No nos dejemos atrapar por el carruaje


Esta mañana meditaba en torno a una frase del Dhammapada que me parece muy adecuada para todos aquellos a quienes nos ha tocado vivir en este mundo de hoy, que no deja de moverse, cambiando a velocidad de vértigo:

Ven y mira este mundo.  Es como el carruaje pintado de los reyes, y en él los necios se ahogan.  Los sabios no se dejan atrapar por el carruaje.

¿Eres un sabio o un necio?  Yo lo tengo claro: querría ser un sabio pero me comporto como un necio porque, demasiado a menudo, me dejo llevar por los fastos y oropeles mundanos, por el carruaje pintado de los reyes que embelesa con su color y nos facilita el desplazarnos sin esfuerzo (es más cómodo que ir a pie)…  Pero al mismo tiempo nos encierra en un cubículo del que parece que ya no podemos salir porque no somos nosotros quienes regimos nuestro avanzar, sino que éste está en manos del cochero y sus caballos, que nos arrastran a donde quieren…  Que no siempre es donde queremos nosotros.

¿Quién, pasados los cuarenta años, no se ha sentido alguna vez así: arrastrado a donde no quiere, corriendo siempre de aquí para allá apagando fuegos sin disponer del tiempo necesario para lo que afirma -cuando está a solas consigo mismo- que considera lo más importante?  Si te ha sucedido, no te agobies: según afirma Francesc Torralba en su Elogio de la madurez, parece que es uno de los rasgos propios de esta etapa de la vida que se encuentra entre la juventud y la vejez.  Nos pasa a la mayoría, en mayor o menor grado.

El éxito profesional, el reconocimiento social, el poder o la riqueza material no ciegan al sabio, que sabe descubrir en ellos la ilusión de lo perecedero, de lo que hoy está y mañana no…  No hay carruaje que valga más que nuestra libertad.  El problema está en que, a veces, sólo puedes bajarte de él saltando en marcha, y eso puede provocarte algún doloroso revolcón.

Si estás dispuesto a escapar, procura reducir la velocidad del carruaje cuanto puedas y, en cuanto el camino te ofrezca la posibilidad, salta sin dudarlo…  Como si en ello te fuera la vida.  Porque puede que no te vaya la vida, pero sí la Vida.

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