¿Quién dice que el Papa Francisco no ha aclarado su posición sobre Cap. VIII de Amoris Letitia?


Otra grata sorpresa que he encontrado en el libro entrevista que mencionábamos ayer (Papa Francisco.  Política y Sociedad.  Conversaciones con Dominique Wolton) es el claro posicionamiento del Santo Padre respecto a toda la controversia creada en torno al Capítulo VIII de Amoris Laetitia, las dubia y la posibilidad de acceder a la comunión a los divorciados que han rehecho su vida con otra persona.

Ya sé que habrá quien dirá que no es lugar dar la respuesta que se ha negado a las dubia, pero mucho me temo que es difícil responder a según qué planteamientos sin faltar a la caridad.  Porque, como veremos, el planteamiento del Papa Francisco es profundamente Ignaciano, basado en un discernimiento nacido de la asunción de las formas de hacer y vivir de Jesús...  Y no en un compendio de doctrina magisterial o normativa canónica.  Y, para quien quiere entenderlo, se encuentra claramente expuesto en la Exhortación y en el resto de referencias que se han hecho a la misma.  Pero claro, es preciso querer entenderlo y no retorcer el texto para hacerle decir lo que queremos que diga.

Pero dejo ya de expresarme para dejar que sea el Papa Francisco el que hable por sí mismo:

No hay nada nuevo bajo el sol.  Se trata del mismo problema que en tiempos de Jesús, cuando Jesucristo empezó a hablar.  El pueblo le entendía perfectamente y se entusiasmaba porque hablaba con autoridad.  Los doctores de la Iglesia de aquel tiempo, por el contrario, eran gente cerrada.  Fundamentalistas.  ‘Se puede ir hasta aquí, pero no hasta allí’.  Es el combate que yo desarrollo hoy con la exhortación Amoris Laetitia.  Porque algunos dicen todavía: ‘Esto se puede y esto no’.  Pero existe otra lógica.  Jesucristo no respetaba las costumbres que se habían vuelto mandamientos, pues él tocaba a los leprosos, algo que no se hacía; no apedreaba a la adúltera, algo que los otros sí hacían; hablaba con la samaritana, cuando era algo que no se podía hacer, porque el que lo hiciera se volvía impuro.  ¿Acaso era Jesús el que no respetaba la ley, o era más bien la ley de los otros la que no estaba en la verdad?  La ley había degenerado, sí.  A causa del fundamentalismo.  Y Jesús respondió tomando la dirección inversa.

(…)  Con respecto a las familias heridas, digo en el capítulo ocho que hay cuatro criterios: acoger, acompañar, discernir las situaciones e integrar.  Y eso no es una norma estereotipada.  Es algo que abre una vía, un camino de comunicación.  Enseguida me preguntaron: ‘Pero ¿se puede dar la comunión a los divorciados?’  Yo respondo: ‘Hable, pues, con el divorciado, hable con la divorciada, acójalos, acompáñelos, intégrelos, discierna con ellos’.  Desgraciadamente, nosotros, los sacerdotes, estamos acostumbrados a normas estereotipadas.  A las normas fijas.  Y nos resulta difícil este ‘acompañar por el camino, integrar, discernir, hablar bien’.  Pero mi propuesta es claramente eso.

Algunos siguen muy preocupados por si los divorciados con nueva pareja pueden o no comulgar, sin darse cuenta de que hay una cuestión de fondo mucho más profunda y trascendente: ¿estamos preparados para una forma mucho más madura y responsable de vivir la religión?  Ahí dejo la pregunta.

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