Una oración que no aliena


madre-teresa-de-calcuta-rezando-fondo

 

Hay mil formas de meditar y de orar, me atrevería a decir que casi tantas como personas.  Cada uno debe buscar -y encontrar- su lugar, su posición, sus medios, la sensibilidad y el modo al que le llama el Espíritu.

Unos se apoyarán en una lectura espiritual, otros en la respiración, algunos en un mantra, puede que en la llama de una vela o en una oración vocal…  Incluso en el más absoluto silencio o la entrega desinteresada a los más necesitados.  Distintos caminos hacia una misma cumbre, hacia un Dios que supera todas las definiciones, aproximaciones y perspectivas.

Sin embargo, quiero llamar hoy tu atención sobre una recomendación talmúdica que, en su momento, llamó mi atención y -desde entonces- acompaña e inspira mi oración: “no ores nunca en una habitación sin ventanas”.

Aunque algún literalista pueda pensar que el Talmud nos indica la configuración arquitectónica más adecuada para orar (un espacio con ventanas), mucho me temo que no es ése el sentido del que su autor quería dotar al texto.  Su significado es mucho más profundo: existe una meditación u oración que resulta analgésica y alienante porque nos centra en nosotros mismos, nos aísla de todo y de todos y -en cierto modo- busca el encuentro con Dios para satisfacción, gozo y salvación propias.

Ante este riesgo, se nos invita a mantener las ventanas abiertas al mundo, a los demás, para que cuanto nos rodea forme parte de nuestra oración, de nuestras preocupaciones y de nuestra acción.  Sólo así es posible moldearse al modo de un Dios entendido como Amor, como salida y entrega hacia el otro, como fracción y comunión, como don de la Vida, de la propia vida para que otros puedan vivir…

Santa Teresa de Jesús nos recuerda que la oración no consiste simplemente en pasar tiempo con Dios…  Afirma que si se quedara ahí sería algo estéril.  Para ella, la oración auténtica nos desenmascara, nos transforma y -a través de nuestra transformación- es capaz de producir un cambio en el mundo.  El encuentro con Dios nunca es gratuito, siempre va acompañado de una misión, de un mayor compromiso. Nuestra espiritualidad debe ser beneficiosa para los demás.  De lo contrario no es espiritualidad, sino un mero espejismo, egoísmo disfrazado de trascendencia.

Para los cristianos, la oración tiene que hacernos percibir la distancia que existe entre nuestro modo de ser y actuar, y el modo de ser y actuar de Jesús…  Y debe dotarnos del ánimo y la fuerza necesarios para recorrer ese camino, un camino que lleva al florecimiento de nuestra naturaleza y a la mejora del mundo en el que vivimos.  Porque Jesús se implicó -amando hasta el extremo- en la vida de todos aquellos con quienes se encontró.

Si no eres cristiano, busca esa misma influencia en los boddhisattvas, en las deidades, en los daimones, en los kami, en los profetas, en las historias de tus textos sagrados o en la vida de esos grandes hombres que han cambiado -a mejor- el rumbo de la historia.

Sea como fuere, la oración -o la meditación- deben permitir que lo mejor de nosotros -que se encuentra en forma embrionaria en lo más profundo de nuestro ser- pueda gestarse y se dé a luz para beneficio de todos los seres.  Oramos y meditamos para servir amando y amar sirviendo, pues ése es el modo de ser y hacer de Dios.

Como dice hermosamente Joan Chittister, el compromiso con las necesidades del mundo es signo de la presencia de Dios en nosotros.

Ojalá no lo olvidemos y mantengamos siempre abiertas nuestras ventanas mientras oramos…  Así descubriremos esa mística de ojos abiertos que acompaña a toda visión de un Dios que es Amor.

Anuncios

5 comentarios en “Una oración que no aliena

  1. Hola Joaquín.

    Aunque te leo con cierta frecuencia (y normalmente suelo conectar con tus puntos de vista y compartir con mis amig@s tus escritos), nunca había escrito ningún comentario, pero curiosamente tu entrada de hoy entra en franco contraste con la conclusión a la que he llegado hace unos minutos, precisamente después de mi rato de meditación diario.

    Transcribo la conclusión tal cual la he escrito en mi “diario de meditaciones”: “A la (mi) educación cristiana le han faltado ingredientes esenciales, siendo el principal de ellos el amor hacia uno mismo. Sin está base, no hay cimientos sobre los que construir nada verdadero. En su lugar, exigencias imposibles y negación de uno mismo. Lo rechazo. NO HAY JUICIO.”

    En mi experiencia, la llamada a la santidad, a “ser como jesucristo”, a “negarse a uno mismo”, el mandato (¡mandato!) de “amar a Dios sobre todas las cosas”, a dar fruto en forma de “compromiso” y entrega, etc… ha ido generando en mi, desde niño, una exigencia perversa en la que uno siente constantemente que “nunca es suficiente”, con efectos devastadores a nivel psicológico, y, por tanto, físico.

    Censuras implícitamente en tu texto “buscar el encuentro con Dios para satisfacción, gozo y salvación propias”, pero… ¡seamos honestos! ¿hay alguna aspiración más humana y natural que esa? ¿No debería ser esa experiencia la base, el punto de partida, que dará fruto a todo lo demás? Alienante es vivirte siempre en la exigencia imposible y la contradicción interna que eso genera. Y si de repente uno encuentra Paz en la meditación/oración ¡cuidado!: “egoismo disfrazado de transcendencia”…

    Dices también que la meditación/oración es alienante si nos centra en nosotros mismos, pero mi experiencia es que sólo desde nosotros mismos y desde la libertad REAL que ese encuentro con uno mismo genera, puede construirse todo lo demás.

    No me interpretes mal. Entiendo lo que quieres decir y lo comparto en gran medida (soy, desde siempre, un crítico declarado de los grupos exclusivamente “estufa”), pero quizá hoy te has expresado en términos demasiado absolutos…

    Un fuerte abrazo y sigue regalándonos tus meditaciones, por favor.

    1. Muchas gracias por tu comentario, no sabes cuánto lo agradezco. No sólo por lo que tiene de “piropo” sino porque me ofreces la oportunidad de aclarar mis palabras, transformando mi monólogo en diálogo, enriqueciéndolo con tus aportaciones y matices.

      Aunque ando mal de tiempo, creo que tu razonado y completo comentario merece que haga un hueco para atenderte. Te contestaré a vuelapluma, de un modo un tanto asistemático, tratando de responder a tus comentarios -más o menos- en el orden en que me los has planteado.

      No seré yo quien defienda la aniquilación de uno mismo en nombre de una mal entendida entrega a los demás. Eso, como bien apuntas, sería una forma de alienación porque te desconectaría de quien eres. Las tradiciones espirituales y religiosas no piden la aniquilación de uno mismo sino de ese ego que da lugar a un egoísmo que envilece a la persona y hace insufrible la convivencia… Amarse a uno mismo de verdad implica deshacerse de todo aquello que nos disminuye, empezando por los automatismos del egoísmo. Aunque -coincido contigo- no siempre se ha entendido, ni explicado, correctamente.

      Insisto, porque es importante para leer mi post de hoy con la misma clave interpretativa con que ha sido escrito: debemos distinguir nuestra naturaleza más profunda, nuestra identidad, de nuestro ego y, más aún, de nuestro egoísmo. Cualquier práctica espiritual sana tenderá a que, a partir de quienes somos, descubramos y manifestemos nuestra identidad última.

      Es obvio lo que planteas: el amor a Dios o a los demás no depende de un acto de voluntad y, por eso mismo, nadie puede exigirlo… Aunque haya quienes lo han intentado, conduciendo a los devastadores efectos psicológicos y sociales que mencionas en tu comentario. El mejor cristianismo que conozco es el que te hace tomar conciencia de todo aquello que te ha sido dado gratuitamente, de todo lo que has recibido, del amor del que has sido beneficiario, del perdón que mil veces se te ha regalado y -a partir de esas experiencias- permite que surja en tu corazón un profundo agradecimiento que te llama a imitar el modo de ser y hacer de quien tanto te ha cuidado, independientemente del nombre que quieras darle: Dios, Tao, la Vida, el Universo, el Destino…

      Ese modo de ser y hacer, de vivir con un pie en la fuente de la que todo mana y el otro en los demás, dejándonos convertir -por la fuerza del Espíritu y no por la propia- en un mero canal de gracias y beneficios que van de los cielos a la tierra, es a lo que nos llama el cristianismo, porque ésa es la auténtica imitación de Cristo… Un Cristo que no hizo más que imitar -a su vez- la que consideraba que era la naturaleza y el dinamismo propios de un Dios al que entendía como Padre, como un amor que se desborda fuera de sí, encontrando la felicidad, la satisfacción y la culminación de su naturaleza en el desarrollo y felicidad de los demás.

      Se da la paradoja de que la experiencia -al menos la mía- me muestra que los momentos de mayor felicidad, conexión y plenitud de mi existencia tienen que ver con experiencias de entrega, de unidad, de a-dualidad. Instantes que han transformado mi vida desde las entrañas y que, a día de hoy, todavía me conmueven.

      Sin embargo, cuando he puesto el centro de mi ser y hacer en mí mismo, he podido lograr satisfacciones, gozos y alegrías… Pero no felicidad. Todas estas experiencias han tenido un elemento común: su fugacidad. De hecho, de esta fugacidad se valen los peores ejemplos de la New Age que, a través de costosos e interminables cursos y talleres, hacen pagar importantes sumas de dinero con la promesa de un bienestar que saben fugaz y que, como el peor de los consumismos y adicciones, es el punto de partida para un nuevo “chute”.

      No pretendo censurar, por tanto, el que uno encuentre paz, sosiego y serenidad en la práctica espiritual… ¡Claro que lo encontraremos! ¡No hay mayor gozo que la contemplación y la experiencia mística, en todas y cada una de sus variantes y posibilidades! Lo que censuro es que el placer o bienestar que acompaña a la experiencia se convierta en nuestra única meta, que esa práctica espiritual nos encierre en nosotros mismos, que la meditación no sea apertura sino ensimismamiento, que no persiga la unidad sino el aislamiento, que encerrados en nuestra sala de meditación u oratorio, seamos capaces de permanecer sordos a los gritos de auxilio de quienes necesitan de nuestros dones, capacidades y virtudes.

      Abogo por una oración o meditación que no se contenta con el yo sino que, a través del Yo, es capaz de reencontrarnos (y reencontrarLe) en el nosotros.

      Confío en haber arrojado algo más de luz con este comentario, y en haber puesto de manifiesto que nuestras posiciones -pese a su aparente contradicción- puede que no estén tan alejadas como parecía. Es una de las virtudes y peligros del lenguaje, que muestra casi tanto como lo que vela.

      Un fuerte abrazo también para ti, y mil gracias por leer y comentar.

  2. Celofán, Joaquín…me dejáis ambos sin palabras. He entrado para escribir también creo que por primera vez sobre la reflexión/meditación de hoy y me encuentro con vuestro diálogo que es, sino más, igual de revelador, auténtico, honesto que el newsletter de Joaquín. Gracias a ambos por encontrar tiempo para estas cosas, que son las verdaderamente importantes, por abrir el corazón, por hacerme “entrar” en mi y cuestionarme.

    Sigue así, Joaquín. Yo mientras sigo usando muchas de tus “ofrendas” por escrito para compartirlas con mis alumnos de yoga en Las Palmas de G.C.
    Un fuerte abrazo, P.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s