El simbolismo metafísico del becerro de oro


Los textos sagrados -suele repetirse- no son libros de historia, sino libros inspirados que nos hablan de los secretos de la vida y de nosotros mismos.  Puede que tengan algo de historia, de la que fue y de la que será, pero porque penetran en los más profundos arquetipos y -desde ellos- arrojan luz, disipando las sombras del ayer, del hoy y del mañana.  Porque no hay nada nuevo bajo el sol.

Vamos a recuperar hoy un antiguo texto del Éxodo, de ese bíblico libro que habla sobre el pueblo judío que escapa de la esclavitud egipcia y transita por el desierto camino de la tierra prometida, porque nos enfrenta a la idea de que los seres humanos parece que preferimos la esclavitud a la incerteza, el ídolo al Dios invisible…  Porque el alma aborrece el vacío, y lo ocupa con lo primero que encuentra a mano…  Vaya esto a satisfacerla o a provocarle una indigestón.

Vamos al libro de libros, que -tras explicar que Moisés sube al Sinaí a encontrarse con Dios y recibir las tablas de la Ley- dice así:

 

El ternero de oro
(1 Re 12,25-33; Sal 106,19-23)

1
Viendo el pueblo que Moisés tardaba en bajar del monte, acudió en masa
ante Aarón, y le dijo:
Fabrícanos un dios que vaya delante de nosotros; porque no sabemos qué le
ha pasado a ese Moisés que nos sacó de Egipto.

2
Aarón les contestó:
Quítenles los pendientes de oro a sus mujeres, hijos e hijas y tráiganmelos.

3
Todo el pueblo se quitó los pendientes de oro y se los trajo a Aarón.

4
Él los recibió, hizo trabajar el oro a cincel y fabricó un ternero de fundición. Después les
dijo:
–Éste es tu dios, Israel, que te sacó de Egipto.

5
Después, con reverencia, edificó un altar ante él y proclamó:
–Mañana es fiesta del Señor.

6
Al día siguiente se levantaron, ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión,
el pueblo se sentó a comer y beber y después se levantó a danzar.

7
El Señor dijo a Moisés:
–Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de
Egipto.

8
Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han
hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman:
Éste es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto.

 

El pueblo de Israel no es capaz de soportar la ausencia de su líder espiritual, de aquél que ejerce de puente entre Dios y cada uno de ellos.  No son capaces de percibir a esa divinidad invisible, ni tan siquiera de recordar quién les ha liberado de la esclavitud a la que estaban sometidos en Egipto.  Tienen sed de Absoluto y, si nadie les pone en contacto con la Fuente, no dudan en “fabricarse” un nuevo Dios.  De hecho, exigen a su nuevo líder que les construya un ídolo que vaya delante de ellos, que les ofrezca dirección y sentido.

Aarón no duda cuál será el material constitutivo de ese nuevo Dios: el oro, las más valiosas posesiones de los israelitas.  La riqueza que estaba al servicio del pueblo va a convertirse -a través de un trabajo de fundición- en el dueño y señor de las vidas de todos y cada uno de los miembros de la casa de Israel.  Un nuevo Dios que no otorga poder a sus creyentes sino que recibe su poder de éstos y de una historia que se reescribe para legitimar su existencia y posición: éste es tu Dios, Israel, que te sacó de Egipto.  Remitiendo a la liberación, y exigiendo el olvido de lo recientemente vivido, se constituye una nueva servidumbre al oro y su poder, a lo material, a lo instrumental transformado en esencial.  Un becerro de oro ante el que postrarse y celebrar sacrificios y holocaustos.

No puedo evitar que me lleguen esos ecos del pasado al presente cuando, ante la ausencia, en la vida de muchos, de profetas del Absoluto, aparecen esos nuevos sacerdotes que nos invitan a postrarnos ante la economía y el poder económico, ante el dinero como panacea que todo lo puede, que todo lo tiene a su alcance y que -por eso mismo- merece y exige nuestra total postración y servidumbre.

Ahora es a nosotros a quienes nos toca gritar: Non serviam, no serviré.  Porque la Fuente de mi existencia no está fuera sino dentro de mí, y no me exige una nueva esclavitud sino la liberación de todo aquello que me ata y me impide ser cada día más humano. 

No quiero ni puedo creer en un Dios hecho de riquezas, porque ya he gustado un Dios que es Amor y se siente más a gusto entre los pobres, rebajándose para ensalzar a quienes se sienten nada en un mundo que adora a becerros de oro.

¿A quién adoramos cada uno de nosotros con nuestros actos y no sólo con nuestros labios?  Buen tema para reflexionar durante el día de hoy.

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