La tolerancia no es indiferencia


Hay palabras a las que nuestra sociedad ha vuelto sagradas, aunque sea a costa de vaciarlas de su sentido originario y fundante.  Una de ellas es “tolerancia”.  Hay que tolerarlo todo menos la intolerancia, se suele repetir…  Y suele añadirse, porque cada uno tiene su verdad…  Y todas son igual de respetables.

Hay tonterías que, a base de repetirlas, terminamos por asumir acríticamente…  Pero no por ello dejan de ser tonterías, falacias o estupideces.  Aunque no soy muy amigo de la escolástica, me gusta su definición de Verdad como adecuación entre el intelecto y la cosa.  Es un criterio que une lo objetivo y lo subjetivo, lo externo y lo interno.  Un criterio que jerarquiza las opiniones en función de su mayor o menor proximidad o adecuación a la cosa.  Porque lo nuestro es opinión, aproximación -normalmente imperfecta- a las cosas, a las realidades, a las experiencias, al Misterio.  Puede que coincida con la Verdad, pero es difícil disponer de un criterio de validación universal y evidente.

Y, aunque todas las opiniones deben ser respetadas (no porque sean verdad, porque pueden ser totalmente erróneas, sino porque proceden de un ser humano dotado de raciocinio y de una dignidad que merece atención y respeto) no todas son igualmente ciertas o certeras.  Por eso entiendo que la tolerancia -que procede del verbo latino tolero, que significa soportar y que procede de la raíz indoeuropea tellus que hace referencia a la madre tierra que todo lo soporta y que a todo da sustento- no tiene su fundamento en la Verdad sino en la Dignidad Humana, no se basa en que todas las ideas u opiniones sean igualmente ciertas o válidas sino en que el infinito valor de cada persona debe ser tenido en cuenta a la hora de relacionarnos con ella, permitiendo -tolerando, mal que nos cueste y pese- una idea, o un planteamiento, distinto al nuestro y al que consideramos erróneo o inapropiado.  Porque nadie tolera lo que considera bueno, bello o verdadero.  Eso se disfruta, no se tolera.  Toleramos lo que consideramos un mal menor en nombre de un bien mayor que es la dignidad de la persona

Y ese es, a su vez, el límite de toda tolerancia: puedo aceptar tu opinión -o incluso manifiesto error- siempre que de éstos no se derive un atentado para la dignidad humana, propia o ajena.  Ése es uno de los valores últimos de todo humanismo y, por tanto, el último bastión de una comprensión humanística de la tolerancia.

La tolerancia, por tanto, no tiene que ver con el pensamiento débil o líquido…  Sino con la seguridad y fortaleza que surgen del Amor por la Verdad y la Dignidad Humana, que permite superar los miedos e inseguridades propias de quien necesita tener razón porque se siente interiormente a la deriva, ansioso de amarres que impidan que se vaya a pique.

Toleremos por Amor, no por indiferencia u obligación.  Puede parecer lo mismo pero, os lo aseguro, ni es igual ni se vive del mismo modo.

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