La responsabilidad de ser uno mismo


ser uno mismo

 

Cuando uno dispone de un tiempo de sosiego para encontrarse consigo mismo, con el Misterio y con los demás desde el Silencio, a menudo se da cuenta de que nuestro quehacer diario suele ahogarnos y aturdirnos con urgencias y ruidos.  Nuestro día a día nos roba la vida, que deja de ser nuestra particular aventura -nuestro viaje iniciático- para convertirse en una constante respuesta a las necesidades del momento.

Es preciso reservarse, cada día, un tiempo para el silencio, la reflexión, la meditación y la oración.  Sólo así podremos encontrarnos con nosotros mismos, con los demás y con Aquél, Aquélla o Aquello que -más allá de cualquier denominación- nos trasciende a todos al mismo tiempo que conforma nuestra más profunda intimidad.

Sólo desde ese sosiego y silencio podremos descubrirnos como realmente somos, podremos intuir esos deseos profundos que nos dirigen hacia quienes estamos llamados a ser, distinguiremos nuestra grandeza de nuestro egoísmo, nuestra capacidad de entrega de nuestras ansias de posesión y poder.

No es fácil conocerse, ni percatarse de las capacidades que uno tiene, ni descubrir cómo ponerlas al servicio de los demás.  Y, sin embargo, es de esto (y no de nuestras posesiones o reconocimientos) de lo que depende nuestra felicidad y la de quienes nos rodean.  No encontraremos la paz en lo que hoy logramos pero mañana podemos perder.  Ésta depende de la adecuación entre nuestro proyecto de vida y el proyecto que la Vida ha previsto para nosotros, y para el que nos ha pertrechado con las capacidades y herramientas necesarias para poder llevarlo a cabo.  Si atendemos a él, tendremos una vida plena, fructífera y satisfactoria.  Daremos a luz nuestro mejor rostro y haremos del mundo que nos rodea un lugar más humano y habitable.

Pero la decisión final, y la responsabilidad que le acompaña, es siempre nuestra…  Porque se nos ha regalado la libertad, somos hijos y no esclavos.  Me gusta cómo lo expresa Pico de la Mirándola:

No te he dado una forma, ni una función específica, a ti, ¡oh Adán!  Por tal motivo, tú tendrás la forma y la función que desees.  La naturaleza de las demás criaturas, la he dado de acuerdo con mi deseo.  Pero tú no tendrás límites.  Tú definirás tus propias limitaciones, de acuerdo a tu libre albedrío…  No te he hecho ni mortal ni inmortal.  No de la tierra, ni del cielo.  De tal manera, que tú podrás transformarte a ti mismo en lo que desees.  Podrás descender a la forma más baja de existencia, como si fueras una bestia.  O podrás en cambio, renacer más allá del juicio de tu propia alma, entre los más altos espíritus, aquellos que son divinos.

Aunque con los excesos propios del humanismo de Pico, éste nos pone sobre la pista de la grandeza -y responsabilidad- que entraña cada una de nuestras decisiones, cada alternativa que configura nuestro modo de vivir.  Podemos ser bestias o dioses.  No es fácil escoger siempre lo mejor, hay que estar atento al susurro que se escucha en el Silencio, y a las teofanías que se dan en nuestra vida cotidiana.  Pero te voy a contar un secreto que me ha resultado tremendamente útil: no estamos solos.  No dependemos sólo de nuestro esfuerzo.  El mismo Espíritu que nos lanzó a la existencia, nos acompaña y -si se lo permitimos- nos moldea para hacer de nosotros -y de nuestra vida- un particular y único reflejo de la Divinidad.

¿Nos atreveremos a dejarnos hacer?

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