¿Somos un desastre de padres?


desastre de padres

 

Imagino que la mayoría de quienes tenemos hijos hacemos las cosas lo mejor que sabemos, lo cual no siempre es suficiente.  ¡Pero es que los hijos no vienen con un “Manual del buen padre” debajo del brazo!

Es cierto que cuando un hijo entra por la puerta, la tranquilidad se va por la ventana.  De hecho, la tranquilidad desaparece antes, en cuanto nos enteramos de que vamos a ser padres: ¿cómo irá el embarazo?,  ¿vendrá bien la criatura?, ¿tendremos un buen parto?… etc.

La preocupación es algo consustancial a la paternidad, un efecto colateral.  Pero es cierto que existen preocupaciones evitables e inevitables, problemas minimizables con previsión y otros que no hay Dios que controle…  Bueno, Él se supone que sí, pero nosotros lo tenemos más complicado  😉

Sin embargo, hace unos días el director del colegio de mis hijos (el P. Joaquín Petit), en la reunión de principio de curso dijo algo que me hizo pensar.  Aunque no es textual, vino a decir algo así: la mayoría de vosotros programáis vuestro trabajo, os fijáis objetivos, analizáis los medios con los que contáis, los peligros que os acechan y establecéis estrategias para alcanzar vuestras metas a corto, medio y largo plazo.  Dedicáis tiempo y esfuerzo a prepararos para no fallar, y lo hacéis bien.  Ahora bien, ¿cuánto tiempo dedicáis a la más importante de vuestras empresas, que no es otra que el lograr que vuestros hijos se desarrollen hasta ser la mejor imagen de sí mismos en un entorno de paz y felicidad?  ¿Cuánto hace que no analizáis los puntos fuertes y débiles de cada uno de vuestros hijos para poder establecer metas y estrategias de éxito?

¡Brutal!  Una iluminadora bofetada zen en la cara de la mayoría de los presentes…  Incluida la mía.  Como padres, a menudo improvisamos, vamos apagando fuegos, atendiendo a los problemas que se presentan y actuando por intuición.  ¿Qué pasaría si hiciéramos eso en nuestro trabajo?  Probablemente, nos despedirían o hundiríamos nuestra empresa.  Vayamos con cuidado con lo que hacemos, con la atención y dedicación que prestamos a nuestros hijos, no vaya a ser que el día de mañana tengamos un prestigioso empleo…  Y una familia destrozada por culpa de nuestra mala cabeza.

Nosotros trajimos a la existencia a nuestros hijos, es nuestro deber y responsabilidad mostrarles el camino de la vida buena -que no siempre es lo mismo que la buena vida- para que encuentren la paz y felicidad que, en el fondo del corazón, todos anhelamos.  Puede que tengamos primero que aclararnos con nosotros mismos…  De acuerdo, hagámoslo, se lo debemos…  Y luego, ocupémonos de ellos para que, ocupándonos, reduzcamos nuestras futuras preocupaciones y sus futuros problemas.

No importa cómo lo hayamos hecho hasta ahora.  Lo importante es plantarse, tomar conciencia de la situación, analizarla y ponerse manos a la obra para -desde donde nos encontremos- comenzar a caminar hacia ese futuro que configura el sueño de nuestra familia.  ¡Más vale tarde que nunca!

¡Mil gracias por su consejo, P. Petit!  Su exposición, me abrió los ojos ante lo obvio…  Y eso no siempre es fácil.  Ahora, a actuar…  Tenemos el fin de semana por delante para empezar.

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