¿Proselitismo? ¡Ni de coña!


PROSELITISMO ES LUCHA

Durante muchos años he escuchado que toda persona religiosa debe ser proselitista, debe tratar de convencer al mayor número de personas posible para que abracen su Fe.  El argumento que se esgrimía para defender tal posición era: si lo más grande que puedes encontrar es a Dios, y tú lo has encontrado a través de este camino…  ¿Cómo no vas a querer que todos aquellos a quienes amas -e incluso a los que no amas- lo recorran también para encontrarse con Él?

El proselitismo era presentado, por tanto, como un acto de amor.  Un curioso acto de amor que justificaba una apologética capaz de mostrar lo mejor de la propia fe, resaltando lo peor del resto de credos y ocultando todas las lagunas y sombras de la propia creencia.  Un supuesto acto de amor que -partiendo siempre del enfrentamiento con el otro- en ocasiones daba lugar a competiciones para lograr conversiones, e incluso a “ponerse la medalla” por haber convertido a uno o a otro.

Nunca me sentí cómodo con ese concepto, con un proselitismo que me parecía cualquier cosa menos un acto de amor…  Que no fuera propio.  Entiendo el camino de la Fe como una búsqueda de Dios, del Absoluto, de la Verdad, la Bondad, la Unidad, el Amor…  Y la máxima humanidad.  Considero que la Fe es como es, y que no es preciso ocultar sus sombras ni simplificar -y mucho menos falsear- el mensaje de otras tradiciones o cosmovisiones para “pescar” a quienes nadan en otros mares.

Soy consciente de que el camino que a mí me acerca a la Trascendencia es sólo mío, está hecho a mi medida, y que puede conducir a otros a la confusión o, incluso, al peor de los infiernos.  Estoy convencido de que no soy yo quien logra conversiones, sino que estas son fruto del encuentro -absolutamente libre- de cada uno con Aquél que le trasciende y que espera, siempre, a la puerta del alma, llamando y confiando en que -algún día- nos decidiremos a abrirle.

¿Que nosotros podemos ser instrumentos para facilitar ese encuentro?  Claro que sí, y este blog es una prueba, según me habéis comunicado muchos de vosotros.  Pero lo es, justamente, porque no trato de “captar” a la gente o de “luchar” contra sus creencias.  Eso no es algo que satisfaga a Dios sino a nuestro ego, y a los números de nuestra fe reconvertida en institución a la que se idolatra.

Lo primero son las personas, porque eso es lo primero para un Dios que ama.  Y a las personas hay que amarlas como son (porque todos somos marcados por nuestras circunstancias, muchas de ellas no escogidas), y ofrecerles nuestra ayuda para superar las dificultades y dar a luz lo mejor de ellas mismas…  Sin forzar, sin menospreciar, sin juzgar.  La persona más espiritual no es la que más conversiones logra, sino la que más y mejor ama.

Así lo entendió Charles de Foucauld, del que ayer hablábamos, quien no hizo proselitismo entre los tuareg sino que se limitó a vivir la vida oculta de Jesús, trabajando, relacionándose, amando de un modo tal que la gente se preguntaba en qué creía un hombre tan bueno, a Quién seguía alguien que resultaba tan amable y admirable.

Y así lo creía también John Henry Newman, quien escribió una oración que maravillaba tanto a la Madre Teresa de Calcuta, que cada día la recitan las Misioneras de la Caridad.  Dice así:

Amado Señor,
Ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que vaya.

Inunda mi alma de tu Espíritu y Vida.
Penetra y posee todo mi ser hasta tal punto
que toda mi vida sólo sea una emanación de la Tuya.

Brilla a través de mí,
y mora en mí de tal manera
que todas las almas que entren en contacto conmigo
puedan sentir tu presencia en mi alma.
Haz que me miren y ya no me vean a mí
sino solamente a Ti, oh Señor.

Quédate conmigo
y entonces comenzaré a brillar como brillas Tú;
a brillar para servir de luz a los demás.

La luz, oh Señor, irradiará toda de Ti;
no de mí.
Serás Tú quien ilumine a los demás a través de mí.

Permíteme, pues, alabarte
de la manera que más te gusta,
brillando para quienes me rodean.

Haz que predique sin predicar,
no con palabras sino con mi ejemplo,
por la fuerza contagiosa,
por la influencia de lo que hago,
por la evidente plenitud del Amor que tiene mi corazón.

Amén.

¿Qué ecos te produce esta oración?  ¿Te has sentido identificado con ella, tocado por el espíritu que trata de transmitir?  A mí me parece una delicia de una finura espiritual y evangélica tremendas, muy acorde con Evangelii Gaudium.

No se trata de ir a conquistar ni convencer a nadie que no seamos nosotros mismos.  Si nos preocupamos de trabajar sobre nuestra espiritualidad, abriéndonos y haciendo espacio para que el Absoluto haga su morada en el sancta sanctorum de nuestra alma, su luz y su aroma transformarán naturalmente nuestro ser y nuestro entorno…  No a base de cursos de retórica y evangelización sino por la atracción que produce la alegría de quienes viven siendo transmisores del amor inagotable de un Padre que se da a nosotros para que nosotros nos demos a quienes nos rodean.

Lo repito: no estamos llamados a convertir, sino a amar.  Y al atardecer de la vida se nos juzgará en el Amor, no por el número de conversos que hayamos conseguido para nuestra religión.

Así que: ¿proselitismo? ¡Ni de coña!  Prefiero amar y dejar trabajar al Espíritu.

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Un comentario en “¿Proselitismo? ¡Ni de coña!

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