El simbolismo metafísico del abanico


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Una de las cosas que más me fascina del simbolismo, es que da profundidad a lo que se encuentra en la superficie.  Me explico: gracias a la visión simbólica, lo cotidiano se vuelve extraordinario al descubrir el universo en un grano de arena (Blake dixit).  La mirada simbólica nos ofrece una nueva perspectiva que transforma aquello en lo que se posa, haciendo cierto el dicho de que -si yo cambio- todo cambia.

Hoy me gustaría que dedicáramos unos minutos a dar unas pinceladas que nos lleven a dejarnos arrastrar por el simbolismo metafísico de algo tan normal -para un occidental- como un abanico.  Es cierto que para el hinduismo es el estandarte de Vayu -divinidad del viento- y que en África y el Extremo Oriente es emblema de la Autoridad…  Pero para nosotros sólo es, en esencia, un instrumento para no pasar calor.  ¿Pero realmente es sólo eso?

Hay abanicos trabajados, recargados y hermosos.  Otros son sencillos y austeros.  Los hay de gran tamaño y los hay pequeñitos y llevables.  Todos, en mayor o menor medida, dan aire cuando se les da buen uso.  Como ya expusimos en otro post (aquí) simbólicamente el aire se asocia con el Espíritu de Dios…  Así que el abanico podría relacionarse con aquellos medios que nos hacen llegar el Espíritu que “nos refresca” cuando estamos acalorados y enciende nuestras llamas interiores cuando se están apagando, cuando ya sólo quedaban las brasas.  El abanico, por tanto es transmisor de Espiritu, de Vida.

Es importante hacer notar que ese instrumento transmisor del Espíritu de Vida requiere de nuestra colaboración para funcionar.  Tener un abanico no te refresca.  El aire llega cuando tú -u otro- mueve el abanico repetitiva y graciosamente.  Eso, habitualmente, requiere participación y cierto esfuerzo…  Porque yo no me he encontrado a demasiada gente en el autobús que se dedique a abanicarme cuando tengo calor.  Puede suceder, pero no es lo habitual, así que también el encuentro con el Espíritu exige que nos pongamos -y mantengamos- en camino.

Por otra parte, también es cierto que -cuando uno se abanica- aquellos que se encuentran más cerca de esa persona disfrutan de un aire que ellos no han generado.  Nos encontramos ante el mismo efecto que la influencia del Espíritu de la que ya hemos hablado en otras ocasiones…  El Bien, como el mal, se comunica.  El contacto con la Vida en otros nos recarga las pilas, el contacto con el símbolo nos mueve y conmueve por dentro…  Y por fuera.  Es bueno rodearse de personas maravillosas, porque algo de ellas calará en nosotros.  Es bueno atender al símbolo, porque -poco a poco- el contacto con él nos llevará a cruzar con cada vez mayor facilidad el puente que conecta lo visible y lo invisible, lo fugaz con lo eterno.

Por último, me parece importante hacer notar que también hay quienes usan el abanico como escudo, como forma de ocultación…  Escondiendo su rostro tras él.  En ese caso no hay movimiento, ni aire, ni -por tanto- Espíritu.  Esta imagen nos conecta con todos aquellos que convierten los instrumentos espirituales de acceso al Espíritu en mera defensa, apariencia o ciudadela.  Su inmovilidad es signo de su falta de fertilidad.  Cuando uno se parapeta detrás del abanico el Espíritu no puede manifestarse.  En el extremo contrario encontramos a quienes son capaces de abanicar a los demás, transmitiendo Espíritu y vida.  Éstos son quienes dotan de especial sentido a los flabelli, a la percepción del abanico como símbolo de Autoridad, de aquellos que transmiten Espíritu, Verdad y Vida a quienes les rodean.  En ellos se manifiesta el abanico como recordatorio de las alas de los pájaros que -con su movimiento- atraen al Espíritu que hace posible que nos alcemos hasta los cielos, hasta las alturas, hasta el país de los Inmortales de los sabios taoístas.

Cómprate un abanico.  Llévalo en tu bolso.  Y cada vez que te acalores, que estés cansada, que estés hundida o confundida, abanícate suavemente tomando consciencia de que el aire que te llega es mucho más que eso, es -le llames como le llames- el Espíritu que te cubre, potencia y te eleva.  ¡Ya verás qué maravilla!

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