Tradición no es inmovilismo


atado

Nunca he ocultado que soy amigo de la coincidentia oppositorum, de la superación de las aparentes contradicciones a partir de un punto de vista más elevado.  Puede que por eso me sienta tan incómodo cuando, dentro de una organización como la propia Iglesia Católica, observo que hay quien quiere mantenerlo todo tal y como se hacía en el pasado (los autodenominados tradicionalistas) y quienes quieren cambiarlo todo porque, en nombre de los avances y cambios sociales y científicos, entienden que nada hay de salvable en lo que no es novedoso.

Ni los unos ni los otros son santo de mi devoción.  Es más, soy de la opinión de que -desde sus trincheras- pierden de vista el verdadero sentido de una noción esencial: la de Tradición. 

Las corrientes más “progres” (permitidme la simplificación), directamente reniegan de ella.  Son capaces de olvidar el depósito de la Fe, todas las experiencias, verdades, intuiciones y prácticas que nos han traído hasta aquí…  Y que han conducido a tantos hasta Dios.

Por otra parte, los tradicionalistas o conservadores consideran la Tradición, lo recibido, como algo inmutable e inamovible, so pena de herejía, pasando por alto que lo que hoy recibimos como Tradición es el fruto de la evolución y desarrollo de siglos.

¿Cómo entender, pues, la Tradición para que no sea papel mojado ni letra que mata?  Me gusta imaginarla como el relevo que se nos entrega para que sigamos avanzando en el camino hacia Dios.  En la Tradición se encuentran la experiencia histórica con la responsabilidad contemporánea de seguir encontrando y comunicando a Jesús, al Padre y al Espíritu en medio de las circunstancias y retos contemporáneos.

La Tradición nos muestra cómo -a lo largo de la historia de la Iglesia- la letra ha tratado de plasmar al Espíritu, cómo se ha concretado y encarnado la Buena Nueva.  Y eso es muy valioso porque nos ofrece indicaciones para nuestra encarnación de Dios en el mundo que nos ha tocado vivir.  Pero no puede convertirse en un ídolo.  Es un dedo que muestra la dirección, pero no es el camino porque los senderos han cambiado.

Me gusta cómo lo plantea la espiritualidad ignaciana: procurar el conocimiento interno de Cristo, mirar como Él miraba, escuchar como Él escuchaba, sentir como Él sentía…  Dejarnos conformar por el Espíritu para ser, no otros Cristos, sino el mismo Cristo, imágenes visibles y actuantes de un Dios Padre que se preocupa de nosotros desde la distancia. Para ello es preciso orar, meditar, dejarse arrastrar a los misterios de la vida de Cristo, vivirlos con Él como si en ellos estuviéramos presentes, haciendo de Su vida nuestra vida; de Sus recuerdos, nuestros recuerdos; de sus experiencias, nuestras experiencias; de sus preocupaciones, nuestras preocupaciones; de sus inquietudes, nuestras inquietudes…

No encuentro mejor modo para enfrentarnos a los retos del presente con fidelidad pero sin anacronismos.  Porque, como decía el Padre Arrupe,  no podemos responder con soluciones de ayer a los nuevos problemas que aparecen hoy y que aparecerán mañana.  El mundo en que vivimos cambia a velocidad de vértigo y surgen novedades que ayer no podían ni soñarse.  No encontraremos respuesta a ellas en los códigos del pasado.  Es preciso “conectar” con el núcleo de esa Tradición, que no es más que el intento de ser fieles al modo de hacer de Aquél a quien tomamos por modelo de humanidad e imagen de la Divinidad.  Hay que atender al Espíritu más que a la letra.  Pero sin olvidar que la letra es camino de comunicación del Espíritu.

Equilibrio, transparencia, humildad, apertura, valentía y libertad.  Porque es precisa una gran lucidez, valentía y libertad para dejar actuar al Espíritu en su inmediatez sin tratar de condicionarlo con nuestras ideas o preferencias.  Dejar que nos sorprenda y se encarne en nosotros, para que habite y transforme el mundo que nos rodea y al que -como cristianos- debemos amar hasta el extremo.

Viviendo así la Tradición podremos rendir honor a lo recibido, y desarrollarlo con la aportación de nuestra época para transmitirla, enriquecida, a quienes vendrán después de nosotros.

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