La naturaleza es más que un almacén de materia prima


No soy un gran conocedor -ni seguidor- de la hipótesis Gaia de Lovelock, ni de la ecología profunda de Naess.  De hecho, mi ecologismo no parte de la igualdad biocéntrica sino de la superioridad ontológica del ser humano que dota a éste de una especial responsabilidad frente a su entorno y el resto de seres vivos que no están dotados de autoconciencia o de sus cotas de autodeterminación.  Noblesse oblige, nobleza obliga, y uno vale en cuanto sirve, no en cuanto tiraniza o exprime.

No somos creadores de la naturaleza, sino sus meros conservadores y guardianes.  Como buenos jardineros, debemos intentar entregar a la próxima generación un mundo algo mejor del que hemos recibido, y eso implica también la pureza de sus montes, ríos y mares.  Eso implica actuar con prudencia y cabeza, adecuando nuestra forma de vida, de producción y consumo a unas prácticas que sean respetuosas con la naturaleza.  Unas prácticas que no incurran en riesgos absurdos, que primen la seguridad y que no antepongan el beneficio económico cortoplacista a la sostenibilidad a largo plazo.

¿Qué sentido tiene que utilicemos productos o energías que parecen ser un veneno para nuestro mundo, un veneno artificial para el que ni la tierra ni nosotros tenemos preparados anticuerpos?  Puede que hoy nos ahorremos unos costes y nuestra cuenta de resultados arroje unos extraordinarios beneficios, pero éstos son un espejismo…  Porque el daño que estamos causando nos arrastrará -a nosotros y a nuestras compañías- con él.  Y no tardará en suceder, porque la ponzoña avanza tan rápido como nuestro progreso…  Y todos sentimos en propias carnes que el tiempo no deja de acelerarse, que los cambios se suceden cada vez con mayor rapidez…

A la vista de nuestros modos de hacer, entiendo el retorno de los brujos, los movimientos de recuperación de una visión arcaica, simbólica y sagrada de la naturaleza.  Es una postura extrema, pero es que la nuestra también lo es.

Es preciso mirar a la naturaleza de un modo nuevo, con una mirada meta-económica, capaz de descubrir en ella algo más que recursos, materias primas o mercancías…  Es preciso tratarla con cuidado y respeto, tomando conciencia de que necesitamos de ella para seguir siendo, que no puede haber éxito duradero contra ella.  La naturaleza es capital -finito e irreemplazable- y no mercancía.  No somos capaces de reparar lo que destrozamos, no tenemos cura para el cáncer y las metástasis que estamos causando.

¿Cuál sería un modo razonable de actuar?  Me gusta el planteamiento -absolutamente lógico e intachable- que proponían Ralph y Mildred Buchbaum en 1957 y al que pocos atendieron entonces…  Y no muchos más ahora.  Decían así:

La religión de la economía promueve la idolatría del cambio rápido, ignorando el axioma elemental que establece que un cambio que no representa una mejora incuestionable es una dudosa bendición.  El peso de la prueba cae sobre aquellos que adoptan el “punto de vista ecológico”: a menos que ellos puedan proporcionar la evidencia de una lesión al hombre, el cambio tendrá lugar.  El sentido común, por el contrario, sugeriría que el peso de la prueba debería recaer sobre el hombre que desea introducir el cambio; él tiene que demostrar que no podrá haber ninguna consecuencia negativa.  Pero esto demandaría demasiado tiempo y, por lo tanto, sería antieconómico.  La ecología debería ser un tema obligado para todos los economistas, sean profesionales o no, ya que esto podría servir para restaurar el equilibrio por lo menos en una pequeña medida.

¿No parece de sentido común introducir la variable ecológica en nuestras reflexiones y decisiones económicas?  Parece que sí, que deberíamos conocer y atender a los límites de la naturaleza…  Porque son también los nuestros, nos guste o no.

¿Que queremos pasar nuestros últimos días a todo tren, echándolo todo por la borda?  Es una posible decisión.  Pero debemos ser conscientes de que avanzaremos rápidamente hacia la muerte, hacia la propia y hacia la de todos los que nos rodean.

¿Tenemos derecho, realmente, a robarles el futuro a nuestros hijos?  Una vez más, no estamos ante una cuestión meramente económica sino meta-económica, de carácter antropológico, filosófico y moral.  Y es preciso darle una respuesta.  ¿Vamos a dedicar un tiempo a reflexionar sobre ella, o nuestras obligaciones diarias nos seguirán llevando camino del matadero, como pollos descabezados?

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