Saber sobre Dios y conocer a Dios


arrupe

 

El mes de Ejercicios Espirituales Ignacianos del que he podido disfrutar este verano ha sido una experiencia fuerte, fundante, iluminadora y transformadora.  Una labor de desmontaje y reconstrucción por parte del Espíritu.

Ha habido momentos de especial intensidad, en los que la experiencia de un instante ha hecho saltar por los aires los constructos mentales que se habían ido forjando durante años, enfrentándome a realidades que no siempre me han resultado especialmente agradables…  Aunque siempre -sin excepción- han conducido a dulces frutos.

Una de las iluminaciones de estos días ha consistido en caer en la cuenta de que, durante años, me he dedicado a saber sobre Dios…  Sin llegar -en verdad- a conocerle.  

Me explico: durante mucho tiempo he estudiado a Dios, le he buscado en la sabiduría de las distintas tradiciones, me he entregado a prácticas espirituales y meditativas que disponen al encuentro, me he embelesado en la contemplación de su misterio…  Sin embargo, salvo algún fugaz instante, jamás se había producido el “encuentro” que -según los grandes maestros- acompaña a toda auténtica transformación interior.

Voy a poner un símil que me ha resultado especialmente útil, y que confío en que también te ayude a ti: es como si, durante años, me hubiera dedicado a recopilar datos sobre la mujer de mis sueños y amores: cómo es, cuál es su historia, quiénes son sus amigos, qué opina sobre ésto y sobre aquéllo…  Puede que incluso hubiera conseguido alguna fotografía y una muestra de su perfume…  Y así, fruto de mis indagaciones, vivía la ensoñación de conocerla, de tener una relación con ella…  Un enamoramiento “platónico” que en mí nacía, hacia ella tendía pero que -obviamente- no llegaba a alcanzarla.  Resultaba satisfactorio, inspirador y motivador.  Pero todo ello se disuelve como la bruma cuando lo comparas con el instante en el que te topas con tu amada, te mira a los ojos, te abraza, te besa y te dice “yo también te he estado buscando sin descanso, te conozco y te quiero”.

Esa es, a grandes rasgos, la primera de las vivencias que me sorprendió durante los ejercicios en Javier: el encuentro con un amor de completa aceptación, incondicional, por parte de un Padre que no deja de atenderte, de esperarte, de ofrecerte los mejores proyectos que ha soñado para ti y que no se decepciona ante cada uno de tus fracasos porque confía en que, con su ayuda, terminarás por encontrar el mejor de los caminos hacia tu pleno desarrollo y tu felicidad…  Un camino que siempre pasa por la muerte del egoísmo y la entrega a los demás.

No hablo de teorías, sino de experiencia.  De sentir ese Amor en tus entrañas hasta derramar lágrimas de alegría por ser amado, de dolor por no haber correspondido siempre a tanta generosidad y de emoción ante el compromiso al que conduce esa filiación que llama a la fraternidad.

No es lo mismo saber mucho sobre alguien que conocerle personalmente.  La experiencia no tiene nada que ver.  El impacto en la propia existencia, tampoco.  El vínculo que se establece en uno y otro caso es de muy distinta naturaleza.

Ahora comprendo al Padre Arrupe y su invitación a enamorarse, escrito que había leído en mil ocasiones, que mucho me había conmovido pero que hasta ahora no había hecho mío.  Con él termino…  Un texto ya conocido, pero que ahora cobra nuevos sentidos y profundidades al comprobar que ese amor no es platónico, que siempre es correspondido:

¡Enamórate!
Nada puede importar más que encontrar a Dios.
Es decir, enamorarse de Él
de una manera definitiva y absoluta.
Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación,
y acaba por ir dejando su huella en todo.
Será lo que decida qué es
lo que te saca de la cama en la mañana,
qué haces con tus atardeceres,
en qué empleas tus fines de semana,
lo que lees, lo que conoces,
lo que rompe tu corazón,
y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud.
¡Enamórate! ¡Permanece en el amor!
Todo será de otra manera.

Pedro Arrupe

 

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Un comentario en “Saber sobre Dios y conocer a Dios

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