¿Por qué el símbolo dice cosas distintas según quién se acerque a él?


Ya hemos tratado en otras ocasiones sobre la discusión existente entre la objetividad y subjetividad del símbolo, sobre si su contenido depende de su propia naturaleza o de la naturaleza de quien a él se acerca para meditarlo.

Mi tesis es que el símbolo tiene una vertiente objetiva (porque su naturaleza lo conecta con aquellos arquetipos con los que existe una relación de analogía) pero también una vertiente subjetiva (porque independientemente del contenido propio de cada símbolo, la capacidad de observación, comprensión y penetración de cada sujeto va a tener mucho que ver en su proceso de interpretación y asimilación).

Como en el lenguaje cotidiano, no siempre es lo mismo lo que uno quiere decir, lo que dice, lo que el receptor percibe y lo que finalmente interpreta.  Objetividad y subjetividad coexisten en toda comunicación, también en la simbólica.

Pero más allá de teorizaciones y abstracciones que pueden resultar oscuras o pesadas, creo que resulta muy iluminador un texto de G.N.M. Tyrrell que descubrí gracias a E.F.Schumacher.  Dice así:

Por ejemplo, un libro.  Para un animal, un libro no es más que una forma coloreada.  Todo significado superior que un libro pueda poseer se halla por encima del nivel de su pensamiento.  Y el libro es una forma coloreada; el animal no se equivoca.

En un escalón superior, un salvaje sin cultura puede considerar un libro como una serie de signos en un papel.  Esto sería el libro visto en un nivel significativo mayor al del animal y correspondiente al nivel mental del salvaje.  Tampoco él se equivoca, pero el libro puede significar algo más.

Puede significar una serie de letras dispuestas conforme a ciertas normas.  Esto sería el libro en un nivel de significación superior al del salvaje.

O, finalmente, en un nivel aún más elevado, el libro podría expresar un significado…

Nos encontramos ante una sencilla explicación de lo que algunos autores han denominado la ‘ceguera metafísica’ propia de nuestros tiempos.  Desarrollamos nuestros sentidos físicos, explotamos nuestra razón pero hemos cegado ese tercer ojo (el intellectus de los clásicos) que nos permite ir de lo visible a lo invisible, de lo evidente a lo sutil, de lo sensible a lo trascendente.  Nos mantenemos anclados al suelo cuando podríamos extender las alas y alzarnos a más elevados niveles de significación.

No es que estemos equivocados en nuestra percepción de la realidad, es que sólo captamos una parte de ella y -en nuestra ignorancia- la absolutizamos como si no hubiera nada más.  Y lo hay, porque todo es una puerta a algo que está más allá de sí mismo.  Incluso tú, y yo…

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