La persona NO es el problema


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Hay personas que me ponen “a parir”, gente que parece que vive para tocarte las narices, para hacer comentarios inapropiados, para usar frases hirientes, para tomar decisiones que te duelen o, aun peor, para mostrarte una máscara de aprecio y afecto mientras te esconden ese verdadero rostro que intuyes pero que sólo descubrirás cuando sientas el puñal que acaban de hundirte en la espalda.

Hay gente tóxica, gente peligrosa y gente venenosa.  Personas que inoculan el veneno de la crítica y de la desconfianza a su alrededor, enturbiando el ambiente, manchando conciencias, pervirtiendo miradas.  Porque si consigues que alguien dude de otro, el daño ya está hecho.  Y hay auténticos expertos -y expertas- en todas estas artes oscuras que complican vidas y matan relaciones.  Basta con decirle a alguien que otro le critica…  Su relación ya no volverá a ser la misma, aunque todo sea mentira, aunque el calumniado sea alguien bueno, limpio y transparente a quien nadie a oído jamás criticar a ninguno de sus cercanos…  Ni lejanos.

Pero, ¿por qué, entonces, va a deteriorarse la relación? Porque el supuestamente ofendido ya nunca mirará del mismo modo a quien se supone que le critica a sus espaldas, verá doblez donde no la hay, puya donde sólo había naturalidad.  La semilla de la duda, esa implacable asesina.

Todos lo hemos sufrido alguna vez, y es algo que no se olvida.  Un guantazo inesperado que llega como un obús y te deja fuera de juego porque no podías imaginarlo ni preverlo.  Un daño que no puedes reparar porque no lo has causado, porque se basa en un espejismo que otro ha creado.

No sé a ti, pero a mí es una conducta que me inspira instintos asesinos.  ¿Cómo se puede ser así?  ¿Cómo se puede tener tan mala uva?  ¿Cómo se puede ser tan mala persona?

Sin embargo, y aquí quería llegar, el problema no es la persona…  Sino aquello que la mueve a actuar así: puede ser envidia, inseguridad, miedo, odio, insatisfacción, celos… etc.  Hay mil posibles causas para una conducta indigna, indignante e hiriente.

En tu mano está el devolverle el golpe, el alejarte de esa persona como quien se amputa un miembro infectado ante la gangrena,  o el comprender que la persona no es, en sí, el problema y tratar de atacar juntos la raíz de su conducta.

No voy a engañarte: la conducta que más apetece es la primera, y la más práctica es la segunda.  Pero la más humana es la tercera, aunque sea también la más difícil.  Y lo es porque exige un alto nivel de conciencia tanto en el ofensor como en el ofendido…  Y no siempre estamos a la altura.

Pero cuando quien te ataca es alguien a quien quieres o has querido, ¿no merece la pena intentarlo?  No confundamos a la persona con el problema.

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