libro


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Una característica común a las tres religiones llamadas “del libro” (judaísmo, cristianismo e islam) es la tentación de ceñirse a la letra -y a una primera interpretación de la misma- olvidando que la palabra es simbólica y apunta mucho más allá de ella.

¿Cómo evitar esta tentación?  Tomando consciencia de que el proceso hermenéutico del texto sagrado es una peregrinación, un viaje de la periferia al centro del texto…  Y al centro de nuestro corazón.

La lectura espiritual de los textos sagrados supone ponerse en sintonía con el Uno en torno al cual todo gira (uni-verso), tomando la letra como punto de partida pero sin detenerse en ella, superando así la visión exotérica y penetrando en el misterio al que todo texto señala sin definir, a través de una aproximación simbólica.  Esta vía esotérica permite acceder al Espíritu que vivifica la letra, que supera la dualidad entre lo trascendente y lo inmanente y que -además- forja una especial alianza entre el hombre y el Absoluto, convirtiendo a la persona en templo en el que lo divino se hace presente, haciendo así de Dios, SU Dios.

Es, por tanto, el simbolismo el nudo que religa el texto con el Espíritu y, a través de éstos, al hombre con Dios posibilitando el segundo nacimiento que nos permite superar las apariencias, el automatismo y el fatalismo de los astros, al abrir una brecha por la que podemos asomar nuestra cabeza a esa Realidad que constituye la raíz etimológica del término “sagrado”.

La pregunta, entonces, es: ¿cómo acceder al Espíritu a través de la palabra?  Recordando que ésta no es más que un dedo que señala a la luna, un hermoso ropaje que cubre un cuerpo que -a su vez- está dotado de un alma, que la palabra es equivalente a la jarra que contiene el vino dándole forma, protegiéndolo, evitando que se nos escape de entre los dedos.  La jarra es necesaria, pero no es el vino.  La palabra puede resultar imprescindible, pero su propia limitación y naturaleza no es la del Espíritu.

Hay una bonita imagen que puede ayudarnos a comprender mejor esta idea: las lenguas semíticas (que incluyen tanto al hebreo como al árabe), en su grafía originaria, sólo anotaban las consonantes. Carecían de vocales y de signos de puntuación, lo cual las hacía impronunciables.  Al leerlas, se subsanaba esa carencia y se las dotaba de vida y sentido.  Sin embargo, es preciso tener en cuenta que este hecho implica que cada palabra escrita -dependiendo de cómo rellenáramos los espacios con vocales y puntuaciones- podía dar lugar a una amplia variedad de palabras que cambiaban el sentido del texto.

Por tanto, es preciso un trabajo de interpretación del texto revelado en el que todo está dicho, pero puede que no todo esté comprendido.  Es por este motivo que las religiones del libro hacen convivir la fijeza del texto con el dinamismo de la palabra oral, que permite dotar de actualidad, vida y sentido al escrito…  Aquí y ahora.

Es cierto que las formas religiosas más tradicionales, ansiosas por mantener la seguridad que conlleva una verdad dada y fijada por escrito de una vez para siempre, son capaces de las más extravagantes formulaciones con tal de mantener un férreo control interpretativo.  Un ejemplo de esta tendencia sería la afirmación de que toda la Tradición oral del judaísmo ya fue entregada por Yahvé a Abraham y que se ha ido transmitiendo en secreto, generación tras generación, en una interminable e ininterrumpida sucesión de maestros y discípulos.

Sin embargo, personalmente, me encuentro mucho más cercano a la posición de Sedylkov, que considera que la verdad está contenida en el texto, a la espera de que llegue quien está llamado a desvelarla y desplegarla, arrojando luz a las dudas y necesidades de la sociedad en la que vive, que pueden ser muy distintas de las que se darán, en la lejanía, el día de mañana:

“Hasta que los sabios [los doctores de la Ley] no la investigan, no está de la Torá más que una mitad, hasta que por sus investigaciones se convierte la Torá en un libro completo.  Pues en cada generación la Torá es investigada [interpretada] según las necesidades de esa generación, y Dios ilumina os ojos de los sabios de la correspondiente generación [para que ellos]en su Torá perciban lo conveniente [para ellos]”.

Así, es posible que entre aquí y allá, entre hoy y mañana, puedan darse interpretaciones aparentemente contradictorias (pero igualmente válidas y ortodoxas) de un texto sagrado ya que,  al encarnarse en la historia, puede que lo hagan de un modo distinto en su forma pero coherente en ambos casos con el Espíritu que inspira el escrito.

Si logramos hacer esta lectura, habremos rasgado los velos, penetrando en el sancta sanctorum de ese libro natural que está depositado en lo más recóndito del alma humana.  Entonces, y sólo entonces, podremos cantar con Ibn Arabi o Rumi que nuestro corazón está más allá de todas las formas porque éstas se han hecho transparentes para nosotros, volviéndonos capaces de percibir en todas ellas -y en ninguna- a Aquél que está más allá de toda definición o palabra.

Éste es el objeto de todo auténtico esoterismo semítico, sea éste hebreo-cabalístico, islámico-sufí o cristiano-gnóstico: cruzar a la otra orilla.  La palabra puede ser una útil balsa.  Pero su utilidad dependerá de que sepamos cuándo debemos subirnos a ella…  Y cuando bajar.

¿Seremos capaces de hacerlo?

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