El afán de seguridad nos ciega


Aunque suelo escribir en primera persona, hoy lo hago con todavía más consciencia de lo habitual.  Porque la deficiencia de la que voy a tratar parece que viene inscrita en mi ADN, por lo que me resulta especialmente difícil ser coherente con lo que sé que me corresponde hacer en nombre de mi dignidad y humanidad, y en nombre de la dignidad y humanidad de quienes me rodean.

No soy un aventurero, son un tío tranquilo, sensato, al que le gusta la paz y la seguridad.  Cada uno tiene el temperamento que tiene, y éste es el mío.  Sin embargo, es importante que seamos conscientes de cómo somos para evitar que nuestro temperamento nos juegue malas pasadas a través de nuestros comportamientos inconscientes.

Mi afán de seguridad, sin ir más lejos, me lleva a relacionarme con las personas prestando especial atención a aquellos rasgos de su carácter, o a aquellas circunstancias, que pueden suponer una amenaza para mis intereses, para mi paz y sosiego.  Es algo instintivo, la llamada de la protección y la autoconservación.

Pero este instinto de supervivencia pasa por alto que no hay evolución sin riesgos, que todos tenemos luces y sombras y que sólo cabe la esperanza en el futuro si somos capaces de creer que lo mejor de las personas se impondrá sobre sus más bajos instintos.

Sé que es una apuesta arriesgada y que muchas veces saldremos perdiendo.  De hecho, tengo muy recientes ejemplos de personas que, movidas por un interés económico, son capaces vender su alma al diablo, mintiendo y engañando para obtener un beneficio sin plantearse todo lo que pueden llevarse por delante en su intento.  Son seres detestables y deleznables, no hay duda, no sólo por la bajeza de sus actos sino porque cuestionan nuestra confianza en el resto de la humanidad.  Pero quiero seguir pensando que, incluso esas sabandijas, tienen algo de valioso en su interior.  Y quiero seguir soñando que un día se impondrá su luz sobre las tinieblas que ahora imperan sobre su vida.  Esa es mi esperanza, y no quiero perderla porque -sin ella- sólo restaría la ley del más fuerte, del más hábil y del más despiadado.  Y no es ése el mundo que quiero, el mundo que sueño, el mundo en el que deseo vivir y -ni mucho menos- el mundo que quiero construir para mis hijos.

No soy ingenuo, quiero creer.  Y esa fe en las personas me permite descubrir lo que -en algunos casos- ni ellas mismas saben que ocultan en su interior: un potencial y una grandeza que, si se manifestaran, harían del mundo un lugar mejor.

Sé que seguirán decepcionándome, que chocaré con la dura realidad de la traición.  Pero también sé que -de vez en cuando- me llevaré una grata sorpresa.  Y que esa alegría limpiará y borrará de mi memoria todas las penas.  Así es.  Así debe ser.

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Un comentario en “El afán de seguridad nos ciega

  1. Me pasa como a ti.
    Tu post de hoy me ha recordado una frase del padre Gabriel en “La Misión” (peliculón), casi al final:

    ” Si la fuerza es lo que vale, no hay lugar para el amor en el mundo. Puede que sí, que así sea, pero yo no tengo ánimo de vivir en un mundo así.”

    Compartí tu esperanza; ahora tengo dudas. Quisiera volver a compartirla de nuevo.

    Ánimo.

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