El simbolismo metafísico del fuelle


Me gustan especialmente esos simbolismos inmediatos, directos, de las pequeñas cosas del día a día.  Esas conexiones entre lo visible y lo invisible que se establecen sin necesidad de sesudas especulaciones o estudios elaboradísimos.

Quien ha estado junto a una chimenea, sabe sin duda lo que es el fuelle, ese instrumento para coger aire y lanzarlo en una dirección determinada y que esencialmente se reduce a una caja con tapa y fondo de madera, costados de piel flexible, una válvula por donde entra el aire y un cañón por donde sale cuando, plegándose los costados, se reduce el volumen del aparato.  Así, al menos, es como lo define la RAE.

Si le dedicamos una mirada un poco más atenta, puede que descubramos en él interesantes correspondencias cosmológicas y antropológicas como, por ejemplo, las que ya citaron en el Tao-te-king los sabios taoístas hace más de 2300 años.  Meditando en torno a él, vislumbro un inspirador símbolo sobre cuál debe ser la forma de actuar del ser humano para avivar el fuego de la existencia.  Algo que tiene mucho que ver con el ya expuesto simbolismo metafísico de la respiración.

El fuelle está vinculado con ese aire que nos remite al Espíritu que no se ve pero se nota, que no se percibe pero cuya ausencia impide la llama que es la vida.  Es preciso hacer el vacío interior, hacer espacio para ese aire librándonos de las mil cosas que nos ocupan y preocupan, para llenarnos del Espíritu y poder después enfocarlo hacia esas brasas que son nuestro potencial para que se aviven, prendan y hagan posible una hoguera que llene nuestro mundo de luz y calor.

Este proceso implica un tiempo de limpieza del alma para que ésta deje sitio para este dinamismo creativo y creador, un tiempo de inspiración y sosiego…  Pero también un tiempo de búsqueda y detección de las brasas, de enfoque de esa inspiración previa sobre ellas y de una acción concentrada y constante de entrega de ese Espíritu que posibilite el paso de la potencia al acto, del calor interno a la llama que ilumina, calienta, consume y transforma.

Para lograrlo hay que entregar lo recibido, soltar lo conseguido, perderse a sí mismo para reencontrarse en lo producido.  Se trata, en el fondo, de un acto de Amor en el que uno se descubre y realiza en el crecimiento y desarrollo del otro, en el que uno deja de ser el centro de su existencia para poner su eje vital más allá de sí mismo.

El fuelle no tiene sentido como acumulador o depósito de aire.  El fuelle sólo es fiel a su naturaleza y tiene sentido -y utilidad- si es capaz de convertirse en instrumento de transmisión, en vehículo imprescindible para avivar fuegos.  Eso es lo propio de la espiritualidad en la que creo, una espiritualidad que no es ensimismamiento sino colaboración, entrega, desarrollo de uno mismo por medio de la transformación, sanación y resurrección de todos aquellos que nos rodean, que tienen un gran potencial pero que necesitan del soplo ajeno para que éste se manifieste.

Seamos fuelle para los demás, seamos transmisores de esa Vida que todos ocultamos en nuestro interior pero que -demasiadas veces- por miedo o dejadez no prende sino que permanece en estado de brasa que tanto puede prender como enfriarse y apagarse para siempre.  De nosotros puede depender.  Puede que sea nuestra responsabilidad caldear nuestro mundo para evitar que se vuelva oscuro y frío.

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