El corazón como palanca de cambio


Una de las nociones que más ensanchó mis horizontes al realizar el mes de Ejercicios Espirituales de San Ignacio fue la del conocimiento interno de Cristo.  El tratar con Él a través de la contemplación y la meditación para hacernos con sus modos de mirar, de sentir y de actuar.  Convivir con Él en todas y cada una de sus vivencias para que su compañía nos modele.  Acompañarle por tierras de Galilea, en sus alegrías y penas, para que sus recuerdos sean nuestros recuerdos y sus respuestas y actuaciones un estímulo para nuestra transformación diaria.

Hoy -meditando Mt. 15, 1-20- me he encontrado con un Jesús que come junto a sus discípulos sin que éstos hayan cumplido con todas las prescriptivas abluciones, motivo por el que los fariseos y maestros de la Ley les acusan de impureza.  Y estaban en lo cierto: según el texto de la Ley a la que ellos se remitían, estaban incursos en causa de impureza.  Pero Cristo aprovecha la ocasión para sacarles los colores y hacerles notar que hay mandatos de la Ley, de la Tradición, que van contra los preceptos más esenciales de Dios.  Que no es lo que entra por la boca -sin habernos lavado antes las manos según manda la Tradición- lo que nos vuelve impuros, sino que es el corazón el que -lleno de impureza- vuelve impuro todo lo que sale de la boca, por mucha ablución que hayamos hecho.

Es peligroso ceñirse a la letra de la norma sin atender a su Espíritu, centrarse obsesivamente en el cumplimiento de la limpieza ritual sin caer en la cuenta de que ésta tiene un valor simbólico que hace referencia a que no debemos dejar penetrar en nuestro interior lo impuro para evitar que esto nos pervierta.

Esta experiencia vincula las enseñanzas de Cristo con el mejor de los humanismos, con aquél que -al modo de la mejor de las espiritualidades- nos recuerda que “es de la economía interior del alma humana de donde proceden todas las acciones, relaciones y estructuras sociales, puesto que éstas no hacen más que proyectar hacia fuera, cosas que bien o mal han sido concebidas ‘desde dentro’ por la mente, impulsadas por la voluntad y vehiculadas por la emoción” (Olives:2007, 39).

Hay pues que cuidar y cultivar el corazón, para que en éste anide y se desarrolle esa Unidad, Belleza y Bondad capaces de fecundar toda nuestra existencia, haciendo del mundo -de nuestro mundo- un lugar en el que merezca la pena vivir.  No es cuestión de normas, es cuestión de corazón…  Cuestión de Amor.

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