El simbolismo metafísico del bambú


Cualquiera que se haya asomado alguna vez al arte oriental -y muy especialmente a la pintura japonesa del periodo Song- se habrá topado, en más de una ocasión, con la representación de las cañas de bambú.

¿Por qué un arte influido por el budismo ch’an presta tanta atención al bambú?  Porque si miramos con atención a estas cañas, nos daremos cuenta de que tienen mucho que decirnos, y que enseñarnos.

Para empezar, como ya hemos comentado alguna otra vez en este blog, la semilla de bambú tiene unos tiempos parecidos a los del ser humano. Una vez la plantas, parece que durante siete años no sucede nada pero, después, en seis semanas, se desarrolla rápidamente hasta alcanzar los seis metros de altura, ¡y puede seguir creciendo hasta los treinta!  El bambú se prepara concienzudamente para su rápido desarrollo posterior, echa las raíces que harán posible su vertiginosa explosión a partir de su séptimo año.  Nos recuerda que el éxito necesita firmes fundamentos, una preparación sin prisas.

Porque, una vez comienza a desarrollarse, no hay nada que impida al bambú alzarse hacia lo más alto recta y velozmente.  No se desvía de su camino, no sucumbe ante las tormentas ni los huracanados vientos.  Sabe a dónde va, ha tenido tiempo para decidirlo y prepararse.  Tiene claro su destino, y tiene el firme propósito de alcanzarlo.  El bambú se doblará cuando sea preciso, pero no se quebrará.  Si pese a su extrema fortaleza conseguimos cortar la caña casi de raíz, ésta volverá a crecer recuperando -rápidamente- el espacio perdido…  Tal y como deberíamos hacer nosotros para lograr nuestros objetivos, si nos hubiéramos preparado adecuadamente.

Resulta relajante e inspirador contemplar un campo de bambúes moviéndose al son del viento…  Su danza -y el susurro que acompaña a su bailar- nos hablan de resistencia y adaptación, de asumir sin aceptar, de ceder sin renunciar.

La sencillez de las formas del bambú nos recuerda que la belleza no requiere de artificios, y que la máxima preparación no tiene tanto que ver con lo barroco y enrevesado como con lo esencial, con la simplicidad y el pleno desarrollo de lo necesario.

Por último, el vacío de sus entrenudos es entendido -tanto por los budistas como por los taoístas- como un recordatorio de shunyata, de la vacuidad constituyente de la naturaleza última de las cosas.  Ese vaciar el corazón, dejando espacio para todo y para todos, no nos debilita ni está reñido con el mejor de los éxitos.  Al contrario, es ese ingrediente secreto sin el que no es posible alcanzar la felicidad.  Porque ésta se aloja en el corazón, y no encuentra su lugar cuando aquél está repleto de cosas, afectos y necesidades.

En su vertiente negativa (recordemos que todo símbolo tiene una acepción luminosa y otra tenebrosa) el cañizar de bambú nos remite a esas diez mil dificultades que constituyen la lucha cotidiana por alcanzar nuestro destino.  Complicaciones firmes, abundantes y constantes que -según la iconografía oriental- sólo el tigre (símbolo de la potencia espiritual en el budismo) es capaz de atravesar con su agilidad, perspicacia y fuerza.

El bambú, por tanto, nos habla sobre la naturaleza de las dificultades del día a día…  Pero también nos ofrece la solución para superarlas y reponernos de sus golpes.  Dediquemos, por tanto, un rato a meditar en torno al simbolismo metafísico del bambú.  Este tiempo formará parte de esa preparación imprescindible para desarrollarnos y alcanzar nuestras metas.

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