El simbolismo metafísico del barro


El barro, conjunción de tierra y agua, tiene una característica muy especial que encandila a los niños y hace las delicias de los simbolistas: su capacidad de modelación.

La pasiva y seca tierra, estática y estéril por sí misma, cobra mil posibilidades al contacto con el agua, símbolo de vida, purificación y regeneración. 

La tierra mojada puede tomar nuevas formas, puede dar vida a las semillas que se encuentran en su seno, puede adecuarse a las presiones adaptando su forma sin romperse.

El agua, pese a su transparencia (incolora, inodora e insípida, nos enseñaban en el colegio), como la Gracia del Espíritu que no se ve pero se nota,  abre nuevos horizontes a una materia que, por sí misma, no es capaz de cambiar, de adaptarse ni de transmitir vida.  El agua fertiliza, cohesiona y coagula.  Agua de Vida.  Como el prana o soplo vital, el agua tiene algo de esperma, de posibilidad indeterminada que se concreta y manifiesta en contacto con la limitación y las circunstancias que acompañan a la tierra a la que se ata en unas bodas que exigen un riego constante para evitar que regrese el estado de sequedad, separación y muerte.  Puede que ésta sea la causa de que Lao Tse considere al agua emblema de la suprema virtud, porque toda virtud cobra sentido en cuanto nos transforma, nos hace ir más allá de nosotros mismos y permite manifestar lo que hasta entonces era un potencial dormido que -al actualizarse- no sólo nos amalgama con lo mejor de nosotros mismos sino que hace posible la cohesión social profunda y duradera que -digan lo que digan- se basa en la virtud y no en el interés.

La tierra, en contacto con el agua, recupera su capacidad de cambio, de renovación, de sorprendernos.  Como en el bautismo, el encuentro de estos dos elementos da lugar a un nuevo comienzo, a una recreación.  El barro es terreno de esperanza, de mil nuevas posibilidades que está en nuestra mano modelar.  Pero para ello es precisa la humedad que no depende de la voluntad sino de esa agua, de esa lluvia que nos viene del Cielo.

Para ser más de lo que hoy somos, para crecer, cambiar y dar fruto, debemos abandonar la sequedad de nuestro ser tierra y dejarnos calar por ese agua -por esa Gracia- que nos abre la puerta para ir más allá.  Permitámonos ser barro.  Barro en manos del mejor de los alfareros.

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